Historias de Barcelona (X)

La muy hispana y condal Barcelona despierta este agosto con estupor. Aquí y allá oigo voces lastimeras, hondas miradas al vacío, negros augurios. Qué extrañeza, una ciudad que se creyó capaz de todo (o de casi todo) marchando en procesión de duelo. La patria de Luján, la Seat y los jeroglíficos interclasistas. Viene un varapalo, bofetada al infantilismo político, a las chorradas ideológicas por las que ha transitado últimamente la urbe, con sus votaciones ridículas, sus dirigentes esperpénticos; la ligereza, en suma, de creer en la vida regalada, en que todo el mundo es bueno y, venga, juguemos al juego de la Historia, aunque estemos, intelectualmente hablando, en pelotas.

Luego, cualquier estafador nos ha parecido salvífico. ¿Elecciones? ¿Para qué si no prometen el Cielo en la Tierra? La suma del idiotizante trabajo periodístico, educacional (en casa, en las escuelas) surte efecto: Barcelona, los barceloneses en general, somos selectos zombies de este siglo nacido en la podredumbre de los peores ismos filtrados de la anterior centuria. Un zumo repugnante por cuanto artificioso e indigesto. Alguien advirtió que las sociedades, cuando deciden suicidarse, lo hacen en su totalidad, sin excepción de nadie, por supuesto llevándose a los refractarios, a quienes deseaban vivir. Colau y el procés son símbolos de todo ello. En tales circunstancias, el liberalismo, su misión histórica, debe librar una nueva batalla.

Todavía hay quien refugia los ánimos en el tema culinario; aquellos que tienen pendiente apuntar entre sus notas la debacle estúpida de los años dos mil. Siguen encantados, como yo, náufragos en su isla, que el mar va engullendo. Hasta que no quede ni una maldita barra, ni una mesa decente sobre la que sobrevivir. La acostumbrada nobleza de saber uno qué come y qué bebe. Hablar de las cosas sencillas, sin infectarlas por defecto de la insidiosa política. Esta candente, abierta capacidad de cabrearnos, es prueba ineluctable de postrera decadencia. La vehemencia del corazón hispano, que refería el historiador Pompeyo Trogo (40 a.C.).

Quedan migajas, pequeñas esperanzas, el mediterráneo anhelo de belleza en torno a un plato. Sujeto a ciertos hábitos seculares, pequeñoburgueses, yo también voy a cenar con mis amigos periodistas, con mis amigos empresarios y con los de sin oficio conocido; o a comer frutos del mar y tacos de lengua cocida con Cristina Losada. Son estas singladuras barcelonesas de puro trotar, buscar, hallar finalmente un salón acogedor, que tanto nos gusta. Pero el tono general resulta absorto y afligido, a pesar del vino y los dulces mariscos. Y ligero: recientemente disfruté de uno de esos momentos, un botón más de la decadencia burguesa, cuando el hijo de una familia acomodada le dijo a su padre que estaba a favor de las bicicletas y el progenitor le respondió que “luego cierran fábricas de coches”. Si bien asomó la esperanza de clase y ambos coincidieron al final con un apoteósico: “el vasco (Urkullu) le da cien vueltas a Torra”. Así se nos pasa el verano, entre el debido entretenimiento y la verosimilitud del naufragio.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (IX)

Bochorno barcelonés. Estaba don Carlos Janovas contado las cálidas horas en su magnífico salón, repantingado sobre el sofá, hasta que dio un respingo, cogió el móvil y lo organizó todo. Como siempre, en el último momento, minutos antes de que el definitivo fin de la civilización cristiana pudiera dar al traste con el plan. Nos llegamos a donde lo de los hermanos Herrero, el Bonanova, sala que fue de billares y ahora es de festines culinarios. Pronto se sumaron los señores Jonquères d’Oriola y Calafell, y la mesa iba siendo abultada: pasaron sobre el mantel de hilo el gazpacho andaluz, las cigalas, el tomate, los mejillones franceses, las albóndigas de calamar, el atún a la plancha y un arroz seco con espardeñas. Jonquères d’Oriola nos contó sus dudas abiertas sobre qué raza de can comprarse y, ciertamente, escuché ideas algo dispares, que si un lulú de Pomerania, que si un cocker spaniel inglés; o incluso un podenco, pero éste último bajo el imperativo de pasearlo con pamela por los jardines del castillo en el que vive nuestro amigo.

De un asunto candente a otro, se comentó el bañador de Prada decorado con plátanos, recién adquirido, y a la insufrible señorita que va aireando asuntos que, en cualquier caso, ofrecen un vivo retrato de ella misma. Del cómo y de qué ha vivido, quiero decir. Contra Corinna, falsa princesa, se alborotó un tanto la mesa y ahí fue cuando Calafell nos regaló algunos de sus encuentros con gente aristocrática y la imposible adaptación del plebeyo a la idea de una graciosa nobleza. Las formas, claro: “Letizia -¡con zeta, por el amor de Dios!- se traga una escoba en cuanto alguien se le dirige con el debido tratamiento protocolario.” Por otra parte, sigue ella la pauta de aquel ministro socialista que decidió que España no podía permitirse tener alta costura. Luego se lamentarán de que la regia institución sea discutida. Mexicano de pro, una vez Calafell le espetó a un príncipe de Abu Dabi, que le había dicho que no le gustaba Madrid, si prefería la estampa de su abuelo portando cuatro camellos por el desierto o la capital de un imperio presente en tres continentes.

Corría un sauvignon blanc del Loira y, a saber por qué, la cosa derivó de la reina a aquella otra princesa del pueblo, resumen de una sombra ya alargada, pincelada por las televisiones del actual régimen democrático: Belén Esteban, con quien, en cualquier caso, podemos compartir algunas nociones de orden ideológico (no en el caso de Letizia). La sombra, decía, viene del Barroco, pero se hace pétrea y universal gracias a la inestimable labor y el derroche educador de las teles, los papás y las leyes. Y entonces emerge, cándido y poderoso, el pueblo llano de ahora. Lo dijo Janovas en los postres de crema y hojaldre, frase que envidiaría un ejército de sociólogos del ayer: “La clase obrera está desinhibida.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VIII)

En la mesilla de noche reposa el libro de Roger Scruton sobre la belleza. Al lado, una lamparita táctil se ocupa de los claroscuros, culminante imagen contemporánea del hombre solo, concebido para el hotel y viceversa. Fuera, tras el cristal, voces nocturnas, amortiguadas, tan poco interesantes desde esta habitación del Arbaso. Escribo en San Sebastián, he venido ocho días a comer, sobre todo. Pesadamente, cojo el mando de la televisión y viene a mí la ya larga desdicha barcelonesa. Comparable a no sé qué, pues incluso en momentos trágicos de su historia -como cuando Companys ocupaba Palau- la atonía mental no logró vencerla. Ahora, algunos elementos indican que sí. Urgen unos estados generales que barran al ejército de oportunistas instalados en las altas instancias. Que se vayan, han hecho suficiente daño, y a costa de las arcas públicas, pues si pagar un sueldo (¡y qué sueldo!) a Inmaculada Colau o al ahora diputado en Cortes Gerardo Pisarello no es incurrir en fraude que baje Porcioles y lo vea.

Las autoridades catalanas suspiran por otro confinamiento y simulan un poder que no poseen. Aunque, de tal modo, vuelven a apretar las tuercas de esta ruina barcelonesa, anestesiada todavía, inmaculada en su anodino aburguesamiento de patinete y exculpación. De camino a la estación de Sants, el taxista me hizo notar las monstruosas plantas silvestres que crecen en los alcorques de la calle Balmes. Dejadez, ecologismo imbécil, quién sabe la oscura motivación del consistorio y sus decisiones. El caso es que obstaculizan peligrosamente la visibilidad de los coches. Podrá afirmarse que se trata de un detalle, si bien de los detalles están hechas las cosas, sean conquistas o derrotas.

Decía de San Sebastián: limpia, ordenada, segura, trabajadora, orgullosa. Adjetivos extraños a la Barcelona socialista-podemita. El asunto de la educación perdida, eso que antes era la urbanidad. Como todos los sueños de la señora alcaldesa, el de transformar la Condal en ciudad verde se está ejecutando de la peor manera posible. Ocurrió algo parecido a propósito del desmantelamiento de la cárcel Modelo, desastre organizativo para el sistema penitenciario, perpetrado en necesaria colaboración con la Generalitat. Para Colau la urgencia era entonces lucir el eslogan de una urbe sin la institución represiva y todo ese rollo pseudorrevolucionario de feria. En cuanto a la cuestión del ecologismo ideológico, el ayuntamiento ha obrado con nocturnidad (y escaso tacto democrático), durante el confinamiento: corte de calles, bolardos separando carriles y más sorpresas que nos llevaremos. Guerra al coche y al peatón, infante éste convertido en carne de cañón. En efecto, las aceras son el territorio más comprometido, pista para patines y bicicletas, vehículos sin matrícula, sin impuesto de circulación; y al mando hombres y mujeres sólo con derechos, petits Colaus dotados del engreimiento y la grosería neoseculares.

Hay un proceso de desajuste, fatalidad que supone descreer de lo heredado y no tener nada substitutivo a cambio. Barcelona no es ajena a tal circunstancia, hasta diría que se propone vanguardia de la misma. Desde la mesilla de mi habitación, Scruton emerge en palabras: “La belleza está despareciendo de nuestro mundo porque vivimos como si no fuera importante; y vivimos de esa manera porque hemos perdido el hábito del sacrificio y siempre estamos intentando evitarlo.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VII)

La semana pasada, estas suelas de cuero inglés pisaron con extraña sensación la Barcelona comanche, recuperada para los autóctonos pero sin apenas presencia de estos. Desaparecidos los invasores de albos cabellos, chanclas y tripas cerveceras, los lugareños, por alguna razón que no alcanzo, desprecian el (inédito) paseo oreado, a Colón solitario frente al mar. Hay quien querría tumbarlo, los bárbaros no llegan ya del frío, han nacido aquí, hijos de viejos y desorientados cristianos. A propósito del descubridor de América, el cronista Ricardo Suñé calificaba en 1942 de “solemne y sencilla” la Fiesta de la Hispanidad que celebraba los 450 años del gran acontecimiento.

De tales vestigios, todavía humeantes en plazas, palacios y bronces, mis pasos vuelven al suelo acostumbrado. Allí donde los barceloneses vemos cumplido el deseo de tener la ciudad a nuestros pies. Desde la Diagonal hasta el Tibidabo del doctor Andreu, retornamos a los años setenta del pasado siglo. Edificios, porterías, establecimientos, señoras y niños con uniforme de colegio florecen desde aquella maravillosa década, sin cambios aparentes. Paradoja, tenemos un Gobierno de socialistas y comunistas de tres al cuarto clamando por la distancia social, pero en estos barrios dicha distancia ha sido asumida con canónica naturalidad: entre la filipina que limpia y su señora, entre el portero y los muchachos del tercero, que vuelven a casa de jugar a tenis. Ni siquiera con los atolondrados embates del procés y la militancia cachonda de pijos en la CUP (formación antisistema), la Barcelona alta ha dejado nunca de parecer lo que auténticamente es: una sociedad conservadora.

Hay lugares que abundan en la inconfundible burguesía barcelonesa, juzgada indolente, aunque eso excluya al patrimonio propio, siempre a resguardo. Respecto al dinero, no existe abulia hispana que lo descuide. En el bar Escocés (1955), don Miguel López atiende con diligencia a una clientela clásica en sus gustos ideológicos y alcohólicos. El dry martini, el negroni y algunas tapas inmortales (las ensaladillas variadas y el morro en vinagre) discurren por su barra de madera. Allí vemos americanas holgadas, corbatas con alfiler dorado, viejas víctimas del bisturí y la silicona, copas solitarias de cava. Invitación a la melancolía, una figura está sentada al fondo de la sala, bajo un cuadro de dama con sombrero. El camarero se dirige a ella por su nombre, señora Carmina. Son las cálidas penumbras que van huyendo, lentamente, hasta el día en que la señora permanezca ahí cual ausencia, para siempre. En la barra, más animada, hay incluso quien exige su sitio por veteranía. Dos gruesos hombres comentan las dificultades de la vida: “El deterioro físico de María José, en los últimos treinta años, ha sido espectacular”, informa uno de ellos. El discreto encanto de ya saben ustedes qué, amables lectores.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (VI)

(Plaza Real, Barcelona, julio de 2020)

Una mañana de julio, por ocurrencia del señor Planas, nos dirigimos junto a don Iñaki Ellakuría hasta donde Barcelona acaricia el mar y los olores se hacen más intensos. La (feliz) ocurrencia de nuestro amigo consistía en darse un garbeo por los límites del distrito quinto, en pleno verano y sin turistas.

Imposible recordar la estampa de unas Ramblas apenas transitadas, sus quioscos sin clientes, algún comercio ya clausurado y muchos vacíos. La puerta de Boadas (coctelería en activo más antigua de la ciudad, fundada en 1933) no se abría frenética, como ha sucedido desde siempre, y las calles que penetran en el viejo Chino eran solo habitadas por algún morito con gorra y la secular señora con su carro de la compra. Tal ausencia humana devolvía recuerdos: viejas tiendas de discos de Tallers, casi todas cerradas; Cazalla, el bar más pequeño de la ciudad (unos dos metros cuadrados), que fuera abierto en 1912 y aun sobrevive sirviendo mojitos, esa otra epidemia. Quisimos los tres excursionistas tomar aperitivo en el Círculo del Liceo, pero nos faltó la chaqueta reglamentaria para poder entrar. Así, pasamos por el mercado de San José (Boquería), ánimo renovado en la barra del Pinocho, donde se despidió del mundo Cabau tras enseñarle a la burguesía barcelonesa la gran cuisine, seria, republicana. Parece ser que el prócer marmitón ingirió una píldora de cianuro con un vasito de agua ante el actual propietario y alma del establecimiento, don Juanito Bayén, brioso octogenario, perico de pro. En Pinocho éramos escasos comensales, destacando una característica figura barcelonesa que los nativos distinguimos al instante: hombre maduro con sombrero, algún extravagante detalle en el vestir (corbata y americana violetas), acompañado de una muchacha latina veinte o treinta años más joven que él. Juanito propuso mejillones en vinagreta y los legendarios garbanzos con morcilla, y comentó su extrañeza al contemplar la barra sin agolpamientos, sin cañas volando entre manos y sin fotos de los turistas. Para despedirnos, lanzó sonriente un mensaje de ánimo españolista, a pesar de los sombríos momentos que el club está viviendo.

A poca distancia, la Plaza Real, sitio de flamencas catacumbas, permanecía en el silencio vacuo. Sus grandes terrazas huérfanas, los camareros mirando al infinito. Pensé en ese raro panorama y en los cuerpos que yacen bajo las baldosas de la plaza (primitivo convento capuchino demolido): imaginé que verían aquella desolación con una erudita sonrisa; los muertos siempre acaban teniendo la razón.

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (V)

Me lo temía: Inmaculada Colau tiene un modelo para Barcelona. Qué desagradable noticia. Algunos comentaristas (yo mismo) han puesto el acento en las estrechas facultades intelectuales de la señora. Ya no lo considero importante: en lo pernicioso de su gestión municipal se mezcla indolencia y demagogia. Y seguiría siendo así aunque estudiara (¡por fin!) en Eton. ¿Qué habríamos de esperar de una activista con la vara de mando de la segunda urbe de España y un salario de casta política? Por ser noticioso, entre otras importantísimas y urgentes cosas, acudió a una clínica privada a retocarse. Pero, sin abandonar nunca el romanticismo de pancarta que la hace tan popular entre su electorado populista, arengó a los trabajadores de Nissan. Bañito de masas para no olvidar el pasado vocinglero. Los sectores productivos de la Ciudad Condal la aborrecen, esos fascistas.

Su modelo es la República Popular en Bicicleta. Más o menos recuerda a los paraísos marxista-leninistas de postguerra, si bien aquellos líderes leían a Gorki y a Cervantes. La Tirana de Hoxha, los obreros en bici, la ecológica plaza Skanderbeg sin autos. Un sueño, o paradigma, implementado con nocturnidad y alevosía (¿democracia para qué?) mientras permanecíamos confinados. Calles cortadas, bolardos en vías importantes y una total impunidad para ciclistas y patinadores, que, además de calles, invaden aceras. El peatón es hoy un insólito lumpen, atenazado por el régimen nuevo. De la ciudad de los prodigios a la ciudad idiota, así se escribe la historia.

Pero todo régimen impúdico encuentra su resistencia. Y los barceloneses, no obstante, seguimos siendo espíritus dionisíacos, dos mil años nos contemplan. Existen aún orgiásticos lugares donde resistir. Unos inmorales, otros igualmente burgueses. Es el caso del restaurante Bonanova, sito por allí arriba, donde la ciudad escala hacia el Sagrado Corazón de Jesús, Tibidabo. A menudo, con los restaurantes pasa como con las relaciones humanas y tecnológicas, al cabo del tiempo comienzan a salir aristas. No me ha ocurrido así, todavía, con el local de Adolfo y Carlos Herrero. Ofrece un bogavante imperial, azul borbónico que torna rojo al calor del fuego hispano, ardemos marmitones desde Felipe V, también Colau. Tradición familiar, primoroso cuidado de la cocina de mercado, los Herrero han comprado recientemente una isla de cocina que es como el Bugatti de esos quehaceres. Formidable cosa, instrumento de acero con el que imprimir conocimiento y gusto, al fin cultura golosa, notable en el Bonanova.

Post scriptum: El lunes vi un documental en Televisión Española sobre Ángel Pawlowsky (Rivera, Argentina, 1941), artista del espectáculo barcelonés ya retirado. Por ahí aparecieron Colita y Núria Ribó hablando de aquella Barcelona, compendio de gente extraordinaria, única y tal. El cuento barcelonés de siempre, la gauche divine de Sagarra, el Bocaccio y demás. Me calenté una miaja, y por aliviarme en la certeza llamé a una señora de Muntaner, muy vivida. Amiga de sus amigas -incluyo al sexo masculino-, le pregunté qué le parecía el documental: “¡Ay, qué gracia, el Pawlowsky! ¡Pero cuánta imaginación!”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (IV)

(La última Rickenbacker, fotografía del autor)

El taxi subía, a duras penas, las calles que conducen hasta el tanatorio de la Ronda de Dalt. Gran serpiente de asfalto, permite a los barceloneses bordear, como su nombre sugiere, el cuerpo de la Condal; y penetrar en sus tripas hacia el este en el momento que uno desee, más o menos. Desde allí arriba se ve el aguerrido manto hasta el mar, y Colón, símbolo que la novísima reacción odia, aunque ni sepa por qué. Acaba la urbe, exhausta, hundiéndose donde todas las cosas cristianas, civilizadas: mare nostrum, Roma.

Iba al tanatorio a saludar por última vez a un amigo, Nacho Arola. Un viaje de esos que reproduce la cadencia del monstruo melancólico. Viendo al fondo el barrio de Horta, aquel veraneo burgués del diecinueve con sus casitas ajardinadas, acariciaba la ventanilla del taxi. Una vida de subir y bajar a capricho del cliente, vetusto vidrio, piel barcelonesa, quién sabe cuántas carreras y miradas perdidas habría atrapado. Como el destino es una cosa procaz, el taxista sintonizaba rock de los ochenta. El tipo era vieja especie: peinado hacia atrás, camisa negra, una esclava en la muñeca, Ray-Ban oscuras y poca conversación. Sonaban en el coche los hits de otrora, mientras yo acudía al encuentro triste con Carolina Bochaca, Cristina y Edi Arola, Miguel Navarro, Miquel Serrano, y tantos otros. (¿Se han fijado en los nombres y apellidos? Claro, son mixtura de Barcelona.)

Con Nacho, el meollo fue la música, continente salvaje. Tendemos a la idea del heroísmo, y al final nos perdemos en los placeres y las pequeñas tragedias. El ritmo de ese tiempo tan severo e idiota de la adolescencia. Y cada cual escribe su historia, o al menos así lo cree: conocí a Nacho en 1988, cuando un sueño de juventud era tener un grupo de pop, y en esta ciudad las cosas funcionaban con una libertad que ahora parece inimaginable, a la imaginación y sus límites me refiero. Después, a remolque de la decadencia política, todo se complicó, enmarañamiento de acordes y vidas agridulces. La última aventura juntos fue comprar una guitarra Rickenbacker y tomarnos después unas cervezas en un terrado, desde donde veíamos la vida entera, barcelonesa. Bueno, el Tito se ha ido, entrañable, mano temblorosa sosteniendo un cigarrillo, risa dispuesta para cada tontería que surgiera, la simpatía perenne. Qué jodido, marcharte así, a deshora, a la francesa. Y Barcelona ardiendo al fondo.

(Nota publicada en OkDiario)

Historias de Barcelona (III)

Antes de iniciar esta serie, estuve cavilando si titularla “Historietas de Barcelona”, habida cuenta que la ciudad hizo gala de explicarles la vida a los españoles mediante el género del tebeo, en el pasado siglo. Sensible y heterodoxa, habitada por mesetarios mediterráneos, en la Condal pervive una cosa romana: la ligereza a los pies de unas columnas que todavía sostienen la idea del templo.

En fin, dejemos suelta a la poesía, que corra por las calles pendientes, venas entre los mundos barceloneses, endémicamente dispares. El asfalto en la ciudad de los prodigios, en esas ocasiones que nos toca morderlo, es poroso y salado. A nuestro Gil de Biedma le pasaba que, noche cerrada y cuando la ciudad ya le había consumido, ésa le regalaba cuatro versos, como una consideración. En tal sendero me encontraba yo, terraza de farolillos y amigos mediante, cuando una gran señora le regaló a su hijo un episodio de Galdós: “Gracias, mamá. Es el mismo que me regalaste el año pasado, era muy bueno, aunque no lo leí.”

La querida fauna, siempre tan delicada, fue desfilando entre copas: apareció un insigne médico, tan alto como la estatua de Colón, para saludar y despacharse en dos minutos con un constructo todavía vigente entre ciertas clases acomodadas: “Franco hizo cosas buenas, el sistema de salud, los pantanos… ¡Y eso que era socialista!” No se sorprenda nadie, la lista de simpatizantes y amigos políticos del dictador entre lo que luego fue el catalanismo dominante (ERC incluida, amigo Rufián) es abultada. Pero para estos asuntillos no hay memoria histórica que valga.

Como decía, Barcelona es madre y señora del tebeo, arte ágil y suculento. A unos metros de mi mesa celebraban encuentro cinco o seis muchachas de Sarriá, de esas que cambiaron el bolso Vuitton por un bulto de tela, y el voto a CiU por las candidaturas antisistema de la CUP. Una especie de contestación imbécil, aunque al final intrascendente para el patrimonio familiar. Estéticamente, la burguesía local se ha descuidado hasta límites insospechados, si bien sigue habitando fincas con portero y ficus franquistas y acudiendo a esquiar a Baqueira. No es el caso de Bernat Dedéu, figura de una derecha independentista llegada ya a la estación del fracaso político, a Dios gracias. Un chico educado, pulcro y bien peinado, gustaría tanto a las señoras de Núñez de Balboa como a las de la barcelonesa avenida Pearson, sin distingo. Además, haría pendant, como dicen los italianos, con el cortinaje y la porcelana de Sèvres. Al final, las tribulaciones políticas catalanas se diluyen en la cuestión marxista de las clases.

Nota del lento desconfinamiento: abrieron Via Veneto y allí me comí una tortilla de comté y camembert que me hizo olvidar, durante unos instantes, el socialismo totalitario gobernante y los detritus del procés. Mientras paladeaba la untuosa receta, de un ambarino celestial, una voz susurró: “no podrán con nosotros.”

(Nota publicada en Ok Diario)

Historias de Barcelona (II)

(Fotografía de Josep Postius, con el alcalde Porcioles, 1965)

Como afirmara José María de Areilza y Martínez de Rodas, con la gravedad de unos tiempos más serios que los de ahora, “la idea misma del Estado de derecho se apoya en la existencia de una opinión libre”. Esto lo formulaba el diplomático de Portugalete en favor de un régimen democrático que él mismo ayudó a establecer, después de la dictadura. Bien, el tiempo y los desmemoriados, atribulados hombres, han hecho maravillas y estamos ya en disposición, cuarenta años después, de tener que recordar cosas tan esenciales: el ejercicio de la opinión libre no puede ser censurado; aunque la opinión general, digamos, no es lo que fue.

“Es un fenómeno mundial, no sólo patrio.” Me lo decía, tras unas gafas de sol doradas, don Christophe Jonquères d’Oriola, pieza última de una saga antigua y descendiente del campeón de salto ecuestre, monsieur Pierre. Acababa de volver del chateau familiar, se había comprado un colorido souvenir en Versace, y quedamos a comer en la terraza de Chez Cocó. Es ese un lugar al gusto de las señoras del Turó Park y los abogados del edificio Godó. También de mis amigos que coinciden con Pasolini en instrucción, buen gusto y afición por el mismo sexo. Ahí aparecen, sumadas, cuatro cosas que pondrían bizco al homosexual a la moda, muy poco instruido, chabacano y de izquierdas (no aquella izquierda limpia y valiente de Pasolini).

Los coquelets asados, acompañados de parmentière y ensalada, fueron traídos a la mesa casi al mismo tiempo en que aparecieron volando por allí doña Alba Riu, moreno marbellí de la Vía Augusta, y don Carlos Janovas, ave dorada peregrina en la Barcelona de postín. Se hablaba de las avenencias de esa flamante homosexualidad, que es militancia política desaliñada, vacua y populista. Recordé las pancartas del “orgullo gay”, mercantilización de un hecho que debería ser insustancial, como afirmara Stephen Fry: ¿a quién importa lo que cada uno hace en su cama? Miren, volviendo a una Italia gay, transgresora y culta, el artista Renato Zero cantaba en los setenta: “Mi vendo / un’altra identità / ti do quello che il mondo / distratto non ti da / io mi vendo, e già / a buon prezzo, si sa.”

Mis amigos, animados sin duda por el champagne rosé, ya trazaban la senda de la encendida crítica a la corrección política y su piel fina. Evoqué a dos personajes que habitaron la Ibiza del Sausalito y Ursula Andress. Ambos, teutones, delgadísimos, vestían en Paula’s y con los trapos de la (falsa) Princesa Smilja. Jamás una proclama, una medalla sexual salió de sus bocas. Les conocíamos como los pajaritos, y esto venía a cuento porque aquel mundo marica, elegante y distendido, fue aplastado por un ejército de palurdos ideologizados, ortodoxia muscular.

“¡Felicidad embotellada!” -exclamó David Niven ante la Cardinale a punto del delirio-, el champagne elevaba la gracia barcelonesa, heterodoxa, mientras el cielo caía y a todos gustaba. Un joven cruzó la terraza, cargaba todas las tribales formas, uniforme y eslogan, acervo reaccionario. Fue cuando don Carlos, que cultiva la tradición de la ironía, dijo en un respingo: “¡Yo me meto en el armario, pero que vuelva el Caudillo!”

Historias de Barcelona (I)

Me habían llamado por teléfono con el motivo de organizar una comida, después de estos austeros meses. Busqué un lugar que pudiera acogernos, a los cinco hombres cinco, barceloneses, sin saber muy bien bajo qué condiciones podríamos distraer estómagos y espíritu con el vigente estado de alarma. En una pequeña terraza nos sirvieron con mucha solicitud y las debidas medidas de higiene. Mascarillas, guantes, todas esas horripilantes cosas. Esta normalidad estética que va de Moncloa al pueblo. Pensé que, en cualquier caso, el estado de alarma intelectual durará mientras dure el gobierno, más allá de su vigencia legal.

Las conversaciones se cruzaban por encima de copas y platos, simpática efervescencia tras tanto silencio y represión. Estos almuerzos tienen un buen volumen de por sí, amplificados por el vino y la humana pasión de decir cosas. Pero la invasión del Estado en ámbitos tan delicados e importantes como la libertad y el libertinaje han hecho mella. Incluso un heideggeriano mordaz como Oriol Trillas tardó un rato en desplegar velas y polémicas. Viajaba en verbo Cayetana Álvarez de Toledo (derecha afrancesada), Inmaculada Colau (emperatriz mundial de la bicicleta, tras el cierre de Nissan) y, gracia de la vida, Porfirio Rubirosa, playboy dominicano del que preparo un artículo. A mi amigo Manuel Garayoa le conté que, unos días antes de morir, Luis Racionero pasó, ya muy desgastado, a despedirse de los camareros de la terraza del antiguo José Luis. Qué elegancia. Un señor de Barcelona.

Como las copas tienen a veces un efecto artístico, la mesa se desperdigó y fue entonces cuando, por Infanta Carlota, Pablo Planas y este humilde servidor dábamos tumbos en busca de local. Infructuosa búsqueda, le vi en un momento dado alejarse por avenida Diagonal en dirección sur, rugido de tanques.

Recordé la calle Tuset y me llegué con las esperanzas todavía enteras. Allí se cruzó al paso Alberto, camarero capaz de servir ocho dry martini de una vez sin perder pulso ni porte, clásico, digamos. Iba vestido como Roland Garros antes de salir a pista: zapatillas, pantaloncillo, polo y sueter trenzado de pico, todo blanco, por supuesto. “El lunes abrimos”, me dijo, y se marchó con viento fresco, dejando un cadáver a las puertas de la salvación. Pero el destino tiene sus adornos. Viéndome desarmado, tieso sin saber qué hacer, las señoritas de un bar adyacente me cedieron una mesa, mientras comenzaba a llover como llueve en primavera, violines barrocos, allegro molto. Discurría al lado una cita de esas de red social; una cita a ciegas, como se decía antes. Me pareció inocente y encantador, el brillo de unos ojos que se gustan. Cuántas cosas no habremos hecho a ciegas. Incluso votar al fascismo vero, éste que manda.