Azucaramiento barcelonés

El barcelonés ilumina una suerte de teatralidad que hubiera gustado (aventuro) a Erving Goffman. Escuelas de la dulce sensibilidad, el disimulo, un flujo de susceptibilidad y la elusión de cualquier conflicto. Estos elementos explicarían que el barcelonés tipo puede hoy apuntarse a una opinión pública y mañana a otra de signo contrario. Sin problemas de coherencia. De todos los trazos característicos, la azucarada sensibilidad me conmueve especialmente. Y tiene implicaciones políticas.

Noble Ensanche. Cae una tarde de acerada luz, los estertores del infierno estival. Vuelve a la ciudad un carácter, un cierto orden. Tengo enfrente a los hijos de mi amigo Armand Carabén, juegan en un parque homologado. El padre pierde a sus vástagos de vista -hay un elixir encerrado en vidrio delante mismo-, y entonces dice no soportar el reinado de sentimentalismo instaurado en la sociedad barcelonesa, acaso catalana, acaso mundial. Yerra quien pueda suponer que la política, el procés en nuestro caso, es ajeno a tal reinado. La televisión, ese amplificador, recoge el fenómeno: una suerte de relato emocionado que se confunde con humanismo naif, progresía en zapatillas (ah, el ámbito doméstico, donde todas las cosas ocurren) y regeneracionismo perenne.

La televisión, decía, descifra al espectador a través de dramas pavorosos. Es algo más que la tradicional sensiblería, encantadora, de mesa camilla y crimen pasional; es una suerte de género de sucesos mezclado con responsabilidad social. Una politización corrosiva. Y sobre todo muy pesada. Los barceloneses hemos sido mecidos hace lustros en tales amores. Lo que nos faltaba. Por eso salió elegida esta alcaldesa, por un cálculo del todo sensiblero. También coherente. Y por eso hubo tantas esteladas, que alteraron la percepción de una Barcelona cosmopolita.

Echando la vista atrás, creo haber encontrado (¡aleluya!) el origen del procés, el Santo Grial (nada de sentencias del Constitucional). Fue un programa televisivo en que un conejo obeso, de nombre Carlitus (nótese la sofisticación semántica), debía ser sometido a una operación a vida o muerte. Todo el mundo en vilo durante semanas. En Madrid esto no se comprendería. Carlitus, el conejo obeso y azotado por un cruel enemigo (la injusticia), era la patria de todos y de cada uno. Así comenzó el procés. Creo que Pla hablaba de eso, de un terreno emocional idóneo.

Mi amigo Armand ha pedido otro elixir. Los niños siguen deslizándose tobogán abajo, es una imagen agradable de la caída, lenta, satinada, inevitable.

Cenar en agosto y el espíritu de Luján

Comer por ahí en agosto y esperar hacerlo bien es, en principio, de voluntaristas. En Barcelona, desde luego, hay que intentar evitarlo. El imperial mes atestigua una energía centrífuga en cuanto a restaurantes honestos y buenos. Quien no ha bajado la persiana pasa el temporal de clientes apretando las tuercas a sus proveedores. Es época de pingües beneficios; y de comer con sospechas. Excepciones haylas, desde luego.
(Un inmaculado romanticismo: pasé veranos durrellianos en Grecia y no me sentaba a la mesa a mediodía hasta que llegaba el pescador y una señora acostaba la captura sobre las brasas. Era cosa de dioses; por nuestro sur he oído que se producen todavía episodios así. Qué remembranzas teje el agosto.)
Anoche cené en la única terraza abierta que tengo cerca de casa, sita en Enrique Granados. Pedí pularda asada y una botella de Muga rosé, temiendo que el espíritu de Luján saliera de su casa a reprender tal concesión a un caldo despreciado por él. Ni blanco ni tinto. Desde mi mesa veía aquella puerta dorada que atravesaba nuestro querido gastrónomo para dirigirse a cualquier restaurante predilecto, quizás en Tuset. Era la época de un clasicismo, caza otoñal en el Orotava (que abans es deia l’Hostalet, nos recuerda Miró en un embaldosado que se aún se conserva sobre la antigua puerta al templo) y steaks tártaros en Reno. ¿Qué le habremos hecho a los restauradores para que nos encontremos este plato, desanimalizado, hasta en los chiringuitos de playa? El steak tártaro y la universidad son las dos cosas de obligado cumplimiento para todo nacido hispano. En Via Veneto siguen preparándolo como manda Dios; yo lo pido siempre con un filete de anchoa.
Vuelvo a la cena de agosto. En una mesa contigua, dos mujeres galas ventilaban un arroz caldoso con bogavante acompañado de negroni. Recordé a Kinsgley Amis, testimonio de un maridaje excepcional: en algún momento de los años 1980 un matrimonio inglés habría cenado rodaballo mojando el alma con una botella de pipermint. Lo que yo observé anoche pudiera estar en esas cumbres humanas del comer y del beber. Escuché una risa tibia, apoyada en una feliz papada; quizás fuera don Néstor que volvía a casa.

Violeta la Burra

IMG_2617
Violeta la Burra y el autor, a punto del delirio
De ella escribió Umbral que era Andalucía, mitad burra de carga, mitad violeta de Juan Ramón Jiménez. Voz rasgada por la noche del Paralelo, vida con que ilumina sus identitarias hortalizas y butifarras, a modo de diademas o de collares sobre el pecho sevillano, escarnio de un orden imposible: la madre amantísima quiso una niña y le salió Violeta, Pedro de día, artista de noche. O como dice ella: Violeta de arriba, Pedro de abajo. Conoció el éxito en el Teatro Arnau, mundo del que ya nada queda, excepto Ella, misterio barcelonés. Soy la noche, llegó a afirmar. Jaca negra, luna roja.
Después de eso, subió a Enrique Granados, donde vive y, nocturna, canta coplas, canciones de su sello y vende flores. Famosa en esta calle cual aquella Moños de la Rambla, que un amor equivocado enloqueció. Por las mañanas la encuentro comprando verdura, sin peluca ni maquillaje, verbo invariable.
El transformismo suyo es un sur desproporcionado, Violeta del cachondeo y la provocación inocua, el salero subido de tono. Cena algo en Paco Meralgo o en La Moderna, donde la conocen y estiman. Vende rosas en el Dry Martini, ¡antes qué buena clientela!, se lamenta: aquellos señores espléndidos con sus queridas, tras la cortina de terciopelo que separaba ambos mundos, el de la luz pueril y el de las gratas tinieblas.
Ha grabado discos, algunos autofinanciados, por los que desfilan Cristiano Ronaldo, un butanero, Paquito nardos y su poesía barcelonesa: salchichón, salchichón; maricón, maricón, ay que ver lo que tengo que hacer pa comer. Estuvo unos años en París, pero la madre enfermó y ella lo dejó todo para venir a cuidarla, a Sevilla, donde conserva casa en un pueblo blanco. En el Dry Martini, sus rosas beben de una botella de tónica que le proporciona Ceferino, inmaculado camarero de rizado bigote. Frecuenta también la coctelería Solange, antiguo Harrys con piano de cola en torno al cual pasaban esas cosas de la nuit. Bizarría perdida.
El perejil ha sido también su enseña, lo aireaba por ahí como ha aireado pepinos, nabos y berenjenas, regalos de la naturaleza feroz. Canta Francisco Alegre por unas monedas y los turistas no cazan ni una sombra, esos bobalicones. Si le preguntas qué tal, contesta bien, mariconeando. Cómprame un cucurucho, grande, de turrón, y mientras chupa el cono un niño callejero la mira con ojos de plato vacío. Casi no parece Barcelona, durante unos instantes.

Un evento barcelonés

Fui invitado a una fiesta patrocinada por una marca de relojes. Recibí mensajes en el móvil, una llamada telefónica y el correspondiente tarjetón en casa. Pensé que había interés en que asistiera y no quise defraudar ningún deseo. Cuando llegué al lugar en cuestión, avenida Diagonal, tres bellísimas azafatas sonrieron, al tiempo que un muchacho con traje azul y pajarita me daba calurosamente la mano mientras pronunciaba mis apellidos, que son la cosa más estimable que poseo, aunque a simple vista no parezcan nada extraordinario.

Lo primero que me ocurrió al entrar en el establecimiento, vaciado de vitrinas y relojes, fue un trago de Ruinart. Eso estaba bien. Me hice paso entre el gentío hasta llegar a un mostrador detrás del cual había un camarero enjuto y tres cubos llenos de botellas. Era el mejor sitio donde echar raíces, porque me ha sido siempre difícil estar entre más de cuatro o cinco personas. No por misantropía, sino por exceso de información.

En tal fortín, del que no me moví en toda la velada, pude admirar un barroquismo barcelonés y tener mi copa siempre medio llena y fría, al tiempo que un incesante revoloteo de jóvenes repartía variadas fruslerías, entre esas una falsa aceituna, invento del cocinero Adrià.

No digo que todo aquello, cien personas metidas en un espacio más bien reducido, fuera antielegante, pero sí heterogéneo. Había dos o tres señoras muy peripuestas, hombres encorbatados, hombres con pañuelo de seda al cuello, hombres sin esmero, un bastón, una mujer que recordaba a Jacqueline de Ribes y tres lechuguinos. Éstos llamaron en seguida mi atención, porque eran la prueba de que el mundo seguía conservando su gracia y que lo de la Bastilla no fue en absoluto anecdótico. Se situaron los tres cerca de mi y estuvieron un rato retratándose con los teléfonos. Contabilicé dos hombres y una mujer y, si no yerro, la mujer era pasto de alguna adicción, quizás la misma que Sherlock Holmes pero con efectos del todo diferentes, como saltaba a la vista.

De los dos varones, uno resultaba bastante anodino y el otro era, sin duda, lo llamativo de la fiesta. Ni el Rolls Royce aparcado a la puerta provocó tantas miradas como ese sujeto. Lucía peinado de futbolista, pero no lo era, ni nadie habría apostado un céntimo a que practicaba algún deporte. Vestía de negro, cargaba cadenas y calzaba botines de inspiración apocalíptica, el futuro y la tierra habitada por bandas de criminales y ejércitos de ratas. Quizás fueran creación de Dolce & Gabbana. También parecía sufrir un tipo de demencia leve al hablar y se movía de modo extraño. La anécdota que forja la Historia se produjo cuando los propietarios de la relojería se dedicaron a agasajarle, colmándolo de atenciones.

Pensé en el misterio que la Revolución y el capitalismo soeces enterraron y brindé por el marqués de Valancey, quien me decía, desde el más allá, que la próxima velada debía ir yo naturalmente vestido de cosaco.

Al salir, el muchacho de la puerta me ofreció la llave del Rolls Royce y en seguida rectificó, recordando que yo no conduzco, como, gracias al Cielo, tampoco nunca he esquiado.

Un señorito de Barcelona

Me dispongo a comer en La Barca del Pescador, marisquería de barrio que gestionan sus trabajadores desde que el propietario desapareciera dejando tras de sí vestigios financieros. Ojalá tengan quisquillas cocidas. A mi lado, un hombre bien vestido, algo atildado, de espléndido cromatismo epidérmico a juego con el foulard estival. Se ve en él una coherencia de burgués contemporáneo, que en el caso de Barcelona tiene unos pilares: relajamiento de las formas, una pizca de hedonismo y rentas familiares. Pide al camarero bogavante a la plancha. ¡En seguida, Sr. Joan! Apenas lo sirven, animado por el comentario adulatorio de un vecino de barra, se ofrece: ¿Quiere una pinza? ¡De todos modos, seguiremos siendo igual de pobres! A partir de esta declaración, la charla coge el amado camino, lamentoso y melancólico, que transitamos desde hace cinco o cinco mil años: indescriptible desdicha de un pueblo puesto por Dios en este rincón del mundo para padecer.

Abrazo una botella de Fefiñanes y, dando un sorbo autárquico, me parece ver pasar por la calle al barón de Viver en un faetón, diseñado por él mismo, furibundo al no hallar su querido Paseo de Gracia.

En la marisquería se reproduce una idiosincrásica barcelonería. A saber: un señorito se come un lubigante, cosa de moral recta; ofrece una pinza sabiendo de antemano la respuesta (sin duda la pinza seguirá en su plato), cosas de barceloneses; después se asea con un seguiremos siendo pobres, maravilla folclórica.

¡Es un barcelonés irreprochable, de tibia raza! Deseo que siga devorando crustáceos, su bolsillo lo soporte y que la Humanidad entera nos hartemos de marisco para siempre jamás. Hasta el día del Juicio Final. El día en que baje el Altísimo, vestido de homarus gammarus quizás, y nos llame hasta su profundo vientre para mecernos eternamente. El sueño íntimo de esta comunidad mediterránea.

La pobreza no sería comer bogavante, ni tampoco alumbrar fe en la miseria, el incógnito de un próximo plato de lentejas, milagro barroco, porque han pasado muchos crepúsculos desde el oro del siglo y ya podemos hojear a Lope de Vega con simpática distancia o, incluso, ni leerlo.

Quejarse sin aparente motivo es, antes que el balompié, el tenis o el takatá, el deporte más querido de los barceloneses. Lo ilustró el periodista Cristian Campos: una familia cenando en el restaurante Moments (hotel Mandarín) y, entre exquisitos caldos y bocados, lamentar las inaceptables condiciones que sufrían, en el caso al hilo del procés o cualquier otro chismorreo de consumo ideológico. ¿No es esta una comedia deliciosa?

Una sensibilidad barcelonesa

Dicen que Barcelona mira al mar desde 1992. Este asunto se ha convertido en un lugar común. Como afirmar que las fiebres nacionalistas de la gran clase media tienen su origen en una sentencia del Tribunal Constitucional. La imbecilidad, a la espera de una teoría, es sólo misteriosa evidencia.

Mirar al mar. Me he preguntado acerca de la naturaleza del lema, publicitado pomposamente por los políticos de la época olímpica y acogido como principio irrefutable por el ciudadano poético. Soy catalán vertebrado en una meseta, arqueo mi credulidad. ¿Qué sustancia emerge viendo las olas lamer la arena ad eternum, lascivamente? O al alzar la mirada sobre el horizonte un puñado de kilómetros, que es lo que los ojos de un barcelonés sapiens sapiens alcanzan en un día limpio. Más allá aparece la imaginación, los más poderosos luceros de nuestra especie. De cualquier manera, las preguntas dependen de cada cual. En todo barcelonés se esconde un filósofo clásico. O un bolerista.

El marqués de Castellbell añoraba la vieja urbe. No creo que haya sido el único, si bien las voces refractarias no gozaron de eco alguno. Se enterraron en las cunetas de nuestra modernidad. Existen barceloneses que todavía no han mirado ese agua salada, y con certeza digo que nunca lo harán. Estos serían antibarceloneses, los que se replegaron como una reacción hasta lugares reservados, tras las puertas. Tantas puertas quiméricas en mi ciudad.

En el recuento personal, esta urbe de ahora tiene mucha menos gracia respecto a la preolímpica, sucia, portuaria, innumerables rincones y oscuridades mortales. Muertes efímeras, manantiales de vida y, a veces también, de literatura. La Rambla, calle en la que tradicionalmente pasaban todas las cosas remarcables (bautizos, bodas, entierros, procesiones religiosas y políticas) poseía muchos tentáculos, extendidos a ambos lados de su torcida geografía. Adentrarse en el chino o en el gótico (lo escribo en itálica porque llamar gótico a lo que hay allí es descarado) entrañaba cierta riqueza antropológica. Aún conserva una fama, pero el estilo es otro.

El mundo de ayer: mujeres de plata, travestidos, marines, estibadores, loteros, chaperos, putas, escritores, jubilados, camellos, pedigüeños, boxeadores, príncipes, rapsodas, artistas sin obra (paradigma Pepín Bello), sabios, cantantes, retratistas, dibujantes de cómic, cazadores, bailarinas, vedettes, carteristas, barberos, limpiabotas, filatélicos, taxidermistas, cacharreros, diamantistas, burgueses de visita, Ramón Cabau, nobles arruinados, libreros, artesanos, pitonisas, afiladores, pescaderas, carniceros, vittelloni, Juanito Pinocho. Federico Fellini hubiera encontrado una mina para sus legendarios castings en la Cuidad Condal, aunque no le hizo falta teniendo Roma a sus pies. Barcelona, suerte de rancia barahúnda.

Por el camino muchos olvidos, algunos perversamente intencionados.

Luego había otros mundos, sigue habiéndolos de algún modo, plaza Calvo Sotelo. Aquella simbólica hamburguesería Pokin’s a la que íbamos los púberes a ver venus pijas. En veintiséis años, cuántas cosas: incontables sentencias del Tribunal Constitucional; el cierre de la librería fumadero Makoki; un tripartito que permitía ir por la calle sin ropa; el fallecimiento de Ferrer Salat, se dijo, en curiosas circunstancias; la invasión del manga; el florecimiento simpar de empleados autonómicos; el eclipse del jazz. Un personaje genuinamente barcelonés, José María Sanz, Loquillo, ha calificado recientemente a su ciudad como ‘horrorosa’, y no creo que responda sólo a la melancolía.

Sueño de una noche de verano

Anoche, en Barcelona, nos dieron veintiséis grados con humedad del ochenta por cien, una suerte de fiebre a orillas del Mediterráneo, que más bien parecía el Mekong. Tuve un sueño, versaba sobre la inmortalidad. Me asusté porque apareció de improviso el señor Hobbes y dijo: “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Estuvo un rato mirándome, hasta que se marchó con viento fresco. Era un pañuelo de hilo lavado cien mil veces, acariciado por una vida en marcha que nunca se detenía. Después de eso, unos turistas de calidad que pasaban por la calle gritando me despertaron. Salté de la cama, fui hasta la cocina, abrí la nevera y bebí un agua profunda. Luego me senté y vi sobre la mesa un catálogo de Ikea. No lo abrí porque continuaba Hobbes por allí, o eso me pareció. Quizás fuera mi asistenta. Qué existencia rara, adornos, la colección de manías, los adjetivos picantes, es lo que pensé retrospectivamente sobre mi paseo terrenal. Después de unos minutos transitando por el comedor, encontré la siguiente frase, y me pareció suficiente:

“Esa forma moderna de justicia que llamamos historia universal [que] exige que no se quede fuera de ella nada de lo que hacemos, pues hasta lo más idiota nos parece que consiste precisamente en hacer historia”.

(Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de los ismos, Siruela, Madrid, 2006)

Ruego a mis lectores perdón, esta ola de calor produce monstruos.

Barcelona, unas hipótesis

En el pensamiento histórico del Partit dels Socialistes de Catalunya, como en el de cualquier partido de izquierdas, estaba instalada la idea de revolucionar, el ensueño socialista del hombre nuevo, de alterar la realidad, vocablo amado y amasado. Esa energía ideológica se proyectó sobre la vieja ciudad portuaria con una fuerza inusitada bajo el impulso modernizador de Pasqual Maragall alcalde, un burgués catalanista con conciencia social. Aquello pasó como unas olimpiadas, nuevos récords y escenarios, gran energía, pingües negocios y mucho presupuesto público. También compareció la imaginación, el diseño, cómics, vanguardia. La izquierda todavía no se entendía tan bien con el nacionalismo y Barcelona, por tanto, tampoco. No se puede comprender qué ha sucedido en la Ciudad Condal en los últimos cinco lustros perdiendo de vista a los socialistas. Presentaron el mar a la ciudad y todo el mundo estuvo encantado unos cuantos años. Después, porque es regla que no conoce excepción, las hojas cayeron y marcharon los dulces pájaros cantores. En la decadencia se cometieron grandes fraudes sin culpables: el Forum de las Culturas, o cómo la nostalgia puede presentarse, clara y ridícula, sobre un autobús descapotado a ritmo de samba.

(La imagen del alcalde Clos bailando samba en un autobús junto a Carlinhos Brown, por las calles de Barcelona, tuvo un impacto político y quizás se conserva, aún, en la memoria de algunos barceloneses. Un funcionario del Ayuntamiento me contó que el alcalde, tras verse de tal guisa en televisión por la noche, se ausentó de su despacho unos cuantos días.)

Era la constatación de una suerte de dormirse en los laureles y de repente percibir el hedor de los bárbaros, que han ocupado ya la antesala de la casa. Todo aquello podía parecer incluso entretenido. Pero formaba parte de una gran resaca metafísica de la que, me temo, no nos hemos liberado todavía. Desde ese momento, hemos hecho incontables tonterías y la ciudad parece anodina -excepto para los bobos turistas-, en comparación a los años noventa del pasado siglo. Como dato quizás interesante: el catalanismo llenó Barcelona de funcionarios, siempre adeptos a quien paga la bonita nómina, los cien mil hijos de la Gene.

No sé en qué medida el turismo nos ha dado de comer a los barceloneses; lo que tengo más claro, y mi espléndida cartera también, es cuánto me han dado de comer los restauradores de la ciudad de Luján. Igual que a algunos amigos míos proclives a la armonía. En todo caso me parece incansable la violación de la historia barcelonesa para el turismo que sus gobernantes han elaborado sin ningún tipo de rubor intelectual. En un próximo artículo escribiré sobre la idea de declarar persona non grata (a título póstumo, claro) a Gaudí, como forma de poder volver a él en condiciones de virtuoso amor y verdad. Modestamente pienso que estamos en condiciones de alargar la lista de repudio a ciertos inversores en restauración y sus cocineros.

Incluso algunos políticos se han dado cuenta del deterioro estético de los ambientes que tenemos por emblemáticos en la Ciudad Condal. El perfume de esa mundialización del mal gusto, de Gucci a Starbucks. En este sentido, hay una melancolía barcelonesa, aguda, que no deja de ser sintomatología. Va de Via Veneto a Pérez Andújar. Las decadencias siempre se ven salpicadas de momentos ridículos y los gobernantes no nos han privado de esos, como aquellas bicicletas junto a un árbol artificial que el ayuntamiento instaló en la plaza Juan Carlos I durante unas Navidades, y se trataba de que los ciudadanos nos pusiéramos a pedalear para que se encendiesen las lucecitas del árbol. El mensaje político era la ecología; el mensaje estético era: ¡Pedalead, malditos! Cuando una ciudadanía escoge a semejantes representantes públicos no hace sino colocarse un espejo delante. En la psicología del barcelonés tipo que yo he conocido está la secuencia mil veces repetida del mal trato, el pago religioso por el mismo y salir diciendo moltes gràcies! Con tal concepto de la exigencia, los gobernantes orinan sobre nuestras cabezas.

El doctor Trias, alcalde ungido tras la muerte política de su antecesor en la Diagonal, el señor Hereu, fue a remolque y jadeando entre la corrupción, la inercia decadente y el procés catalanista, engendro éste que ha sido como una escoba de alambres barriendo los vestigios de una Barcelona aún recordada.

Después de Trias, el poder municipal decidió entregar la dorada vara a una señora de insufrible condición intelectual y peor currículum personal: Colau. Coinciden, y no sólo en Barcelona, dos tristezas: la nueva izquierda y el nacionalismo. Arrojo para el cofre del olvido cuatro inspiraciones al respecto: el engrasado motor de la anti-España, la alergia incurable al laissez faire, el desprecio a cualquier idea meritocrática, el infantilismo consentido, la vagancia general.

Este telegráfico cuento sobre imágenes barcelonesas termina aquí, últimos suspiros antes del glorioso septiembre nacionalista. Supongo que coincidiré con algunos de mis contemporáneos al calificar los pasados años como un desbordamiento de la política, con el subsiguiente empacho, cansancio. Los reductos de la amistad, los afectos, el tenis, las novelas de Maigret y otros placeres terrenales han servido, en mi modesto caso, de buen remedio al ambiente general.

La aventura, o Boswell en Barcelona

Leí en una columna alzada con palabras que un político inglés, quizás fuera el inefable Boris Johnson -¡cáspita, fue jefe del Foreign Office!-, era periquito wagneriano, porque había volado hasta Baviera y se le consideraba agresivamente educado. Eso sería un cumplido en Inglaterra y una falta de respeto en el Mediterráneo. En todo caso, el apellido Johnson me hizo recordar que una noche encontré a un millonario cerca de casa, en la calle París. Yo volvía del cine, donde me había corroído los tímpanos el fabuloso equipo de sonido de la sala y la atención del proyeccionista con el volumen. Ni que decir que Tarantino había también corroído mi humor con una de sus películas, eufemismo que en el caso del director de Knoxville, Tennessee, significa cuatro o cinco cortometrajes juntos con un argumento común. En tal pupurrí underground, un western que era estreno en España, dos de sus cortometrajes me resultaron entretenidos, aunque estuvieran dominados por las habituales obsesiones psicopáticas del señor Tarantino. A veces he pensado que el buen destino hizo que se dedicara al cine, un mal menor.

Adentrándome en el Ensanche desde Diagonal, iba liberando olor a pólvora, café y sangre cuando topé con el citado millonario. Podría parecer vulgar, y lo era en efecto, pero hay epítetos que dan la medida exacta del sustantivo. El caso es que fuimos juntos a cenar a una taberna gallega en la calle Córcega y nos dieron allí las tres de la madrugada. Qué hubiera sido de Barcelona sin los gallegos. El millonario tuvo la ocurrencia de visitar a un amigo común en su casa de la calle Brusi, para que se uniera al paseo nocturno por la ciudad. Fuimos, en efecto, hasta el domicilio del amigo, que no era millonario pero creo que lo había sido en algún momento de su vida, y llamamos al timbre hasta que contestó, de muy mala gana por cierto, pues debió pensar que se trababa de algún gracioso quien le despertaba a esas horas. Cuando le propusimos el plan, aceptó de inmediato. Esperamos unos minutos a que se vistiera y salimos los tres en dirección al puerto. He dicho puerto y no mar, contra aquella nueva costumbre barcelonesa, porque al mar se iba si uno quería bañarse, recorrer el viejo rompeolas, suicidarse o pescar; y al puerto si uno deseaba hacer otras muchas cosas, también suicidarse. Debimos alejarnos del recto trazo, pues, casi amaneciendo, nos encontramos en medio de la actividad del mercado de San Antonio, donde verduleros, pescaderas y carniceros, mozos, carritos, sacos de muchos colores, terneras desolladas, legumbres, coles, patatas, cabezas de cerdo y grandes lubinas se cruzaban en un glorioso baile. El millonario, al paso de un carro lleno de animales, cargó medio cordero sobre su espalda y comenzó a dar vueltas por allí, hasta que varios mozos le hicieron saber que sus gracias no eran bienvenidas. Después nos metimos en el bar Amigo, situado en una esquina frente al gran mercado, y nos sirvieron cerveza y quisquillas saladas. Estuvimos un breve rato en aquel sitio donde algunos tenderos desayunaban albóndigas con salsa de tomate y bebían chatos de vino tinto. Estábamos tan hechizados con la juerga que decidimos seguir dándole vida, aunque el millonario nos abandonó, pues dijo que tenía que almorzar con unas jóvenes venidas de Tortosa. En un santiamén nos encontrábamos los dos supervivientes frente al Mediterráneo, dispuestos a alquilar una de aquellas embarcaciones tan simpáticamente conocidas como golondrinas, que te daban una vuelta por las aguas grises, ese caldo del que, a veces, emergía algún cadáver ilustre. Mientras eso no sucedía, miramos el plano horizonte, que comenzaba a separarse entre cielo y mar por efecto del astro sol, y mi amigo dijo algo sobre la amistad, los millonarios y el improbable tránsito entre el amor y los billetes. Ya nuestras almas estaban en silencio, acariciadas por el blando ronroneo del motor diesel.

La fe y el taxi

Si se pretende coger algún taxi de los que recorren de noche Barcelona, uno debe tener en cuenta el elevado riesgo de que le pasen ciertas cosas, a saber: que el chofer no conozca la dirección que le damos; que el chofer no comprenda el castellano (ni el catalán), aunque quizás sí el inglés; que el ambiente huela a ropa sucia y/o a caliente humanidad; que el volumen de la emisora que escucha el chofer sea muy alto; que la conversación telefónica del conductor con un suyo pariente se desarrolle en un nivel de decibelios considerable; que no le lleven a uno por el camino más lógico y corto; que no le dejen exactamente a uno en la dirección solicitada, aunque llueva; que el vehículo sea tan viejo que le parezca a uno ir en góndola, pero no por los canales de Venecia, como hacen los horteras, sino a través de nuestra querida Barcelona, esas calles fantasmales del Ensanche en que, de vez en cuando, se levanta un nuevo hotel. Puede suceder también que al coger un taxi, de noche, el coche sea bastante nuevo, esté limpio, no hayan raros olores, el chofer comprenda el castellano (o el catalán), no suene ninguna música ni el conductor hable por teléfono y, además, le lleve a uno hasta donde quiera por la ruta más corta. Aunque este cúmulo de felices circunstancias tenga una probabilidad escasa de cumplirse.