Un poeta andaluz en Barcelona

José María Pemán, meditabundo ante el puerto barcelonés -mar armado de industriosa belleza, a diferencia del adormecido azul meridional-, recomendó al Gobierno de la época ‘ir a tomar baños de Barcelona’, porque allí es más difícil pensar “esas cosas extremosas y sin norma de las tertulias madrileñas”. El escritor gaditano, seducido por nuestro mediterráneo, habló en otro artículo de Madrid como un lugar donde uno se encuentra los problemas socio-políticos en su fase emocional y confusa. Es un punto de vista hispano-periférico, pero sin la típica afición cinegética de los nacionalismos contra la capital, arte con el que encuentran su imagen propia y relevante, historicista. Pemán era algunas cosas menos afectado; así no hubiera podido escribir poesías de andaluz universal, el gusto cálido por las circunstancias sencillas y que todo el mundo comprende. Además poseía un sentido del humor. De una noche de coctail confusa y algo absurda -o de la aparición de un buitre en Cádiz- dio vida a un periodismo clásico, en mi opinión más entrañable que el canon algo bizarro de los grandes americanos.

Las viejas observaciones de Pemán sobre la bella Barcino podrían hacer sospechar, dada la actualidad política, si la ciudad Condal (eje de cualquier cosa importante que pueda considerarse Cataluña) está de alguna manera planteando una competencia diferente, castiza, a su histórica rival, Madrid. No aquella suavidad de Cambó o del pujolismo. Como si, para desplazar el poder hacia la propia geografía -anhelo que siempre ha estado en la agenda o en la lista de deseos de la burguesía barcelonesa- se hubiera articulado una meseta sentimental, cambiando el verdemar pragmático por llanuras inmóviles, extrañas a la ironía y sus negocios.