La fe y el taxi

Si se pretende coger algún taxi de los que recorren de noche Barcelona, uno debe tener en cuenta el elevado riesgo de que le pasen ciertas cosas, a saber: que el chofer no conozca la dirección que le damos; que el chofer no comprenda el castellano (ni el catalán), aunque quizás sí el inglés; que el ambiente huela a ropa sucia y/o a caliente humanidad; que el volumen de la emisora que escucha el chofer sea muy alto; que la conversación telefónica del conductor con un suyo pariente se desarrolle en un nivel de decibelios considerable; que no le lleven a uno por el camino más lógico y corto; que no le dejen exactamente a uno en la dirección solicitada, aunque llueva; que el vehículo sea tan viejo que le parezca a uno ir en góndola, pero no por los canales de Venecia, como hacen los horteras, sino a través de nuestra querida Barcelona, esas calles fantasmales del Ensanche en que, de vez en cuando, se levanta un nuevo hotel. Puede suceder también que al coger un taxi, de noche, el coche sea bastante nuevo, esté limpio, no hayan raros olores, el chofer comprenda el castellano (o el catalán), no suene ninguna música ni el conductor hable por teléfono y, además, le lleve a uno hasta donde quiera por la ruta más corta. Aunque este cúmulo de felices circunstancias tenga una probabilidad escasa de cumplirse.

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