La aventura, o Boswell en Barcelona

Leí en una columna alzada con palabras que un político inglés, quizás fuera el inefable Boris Johnson -¡cáspita, fue jefe del Foreign Office!-, era periquito wagneriano, porque había volado hasta Baviera y se le consideraba agresivamente educado. Eso sería un cumplido en Inglaterra y una falta de respeto en el Mediterráneo. En todo caso, el apellido Johnson me hizo recordar que una noche encontré a un millonario cerca de casa, en la calle París. Yo volvía del cine, donde me había corroído los tímpanos el fabuloso equipo de sonido de la sala y la atención del proyeccionista con el volumen. Ni que decir que Tarantino había también corroído mi humor con una de sus películas, eufemismo que en el caso del director de Knoxville, Tennessee, significa cuatro o cinco cortometrajes juntos con un argumento común. En tal pupurrí underground, un western que era estreno en España, dos de sus cortometrajes me resultaron entretenidos, aunque estuvieran dominados por las habituales obsesiones psicopáticas del señor Tarantino. A veces he pensado que el buen destino hizo que se dedicara al cine, un mal menor.

Adentrándome en el Ensanche desde Diagonal, iba liberando olor a pólvora, café y sangre cuando topé con el citado millonario. Podría parecer vulgar, y lo era en efecto, pero hay epítetos que dan la medida exacta del sustantivo. El caso es que fuimos juntos a cenar a una taberna gallega en la calle Córcega y nos dieron allí las tres de la madrugada. Qué hubiera sido de Barcelona sin los gallegos. El millonario tuvo la ocurrencia de visitar a un amigo común en su casa de la calle Brusi, para que se uniera al paseo nocturno por la ciudad. Fuimos, en efecto, hasta el domicilio del amigo, que no era millonario pero creo que lo había sido en algún momento de su vida, y llamamos al timbre hasta que contestó, de muy mala gana por cierto, pues debió pensar que se trababa de algún gracioso quien le despertaba a esas horas. Cuando le propusimos el plan, aceptó de inmediato. Esperamos unos minutos a que se vistiera y salimos los tres en dirección al puerto. He dicho puerto y no mar, contra aquella nueva costumbre barcelonesa, porque al mar se iba si uno quería bañarse, recorrer el viejo rompeolas, suicidarse o pescar; y al puerto si uno deseaba hacer otras muchas cosas, también suicidarse. Debimos alejarnos del recto trazo, pues, casi amaneciendo, nos encontramos en medio de la actividad del mercado de San Antonio, donde verduleros, pescaderas y carniceros, mozos, carritos, sacos de muchos colores, terneras desolladas, legumbres, coles, patatas, cabezas de cerdo y grandes lubinas se cruzaban en un glorioso baile. El millonario, al paso de un carro lleno de animales, cargó medio cordero sobre su espalda y comenzó a dar vueltas por allí, hasta que varios mozos le hicieron saber que sus gracias no eran bienvenidas. Después nos metimos en el bar Amigo, situado en una esquina frente al gran mercado, y nos sirvieron cerveza y quisquillas saladas. Estuvimos un breve rato en aquel sitio donde algunos tenderos desayunaban albóndigas con salsa de tomate y bebían chatos de vino tinto. Estábamos tan hechizados con la juerga que decidimos seguir dándole vida, aunque el millonario nos abandonó, pues dijo que tenía que almorzar con unas jóvenes venidas de Tortosa. En un santiamén nos encontrábamos los dos supervivientes frente al Mediterráneo, dispuestos a alquilar una de aquellas embarcaciones tan simpáticamente conocidas como golondrinas, que te daban una vuelta por las aguas grises, ese caldo del que, a veces, emergía algún cadáver ilustre. Mientras eso no sucedía, miramos el plano horizonte, que comenzaba a separarse entre cielo y mar por efecto del astro sol, y mi amigo dijo algo sobre la amistad, los millonarios y el improbable tránsito entre el amor y los billetes. Ya nuestras almas estaban en silencio, acariciadas por el blando ronroneo del motor diesel.

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