Barcelona, unas hipótesis

En el pensamiento histórico del Partit dels Socialistes de Catalunya, como en el de cualquier partido de izquierdas, estaba instalada la idea de revolucionar, el ensueño socialista del hombre nuevo, de alterar la realidad, vocablo amado y amasado. Esa energía ideológica se proyectó sobre la vieja ciudad portuaria con una fuerza inusitada bajo el impulso modernizador de Pasqual Maragall alcalde, un burgués catalanista con conciencia social. Aquello pasó como unas olimpiadas, nuevos récords y escenarios, gran energía, pingües negocios y mucho presupuesto público. También compareció la imaginación, el diseño, cómics, vanguardia. La izquierda todavía no se entendía tan bien con el nacionalismo y Barcelona, por tanto, tampoco. No se puede comprender qué ha sucedido en la Ciudad Condal en los últimos cinco lustros perdiendo de vista a los socialistas. Presentaron el mar a la ciudad y todo el mundo estuvo encantado unos cuantos años. Después, porque es regla que no conoce excepción, las hojas cayeron y marcharon los dulces pájaros cantores. En la decadencia se cometieron grandes fraudes sin culpables: el Forum de las Culturas, o cómo la nostalgia puede presentarse, clara y ridícula, sobre un autobús descapotado a ritmo de samba.

(La imagen del alcalde Clos bailando samba en un autobús junto a Carlinhos Brown, por las calles de Barcelona, tuvo un impacto político y quizás se conserva, aún, en la memoria de algunos barceloneses. Un funcionario del Ayuntamiento me contó que el alcalde, tras verse de tal guisa en televisión por la noche, se ausentó de su despacho unos cuantos días.)

Era la constatación de una suerte de dormirse en los laureles y de repente percibir el hedor de los bárbaros, que han ocupado ya la antesala de la casa. Todo aquello podía parecer incluso entretenido. Pero formaba parte de una gran resaca metafísica de la que, me temo, no nos hemos liberado todavía. Desde ese momento, hemos hecho incontables tonterías y la ciudad parece anodina -excepto para los bobos turistas-, en comparación a los años noventa del pasado siglo. Como dato quizás interesante: el catalanismo llenó Barcelona de funcionarios, siempre adeptos a quien paga la bonita nómina, los cien mil hijos de la Gene.

No sé en qué medida el turismo nos ha dado de comer a los barceloneses; lo que tengo más claro, y mi espléndida cartera también, es cuánto me han dado de comer los restauradores de la ciudad de Luján. Igual que a algunos amigos míos proclives a la armonía. En todo caso me parece incansable la violación de la historia barcelonesa para el turismo que sus gobernantes han elaborado sin ningún tipo de rubor intelectual. En un próximo artículo escribiré sobre la idea de declarar persona non grata (a título póstumo, claro) a Gaudí, como forma de poder volver a él en condiciones de virtuoso amor y verdad. Modestamente pienso que estamos en condiciones de alargar la lista de repudio a ciertos inversores en restauración y sus cocineros.

Incluso algunos políticos se han dado cuenta del deterioro estético de los ambientes que tenemos por emblemáticos en la Ciudad Condal. El perfume de esa mundialización del mal gusto, de Gucci a Starbucks. En este sentido, hay una melancolía barcelonesa, aguda, que no deja de ser sintomatología. Va de Via Veneto a Pérez Andújar. Las decadencias siempre se ven salpicadas de momentos ridículos y los gobernantes no nos han privado de esos, como aquellas bicicletas junto a un árbol artificial que el ayuntamiento instaló en la plaza Juan Carlos I durante unas Navidades, y se trataba de que los ciudadanos nos pusiéramos a pedalear para que se encendiesen las lucecitas del árbol. El mensaje político era la ecología; el mensaje estético era: ¡Pedalead, malditos! Cuando una ciudadanía escoge a semejantes representantes públicos no hace sino colocarse un espejo delante. En la psicología del barcelonés tipo que yo he conocido está la secuencia mil veces repetida del mal trato, el pago religioso por el mismo y salir diciendo moltes gràcies! Con tal concepto de la exigencia, los gobernantes orinan sobre nuestras cabezas.

El doctor Trias, alcalde ungido tras la muerte política de su antecesor en la Diagonal, el señor Hereu, fue a remolque y jadeando entre la corrupción, la inercia decadente y el procés catalanista, engendro éste que ha sido como una escoba de alambres barriendo los vestigios de una Barcelona aún recordada.

Después de Trias, el poder municipal decidió entregar la dorada vara a una señora de insufrible condición intelectual y peor currículum personal: Colau. Coinciden, y no sólo en Barcelona, dos tristezas: la nueva izquierda y el nacionalismo. Arrojo para el cofre del olvido cuatro inspiraciones al respecto: el engrasado motor de la anti-España, la alergia incurable al laissez faire, el desprecio a cualquier idea meritocrática, el infantilismo consentido, la vagancia general.

Este telegráfico cuento sobre imágenes barcelonesas termina aquí, últimos suspiros antes del glorioso septiembre nacionalista. Supongo que coincidiré con algunos de mis contemporáneos al calificar los pasados años como un desbordamiento de la política, con el subsiguiente empacho, cansancio. Los reductos de la amistad, los afectos, el tenis, las novelas de Maigret y otros placeres terrenales han servido, en mi modesto caso, de buen remedio al ambiente general.