Sueño de una noche de verano

Anoche, en Barcelona, nos dieron veintiséis grados con humedad del ochenta por cien, una suerte de fiebre a orillas del Mediterráneo, que más bien parecía el Mekong. Tuve un sueño, versaba sobre la inmortalidad. Me asusté porque apareció de improviso el señor Hobbes y dijo: “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Estuvo un rato mirándome, hasta que se marchó con viento fresco. Era un pañuelo de hilo lavado cien mil veces, acariciado por una vida en marcha que nunca se detenía. Después de eso, unos turistas de calidad que pasaban por la calle gritando me despertaron. Salté de la cama, fui hasta la cocina, abrí la nevera y bebí un agua profunda. Luego me senté y vi sobre la mesa un catálogo de Ikea. No lo abrí porque continuaba Hobbes por allí, o eso me pareció. Quizás fuera mi asistenta. Qué existencia rara, adornos, la colección de manías, los adjetivos picantes, es lo que pensé retrospectivamente sobre mi paseo terrenal. Después de unos minutos transitando por el comedor, encontré la siguiente frase, y me pareció suficiente:

“Esa forma moderna de justicia que llamamos historia universal [que] exige que no se quede fuera de ella nada de lo que hacemos, pues hasta lo más idiota nos parece que consiste precisamente en hacer historia”.

(Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de los ismos, Siruela, Madrid, 2006)

Ruego a mis lectores perdón, esta ola de calor produce monstruos.