Una sensibilidad barcelonesa

Dicen que Barcelona mira al mar desde 1992. Este asunto se ha convertido en un lugar común. Como afirmar que las fiebres nacionalistas de la gran clase media tienen su origen en una sentencia del Tribunal Constitucional. La imbecilidad, a la espera de una teoría, es sólo misteriosa evidencia.

Mirar al mar. Me he preguntado acerca de la naturaleza del lema, publicitado pomposamente por los políticos de la época olímpica y acogido como principio irrefutable por el ciudadano poético. Soy catalán vertebrado en una meseta, arqueo mi credulidad. ¿Qué sustancia emerge viendo las olas lamer la arena ad eternum, lascivamente? O al alzar la mirada sobre el horizonte un puñado de kilómetros, que es lo que los ojos de un barcelonés sapiens sapiens alcanzan en un día limpio. Más allá aparece la imaginación, los más poderosos luceros de nuestra especie. De cualquier manera, las preguntas dependen de cada cual. En todo barcelonés se esconde un filósofo clásico. O un bolerista.

El marqués de Castellbell añoraba la vieja urbe. No creo que haya sido el único, si bien las voces refractarias no gozaron de eco alguno. Se enterraron en las cunetas de nuestra modernidad. Existen barceloneses que todavía no han mirado ese agua salada, y con certeza digo que nunca lo harán. Estos serían antibarceloneses, los que se replegaron como una reacción hasta lugares reservados, tras las puertas. Tantas puertas quiméricas en mi ciudad.

En el recuento personal, esta urbe de ahora tiene mucha menos gracia respecto a la preolímpica, sucia, portuaria, innumerables rincones y oscuridades mortales. Muertes efímeras, manantiales de vida y, a veces también, de literatura. La Rambla, calle en la que tradicionalmente pasaban todas las cosas remarcables (bautizos, bodas, entierros, procesiones religiosas y políticas) poseía muchos tentáculos, extendidos a ambos lados de su torcida geografía. Adentrarse en el chino o en el gótico (lo escribo en itálica porque llamar gótico a lo que hay allí es descarado) entrañaba cierta riqueza antropológica. Aún conserva una fama, pero el estilo es otro.

El mundo de ayer: mujeres de plata, travestidos, marines, estibadores, loteros, chaperos, putas, escritores, jubilados, camellos, pedigüeños, boxeadores, príncipes, rapsodas, artistas sin obra (paradigma Pepín Bello), sabios, cantantes, retratistas, dibujantes de cómic, cazadores, bailarinas, vedettes, carteristas, barberos, limpiabotas, filatélicos, taxidermistas, cacharreros, diamantistas, burgueses de visita, Ramón Cabau, nobles arruinados, libreros, artesanos, pitonisas, afiladores, pescaderas, carniceros, vittelloni, Juanito Pinocho. Federico Fellini hubiera encontrado una mina para sus legendarios castings en la Cuidad Condal, aunque no le hizo falta teniendo Roma a sus pies. Barcelona, suerte de rancia barahúnda.

Por el camino muchos olvidos, algunos perversamente intencionados.

Luego había otros mundos, sigue habiéndolos de algún modo, plaza Calvo Sotelo. Aquella simbólica hamburguesería Pokin’s a la que íbamos los púberes a ver venus pijas. En veintiséis años, cuántas cosas: incontables sentencias del Tribunal Constitucional; el cierre de la librería fumadero Makoki; un tripartito que permitía ir por la calle sin ropa; el fallecimiento de Ferrer Salat, se dijo, en curiosas circunstancias; la invasión del manga; el florecimiento simpar de empleados autonómicos; el eclipse del jazz. Un personaje genuinamente barcelonés, José María Sanz, Loquillo, ha calificado recientemente a su ciudad como ‘horrorosa’, y no creo que responda sólo a la melancolía.

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