Un señorito de Barcelona

Me dispongo a comer en La Barca del Pescador, marisquería de barrio que gestionan sus trabajadores desde que el propietario desapareciera dejando tras de sí vestigios financieros. Ojalá tengan quisquillas cocidas. A mi lado, un hombre bien vestido, algo atildado, de espléndido cromatismo epidérmico a juego con el foulard estival. Se ve en él una coherencia de burgués contemporáneo, que en el caso de Barcelona tiene unos pilares: relajamiento de las formas, una pizca de hedonismo y rentas familiares. Pide al camarero bogavante a la plancha. ¡En seguida, Sr. Joan! Apenas lo sirven, animado por el comentario adulatorio de un vecino de barra, se ofrece: ¿Quiere una pinza? ¡De todos modos, seguiremos siendo igual de pobres! A partir de esta declaración, la charla coge el amado camino, lamentoso y melancólico, que transitamos desde hace cinco o cinco mil años: indescriptible desdicha de un pueblo puesto por Dios en este rincón del mundo para padecer.

Abrazo una botella de Fefiñanes y, dando un sorbo autárquico, me parece ver pasar por la calle al barón de Viver en un faetón, diseñado por él mismo, furibundo al no hallar su querido Paseo de Gracia.

En la marisquería se reproduce una idiosincrásica barcelonería. A saber: un señorito se come un lubigante, cosa de moral recta; ofrece una pinza sabiendo de antemano la respuesta (sin duda la pinza seguirá en su plato), cosas de barceloneses; después se asea con un seguiremos siendo pobres, maravilla folclórica.

¡Es un barcelonés irreprochable, de tibia raza! Deseo que siga devorando crustáceos, su bolsillo lo soporte y que la Humanidad entera nos hartemos de marisco para siempre jamás. Hasta el día del Juicio Final. El día en que baje el Altísimo, vestido de homarus gammarus quizás, y nos llame hasta su profundo vientre para mecernos eternamente. El sueño íntimo de esta comunidad mediterránea.

La pobreza no sería comer bogavante, ni tampoco alumbrar fe en la miseria, el incógnito de un próximo plato de lentejas, milagro barroco, porque han pasado muchos crepúsculos desde el oro del siglo y ya podemos hojear a Lope de Vega con simpática distancia o, incluso, ni leerlo.

Quejarse sin aparente motivo es, antes que el balompié, el tenis o el takatá, el deporte más querido de los barceloneses. Lo ilustró el periodista Cristian Campos: una familia cenando en el restaurante Moments (hotel Mandarín) y, entre exquisitos caldos y bocados, lamentar las inaceptables condiciones que sufrían, en el caso al hilo del procés o cualquier otro chismorreo de consumo ideológico. ¿No es esta una comedia deliciosa?