Un evento barcelonés

Fui invitado a una fiesta patrocinada por una marca de relojes. Recibí mensajes en el móvil, una llamada telefónica y el correspondiente tarjetón en casa. Pensé que había interés en que asistiera y no quise defraudar ningún deseo. Cuando llegué al lugar en cuestión, avenida Diagonal, tres bellísimas azafatas sonrieron, al tiempo que un muchacho con traje azul y pajarita me daba calurosamente la mano mientras pronunciaba mis apellidos, que son la cosa más estimable que poseo, aunque a simple vista no parezcan nada extraordinario.

Lo primero que me ocurrió al entrar en el establecimiento, vaciado de vitrinas y relojes, fue un trago de Ruinart. Eso estaba bien. Me hice paso entre el gentío hasta llegar a un mostrador detrás del cual había un camarero enjuto y tres cubos llenos de botellas. Era el mejor sitio donde echar raíces, porque me ha sido siempre difícil estar entre más de cuatro o cinco personas. No por misantropía, sino por exceso de información.

En tal fortín, del que no me moví en toda la velada, pude admirar un barroquismo barcelonés y tener mi copa siempre medio llena y fría, al tiempo que un incesante revoloteo de jóvenes repartía variadas fruslerías, entre esas una falsa aceituna, invento del cocinero Adrià.

No digo que todo aquello, cien personas metidas en un espacio más bien reducido, fuera antielegante, pero sí heterogéneo. Había dos o tres señoras muy peripuestas, hombres encorbatados, hombres con pañuelo de seda al cuello, hombres sin esmero, un bastón, una mujer que recordaba a Jacqueline de Ribes y tres lechuguinos. Éstos llamaron en seguida mi atención, porque eran la prueba de que el mundo seguía conservando su gracia y que lo de la Bastilla no fue en absoluto anecdótico. Se situaron los tres cerca de mi y estuvieron un rato retratándose con los teléfonos. Contabilicé dos hombres y una mujer y, si no yerro, la mujer era pasto de alguna adicción, quizás la misma que Sherlock Holmes pero con efectos del todo diferentes, como saltaba a la vista.

De los dos varones, uno resultaba bastante anodino y el otro era, sin duda, lo llamativo de la fiesta. Ni el Rolls Royce aparcado a la puerta provocó tantas miradas como ese sujeto. Lucía peinado de futbolista, pero no lo era, ni nadie habría apostado un céntimo a que practicaba algún deporte. Vestía de negro, cargaba cadenas y calzaba botines de inspiración apocalíptica, el futuro y la tierra habitada por bandas de criminales y ejércitos de ratas. Quizás fueran creación de Dolce & Gabbana. También parecía sufrir un tipo de demencia leve al hablar y se movía de modo extraño. La anécdota que forja la Historia se produjo cuando los propietarios de la relojería se dedicaron a agasajarle, colmándolo de atenciones.

Pensé en el misterio que la Revolución y el capitalismo soeces enterraron y brindé por el marqués de Valancey, quien me decía, desde el más allá, que la próxima velada debía ir yo naturalmente vestido de cosaco.

Al salir, el muchacho de la puerta me ofreció la llave del Rolls Royce y en seguida rectificó, recordando que yo no conduzco, como, gracias al Cielo, tampoco nunca he esquiado.