Elogio de la gordura

En el vestuario de mi club deportivo, un socio, sentado sobre una banqueta, casi desnudo, hablaba por teléfono. Atrapé un “yo había confiado en ti, ojos míos”. Comprendí que sus ojos le habían traicionado. Tuve ganas de decirle algo que le reconfortara o le distrajese, aunque no lo hice. El hombre era rico en carnes, qué digo, era hermosísimo, tenía la piel rosada y sus cabellos, nada abundantes, se deslizaban mojados por los accidentes volubles de la nuca, protuberante como una bola de cricket. Rosáceos kilos, una toallita blanca cubría sus partes pudendas, craso renacentista. Minutos después, en la sauna de vapor, pensé en la conocida y natural fe que despiertan los gruesos, en comparación a los delgados y no digamos los enjutos. Hay algo inapropiado y feliz en la gordura.

Desde que comencé a leer a los Barbapapá y, algo más tarde, a Chesterton, despertó en mí la admiración por los gordos. Debería decir, a pesar de un cierto desencanto, que también otros orondos, el Monstruo de las galletas y el Falstaff-Orson Welles iluminaron mi niñez. Por supuesto Pavarotti, ningún grueso contemporáneo ha hecho tanto por la belleza de Europa, con permiso de Churchill.

El monumental Joaquin Jordá, devorador de libros y cap i pota de Casa Leopoldo, fue un gordo barcelonés comme il faut. El destino me reservó con él entrañables sobriedades (ni Dante fue tan severo) y alguna lúdica crueldad, en mi ternura, como cazar moscas y comérselas a cinco pesetas la pieza. Así eran las lecciones de capitalismo del señor Jordá. La última vez que lo vi, tras su enfermedad (un cerebro continente de una vasta cultura fue reseteado cual computadora), habitaba un piso-biblioteca, o una biblioteca con cama, baño y cocina en la calle de la Cera e impartía clases en la Universidad. Murió de espaldas a los políticos en 2006. Había dicho cosas del estilo “murmurar es una desaprobación para sí mismo”.

En Italia, qué fortuna, tienen al gordísimo, gordopótamo Giuliano Ferrara, azote de la izquierda, de unos doscientos kilogramos, ojitos azules, miradas que son dardos intelectuales, peligrosísimos. El ogro, así le llaman, cometió el crimen de pelearse con todo el mundo y, lo peor, llegó a publicar un periódico en papel, Il floglio, para delicia de la literatura cínica y disgusto de sus incontables enemigos. Ferrara, architaliano, fue comunista de cien kilos y luego conservador de cuatro quintales; es decir, un hombre que en un momento dado tuvo una revelación, salió del PCI y comió lo que le faltaba por comer, según comenta Berselli.

En todo caso, los kilogramos hacen una pregunta del todo pertinente: ¿hasta dónde podemos llegar, absoluta imparcialidad? Una geografía, sus accidentes, siguiendo la manía historicista. Si a un hombre se le condena a vivir, desea ir cargado de delitos, o pecados. Se ha dicho que la cultura nace de algún tipo de constricción, de la austeridad, del sufrimiento, etcétera. Nada más inexacto, a mi parecer. Bajo el actual régimen nuestros cuerpos han visto luces y ganado espacio, tanto que la chaqueta de Jovellanos no serviría hoy día ni a un mozalbete de ocho años. No ha sido fácil llegar hasta aquí: dos mil años de griegas pasiones, romanas legiones, el irrepetible medioevo, siglos de vino y manteca bajo la sombra de una tristeza franciscana. Después, la explosión: Maria de Medici, quien, tras una ingesta pantagruélica de vol-au-vent rellenos de crestas y riñones de gallo que casi le cuesta la vida, pedía, delirando, más de comer; o aquel Condorcet, gran optimista, que almorzaba aristocráticas tortillas de doce huevos. Ya el XIX conoció el triunfo de la barriga burguesa sobre las ilusiones de la Ilustración. Toda la obra del Occidente tiene el destino deseado, cumplido, del alimento, la dicha de ver brotar el propio cuerpo. Escolástico narcisismo. Las demás cosas u ocupaciones, como hacer la guerra, darse a las pasiones abstractas, envenenar el alma con libros o buscar un destino lejano sentados en el sillón, son meros entretenimientos, secundarios en comparación a cultivarse uno mismo con corderillos, peces y el infinito amor que se desprende al devorar a otro ser vivo.

El ideal

Sería Peter Ustinov, aquel actor de mirada inmisericorde y pletórica tez, efectos del garum y los caldos de Apulia. El hombre que despertó en medio mundo, dos mil años después de Roma, las ganas de comer uvas y aves mientras gemían la lira y el fuego arrasando el propio destino, un capricho. Encarnó al pérfido comilón, Lucio Domicio Aenobarbo. Bordó la maldad devoradora del emperador, un semidiós infantil, tumbado sobre almohadas de oro, saboreando sesos de becada. Peter fue admirable, jugaba a ser imperial sin dejar de ser nunca Ustinov, según el tópico. Un hombre que podía recitar de memoria a Shakespeare a los dieciséis años; un actor por tanto. En su obituario de ABC, leí dos regalos: ‘fue un cínico romano y un hedonista austrohúngaro’. Incluso tituló sus memorias Querido yo. Viajó veinte centurias dando graciosos saltitos desde los mármoles de Carrara al cartón piedra de aquel Hollywood de fieros relatos, y así pudimos ver en carne y huesos a un emperador antiguo. Soñar con ser Ustinov, incluso en su reencarnación, Cneo Cornelio Léntulo Batiato, el propietario de la escuela de gladiadores que un comunista íntimo llamado Kubrick puso al servicio de sus cámaras. Y aquella escena de Quo Vadis en que el genio gordito recoge sus lágrimas por la muerte de su amigo y recita:

«Lloro por ti, Petronio. Una lágrima por ti, una por mí [devuelve el vaso a Tigelino]. Haz sellar estos frutos de mi pena para que la posteridad pueda saber cuánto lloró Nerón a su más querido amigo y su más sincero crítico.»

Madrid-Barcelona (II)

Con Barcelona a cuestas, salí del Retiro y pedí un coche negro, con chofer encorbatado. Al Richelieu, por favor. Un dry martini, besar la copa helada de ginebra, mientras flota como un náufrago perfumado una peladura de limón frente a la nariz. A cada trago, mi ciudad natal se alejaba, sentí los hombros descansar, ligeros, afortunados. Delito de lesa Barcelona. Hacia mediodía, otro chofer me llevó a un pequeño restaurante llamado Viridiana. Estaba decorado con fotos de la película de Buñuel, pero la verdad decorativa y culinaria se movía sobre el eje de su alma mater, un señor con sombrero y aficionado a la hípica, de nombre Abraham. El sombrero, como la corbata son objetos animados, vívidos, que transportan el espíritu de sus dueños. Y era reluciente que el propietario gustaba de escribir y citar, de cubrir la casa con la piel de su conciencia. Esto, en suma, se traducía en recetas algo originales, a veces extrañas -lo cual puede ser bueno y también muy malo-, un voluntarismo mestizo. Pedí pichón y la cosa no fue bien. El pichón me entusiasma, siempre bajo el mismo proceder: pechugas sanguinolentas y muslos tiernos como angelotes barrocos. Sin necesidad de haber comido ningún angelote, tengo la seguridad de que son tiernos. Si las pechugas no tienen un color y un sabor profundos, entristece la indigna muerte de ese ave. En otro ejemplo, también flojo, desfilaron por la mesa una extraordinaria cecina de toro de lidia Domecq-Jandilla rodeada de enemigos: melón, higos y mango. Hay algo en Viridiana que traspasa su cocina y es un sentido ego. Digo Viridiana aunque valdría para cualquier restaurante con autor. Los sombreros, el rastro del Perú, la obra, en suma, de un hombre alado.

Sin salir de un círculo vicioso, obra del marqués de Salamanca, estuve por la tarde buscando una corbata, había quedado a cenar en Horcher. En Sastrería Jaime Gallo me vendieron una que reunía lo que Filippo de Pisis consideró inexcusable en esa prenda, el canon: “sencilla, de seda o lana, con un tono profundo”. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que no se podía entrar en ciertos sitios sin esa tarjeta de tela al cuello, pero la laxitud estética ha desbrozado muchas sensualidades de la frágil Europa, los adornos en apariencia estériles. Incluso en Horcher, donde basta llevar chaqueta. Via Veneto no exige ya esa prenda para sentarse a la mesa. Se piense que no sólo la izquierda se desmoronó con el muro de Berlín; la derecha también ha sufrido sus derribos. 

En Barcelona, la clase dominante, reactiva, culta, se rindió hace ya unos cuantos años. Ahora parece conformarse con cuidar el patrimonio familiar, comprar libros en la librería La Central y llevar en verano gafas de pasta amarilla de Santa Eulalia. Esquí en Baqueira, visita estival a Formentera, ese tipo de orden. Ah, y comer de fábula en los restaurantes predilectos. Alguien podría suponer un estremecimiento barcelonés ante el misterio madrileño: la capital nos estaría ganando en vitalidad. Pero no se produce. La derrota larga de Barcelona en el tablero que es España ha sido servida. La Ciudad Condal va condenándose a la memoria de un tiempo lento, el de los pueblos heridos que callan y bajan la cabeza, porque tienen la íntima conciencia de su declive. Esto todavía no se explicita mucho, pero hay indicios de ello. Sólo falta que aparezca un Camus y nos escriba otro L’Étranger.

Por el mantel de hilo de Horcher desfilaron un arenque Bismarck, un steak tártaro, un pato asado, un goulash y dos botellas de Mauro VS. Enfrente, un conde solitario, de aspecto campechano, se encargaba, ufano, de un ragout de ciervo. El doctor Iturralde, con quien compartía mesa, decía que hemos descuidado Barcelona en nuestras manos, regalándosela alegremente a los peores gestores que pasaban por ahí, los de las causas chillonas y zafias. Y éstos se han dedicado a la autocomplacencia, nada más. En términos que sobrepasan la privacidad, la cultura ha servido de muy poco, sulfatada de neo-noventayochismo, una postmodernidad para empezar siglo. La información cotidiana, en cafeterías, farmacias, fruterías, pescaderías, en la sala de espera del proptólogo Bardají, segunda generación al cuidado del paciente, deja entrever un hastío general (en el último ejemplo que cito quizás esté justificado el hastío). Un horizonte anodino, pintado por inercias tan fantásticas como desmoralizadoras, la imagen que me viene a la cabeza es el insoportable El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich.

Cuando, en 1987, llegué de nuevo a Barcelona, existía un orgullo ciudadano de pertenencia. Aunque el nacionalismo hacía ruido entre la juventud, a la pregunta dicotómica de “¿tú qué te sientes, catalán o español?”, despuntaba automáticamente la respuesta: “¡barcelonés!”.

Ah, los restaurantes, todo en España pasa por ellos. Desde 1929, existió en mi ciudad uno de nombre Madrid-Barcelona. Servían cocina clásica, popular y a precios contenidos. Situado frente al antiguo apeadero de la calle Aragón, vía férrea descubierta hasta su soterramiento en 1960, atraía a los viajeros entre las dos urbes. Ese restaurante ya no existe, la última vez que acudí, y tras probar tres platos, me marché a comer a otro sitio. Los tres platos figuraban en su carta de siempre, tres viandas del corpus gastronómico catalán, maltratadas, vulgarizadas. En un tiempo, el nuestro, encantado con las simbologías de medio pelo, esto podría figurar como un síntoma, o esquizofrenia si se prefiere: el formidable amor a la patria y los despropósitos que genera. 

Madrid-Barcelona (I)

Puse rumbo a Madrid. En el tren, mientras trataba de ingerir el desayuno de cortesía, pensé en el Estado viejo, su significación, las muestras somáticas y etéreas, también la gran bandera en Plaza Colón. Ese pensamiento sería tanto una barcelonesa estupidez como un ejercicio de realismo. Me complacería, una vez más, en comprobar que, vilipendiado por muchos de mis conciudadanos, seguía el Reino de España en flor. Turismo estatalizante, según el argot normativo del periodismo catalán de masas. Traición o valor estético, en el cada vez más polarizado hábitat barcelonés. La opinión, ese dios nuevo, es un factor general a esquinar. Personalmente, visito siempre que puedo la capital, una especie de terapia feliz para no acabar de diluirse en la irritación del érase que se era una república de idilios, bellas palabras y emociones lacrimógenas.

Algo que suelo hacer en Madrid, tras dejar la maleta en el hotel, es pasear un rato. El paseo, institución nacida tras la muerte del Antiguo Régimen y de la que las sociedades civilizadas llegaron a convertir en arte accesible, del cual París debió ser su capital. En España, salvando los veraneos regios en San Sebastián y en Santander, y el antiguo Paseo de Gracia, Madrid lo fue todo en el paseo, madrileñismo parisien según Umbral. Hay buena literatura sobre esta actividad, que implica mucho más que recorrer una distancia a pie: el libro de Schelle (El arte de pasear); el de Le Breton (Elogio del caminar); el de Sebald (El paseante solitario), el de Walser (El paseo). Para mí, Walser es depresivo, aún no me he repuesto de sus hermanos Tanner, y al consumir las primeras páginas de El paseo saboreé otra vez una sobredimensionada tristeza, los detalles en apariencia insignificantes de aquel mundo del ayer que el gran mal barrió.

Anduve por la Castellana y, frente al patio de la Fiscalía General, sus dos imponentes madroños tras la verja de hierro me sumieron en un erotismo que arrastré toda la jornada. Llegando a la Puerta de Alcalá cogí Alfonso XII hasta la puerta de España al Retiro. Tras pisar un rato la arena, descansé bajo la sombra de los eucaliptos y, como buen barcelonés, continué comparando el mundo con mi ciudad natal. Veía, a través de las rejas que dan a Alcalá, el tráfico intenso. Más allá, algunas terrazas hervían de clientes y camareros veloces, “Madrid terraza planetaria”, según Ángel Antonio Herrera, aunque quizás, como a París, le sucede que el otoño la viste de una luz apropiada, decimonónica, sugestión de la Europa proverbialmente vieja y bella.

Todas las ciudades soportan clichés, de Madrid todavía se afirma que es un pueblo grande. Su santo pueblerino, sus buhardillas galdosianas, fiestas con farolillos venecianos y plazas de acacias y gorriones, evocación de Foxá. ¿Existe una melancolía madrileña? El asfalto, los edificios y las plazas no habrían podido enterrar el efecto antinostálgico de sus antiguas huertas, encinas, su aroma; acaso sí hay una nostalgia, mas se disipa por las emanaciones afectivas de sus incontables tascas y bares, sangre y corazón de esta ciudad; “puerta cerrada, taberna encendida: nadie encarcela sus libres licores”, decía Miguel Hernández.

Allí sentado, viendo las coqueterías que una joven asistenta dedicaba a un anciano con aires de general retirado, al que debía pasear cada mañana por el parque, la Ciudad Condal acaparó mis pensamientos. Los hijos de burgueses que ocuparon, sin miramientos y con mucha prisa, los sillones universitarios en el 68 (una revolución generacional y maleducada; lo demás son clichés y propaganda), se encantan hoy en el decadentismo de la literatura mitteleuropea. Vallcorba, genial y ya fallecido editor de Acantilado, conocía muy bien esa horma, o hambre, y les dio alimento hasta reventar. Esta sería, también, una interpretación del carácter barcelonés: la antijovial pócima del Walser, que además estaba un poco chalado. Quizás Arbasino, por citar otra penumbra literaria, pasó una temporada en Barcelona antes de escribir su testamento de Italia, Paesaggi italiani con zombi. No se lo pierdan, pero, tras la lectura, mantengan alejada de ustedes cualquier arma u objeto útil para inmolarse. Reiteración barceloní: residiendo una temporada en Trieste, ciudad cultísima e imperial, y más concretamente en la vetusta biblioteca de la facultad de letras, tuve una larga visión: el aprendizaje de lo que ocurre cuando se abre un armario lleno de ropa y enseres de alguien que murió hace mucho tiempo, quizás en 1918. En la cara se recibe, liberado al fin, el espíritu del fallecido, su olor raro, su aliento agrio y pesado que se dispersa en seguida por la habitación. ¡Abrid las ventanas, cerrad el libro del paseante suizo y que el futuro inculto se lo lleve todo!

Tirsa, un cadáver exquisito

De un cronista gusta que escriba sobre la muerte. Sean los finados personas, grupos humanos, villorrios, ciudades, imperios o civilizaciones. Sean amores, copas o amistades; mercerías o peluquerías. A cualquier comentarista se le pide que contabilice un fin. Un ave cayó. Y que adorne el texto, si es posible, con simbólicos restos: una persiana echada, viejas fotografías, la algarabía ya muda, un agotado frenesí. Los agujeros existenciales. Porque la vida relatada sin la sombra de la negra dama no presenta el interés deseado, eso que llaman morbosidad. El cronista, como el médico, certifica el fallecimiento lento o inminente de algo, al ejemplo una ciudad, y su capacidad de regenerarse. Es un escritor melancólico.

Yo he visto morir a un hombre durante unos segundos y digo que puede resultar magnífico. Fue a las dos de la madrugada en la barra de la coctelería Tirsa y, tras su muerte, resucitó citando a Horacio, o quizás fuera a Peret. Entonces el Sr. Tirvió, propietario del local, le puso otro gin tonic british style. Combinado perfecto, en vaso de tubo bajo. No se revuelva el honor ante el recuerdo de aquel larguirucho invasor de Duralex por fin derrotado, el tubo al que tanto besamos durante décadas.

Decía, el british en su justa medida alcohólico, de Tanqueray, por el que Tirvió ganara fama en su ciudad, Hospitalet, y en Barcelona. Era un gin tonic aristocrático, no exactamente un trago largo, comparándolo con los cubos y globos democráticos que preparan en otros sitios. Pienso que el reconocimiento fue en general al arte de ese correctísimo señor, barman de profesión, que supo convertir una cafetería en el destino, más o menos reservado, de cierta clientela barcelonesa. Políticos, periodistas, policías (triunvirato de las tres pes) y gentes del barrio.

El Tirsa, ya muerto, estaba lejos de lo que los más pedantes barcelonís entendemos por casa nostra: una mancha rica que va del Tibidabo hasta las humedades de Colón, teniendo como secuencia vertebral la calle Balmes, vía que permite pararse y disfrutar cualquier tipo de refinamiento, y las Ramblas, otrora mundología barcelonesa, ahora vulgaridad turística. De la terraza Merbeyé al descubridor de América está toda Barcelona, pormenorizada. Mas si alguien pretende recorrerla con prisa o es idiota o está poseído por el incurable denuedo de un Boswell, debe temerse, ante todo, a sí mismo más que a nada. Los urbanitas desgastados se complacen en la flemática conquista, y ahí se hizo el Tirsa una tierra prometida de la noche, en los remotos sitios. Con la policía exquisita había yo llegado alguna que otra madrugada en coche con emisora y sirena bajo el asiento, séptimo de caballería por la avenida Madrid. Luego a través de calles que, siempre lo decíamos, nos trasladaban a la querida fisionomía pueblerina de Castilla-La Mancha. Mi ciudad es una pequeña España; España una pequeña Europa, nada más que pedir.

Al Tirsa le debemos diez años de funeral, o veinte, las horas que despilfarramos palabras y nos amamos tanto, un codo en la barra y el dedo índice pronto a avisar al camarero, una ronda más. Su cierre impugna, sin ambigüedades, el gusto barroco por la muerte como “fin del hastío”. Todo lo contrario entre aquellas maderas coronadas por botellas y cocteleras de plata de los felices 1920, cuando el mundo decidió divertirse por encima de cualquier otra cosa. Tirsa evidenció, durante unos años, la resistencia al aburrimiento y a cierta trivialidad del alterne barcelonés. Salud eterna.

Las putas del Chino

Es curiosa la capacidad del amor para colarse en cualquier lugar, hasta en el más inverosímil. Incluso en aquel Roxy’s, lupanar crítico que Kienholz recreó como una instalación artística (1961). El relato del horror: almas solitarias, la huella borrada del afecto; miedos infantiles que se materializan cada noche. Un tocadiscos reproduciendo música, repetitiva y deprimente como el coito a cambio de unos dólares. En Montana, Bangkok o Barcelona.

La Rambla. Desde la serpiente con piel de Miró nacen algunas calles que se ramifican hasta llegar a recónditos exotismos, viejo Chino barcelonés. Hombres de blanco. Ancianos de pensión y plato diario de alubias. Comerciantes de oriente. Vecinos en zapatillas cafeteando, un bar en penumbra, barra fatigada, tapas resecas y copitas de anís del Mono. Señoras gruesas con la compra doméstica. Las hojas verdes del apio, las zanahorias y chirivías, esencias de todo humilde caldo, asoman en los carrillos. Son el impresionismo de los bajos fondos. Dos raudos jóvenes en patín hablan holandés; Barcelona les fascina. Un cartero entra en un portal con su bolsa amarilla del reparto, el Estado llega a todos los rincones de la patria. Mientras camino por allí me asaltan, al paso, olores agrios de la pobreza endémica. También el aroma del ras el hanut y la carne asándose. De pronto cruza fugaz un barcelonés bien vestido, y entonces se reconforta la encogida alma, burguesa, cobarde.

Arribo a una de esas calles angostas con tendidos en algún balcón y dos o tres perros flacos correteando. Filas de mujeres a lo largo de ambas aceras, todas ellas bajo un manto de maquillaje. Cuán mísera nos parece la escena; cuán miserable aquel hombre que paga por sus servicios. Son miserias que se cruzan en una calle de mala fama, en un pisito de timbre rojo. Pero todo esto y lo que produce, ¿se ha detallado? ¿se está dispuesto a detallar en cada pregunta, en todas las cuestiones insidiosas? Siquiera el humanismo más empalagoso ha osado llegar al fondo de una cuestión tan desagradable y poco comercial. Una puta y su cliente, calle Robadors. La estampa es siempre tristísima, en el general y en los pormenores, porque sólo con tal luz tenebrosa alguien puede comprar un relato sobre putas y puteros. Quizás por eso, por la necesidad de la narración adaptada al gusto aceptable, ninguna significación rigurosa se ha podido dar a aquellas mujeres del Chino barcelonés, ni a las de ahora ni a las de antes, que padecen la Historia mientras otros la hacen, en palabras de Camus.

A casi nadie interesa hablar de la prostitución carnal sin esa moralina que lava lo que considera infecto, o incómodo. Un berenjenal de estériles ganancias. Preferimos la delicia de debatir prostituciones políticas, literarias, gastronómicas. Luego está la extensa literatura canalla sobre el tema, las señoritas de Picasso, canciones populares (La Dolores, amiga de hacer favores), las modelos que el Caravaggio utilizaba para pintar a la Virgen María, sacadas de los lupanares romanos. Y el infecto politiqueo: de vez en cuando aparece por el Chino algún antropólogo izquierdista a la caza de piezas que hagan brillar un poco la ideología a la que se debe.

La medida de un apasionado ajuste de cuentas la dio un torero, Roberto Rodríguez El Pana, cuando, en su última tarde, declaró juncal amor por ellas, mujeres de muchos nombres:

«Daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando El Pana no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto.»

Lirismo en un silencio hondo, en el bullicio de imposturas y perversos pontificados. Sin amor, ¿cómo se descifra a nadie?

El Roxy’s de Kienholz sigue itinerando de museo en museo, para que, en una tarde de sábado y antes de asistir a un coctail o de cenar con amigos, en Barcelona, Nueva York o en Colonia, el público exquisito se estremezca un instante entre sofás, biombos y espíritus con liguero y deshabillé, tenues lamparitas y puertas al infierno.

Una resaca moral

Hay personas que celebran enlaces envenenados, y eso que existe hace décadas el divorcio, incluso la separación de bienes. Hay pueblos que celebran derrotas centenarias, ellos se las verán con la melancolía. Incluso la ONU celebra el día Internacional de la Felicidad (20 de marzo). Diría Evelyn Waught, con placer, que el mundo naufraga en celebraciones.

Día 12 de septiembre, post Diada. Barcelona amanece con un tráfico algo abotargado, sin la exultante chispa que se presupone en una gran ciudad. Parece que los conductores arrastran una considerable resaca. Los neumáticos pisan sin brío el asfalto que ayer sostuvo a una multitud contra algunos principios morales. Resalto una fotografía de Arnaldo Otegui con niños y sus padres sonriendo.

En mi particular, festejo este día siguiente como puedo, frugalmente. Llamo a las puertas de una nostalgia, la Barcelona que se evapora entre ardores xenófobos, irredentistas, austracistas, filoetarras, neocomunistas, padanos, qué se yo. El arquetipo barcelonés soporta una claudicación: cualquier cosa menos discutir con el vecino. Luego, cuando las santas paredes nos protejan y no pueda oírnos, ya lo pondremos verde. Hago, por tanto, como si ayer nada hubiese acaecido. Como si aquel aquelarre en que la moral ardía no se hubiera producido.

Me incrusto en la barra de un bar donde sirven una tapa que me subyuga: sepia diminuta -si no es así, este animal resulta incomestible; hay letras enfáticas de Pla al respecto-, salteada en su tinta con unos trocitos de patata cocida. Nada más. Todas las cosas importantes que se han dicho sobre la simplicidad, su encanto a la manera de aquella mar de Alberti o del borrico de Juan Ramón Jiménez o, intentando ser más precisos, a la manera de la pintura japonesa suiboku-ga, pueden resumirse en este discreto cefalópodo, armado de negra tinta, cortejado por unas humildes patatas.

Al cabo de dos horas, atisbo la calle. El tráfico revive, la ciudad se refunda en un ultrajado orden. Mi estatus político no ha mudado de condición. Senyora, no fotem!, le dijo el presidente del F. C. Barcelona, Narcís de Carreras, a la mujer del ministro de Gobernación cuando ésta le felicitó por un triunfo frente al Real Madrid: Le felicito porque Barcelona también es España, ¿verdad?.

Los ánimos repuestos gracias a la sepia y a una botella de Milmanda, extraordinario chardonnay que une el Penedés con el Nuevo Mundo. La moral, lastimada, se refugia en todo individuo, su domicilio natural. Que cada cual lama sus heridas.

¡Viva el procés!

Siete hipérboles para los refractarios del procés:

1. Florecimiento intelectual. Se han escrito miles de páginas sobre el procés. Es un fenómeno político que genera infinidad de alegorías y doctas gracias. Incontables productos de consumo cultural que a cualquier alma masoquista (lectora antigua y procaz, por tanto) deleitaría sobremanera. A saber: ingenios periodísticos, rimas populares, disertaciones etéreas, teatro clásico y postmoderno, comedias zarrapastrosas, sátiras infamantes, relatos económicos, hipótesis hispanas, hipótesis extraterrestres, descubrimientos históricos, canciones ligeras, versos hondos, prosas inflamadas, ardientes misas. Etcétera, en un catálogo extensísimo. Por tanto, el primero de los tesoros que el procés ha dado a la humanidad es una indómita panoplia cultural. Un acervo.

2. Huida de políticos. Para una sensibilidad liberal, ácrata o sencillamente higiénica la fuga de políticos contemporáneos (no vivimos en época de excelsos oradores y administradores impolutos, si es que han existido nunca) es una magnífica noticia. La medida, demagógica si se quiere, del ostracismo griego queda lejos. Despertó durante siglos una cierta simpatía; el procés nos ha ofrecido la versión mejorada: ostracismo voluntario y veloz, sin necesidad de aclamaciones ni consensos (término este filogermánico, por cierto).

3. Recursos de una nueva poética, o pasar de pantalla. Como trovador de la realidad catalana, el cantante, africanista y escritor Lluis Llach, a la sazón diputado del Parlament de Cataluña, nos regaló un pathos de inconmensurable atractivo: aparcar los principios un buen rato y pasar de pantalla (fue el 8 de agosto de 2015, en Diari de Girona). Es decir, superar un tiempo de tinieblas. Esto, para cada catalán, puede aplicarse según su situación personal, en la forma y medida que estime. La patria comienza en uno mismo, señor mío. Nadie podrá decir, desde luego, que el siglo XXI carece de guía, rumbo y timón. Y además, parece un videojuego.

4. Lo bucólico, un encanto. La sucia e incomprensible Barcelona se ha visto adornada, gracias al procés, con tractores y hombres de bien que cultivan lechugas, nabos y patatas para nosotros, los urbanitas insensibles, que pensamos que legumbres y hortalizas nacen en los supermercados. Es de agradecer una comunión tal, hombre y tierra, cañas y barro y semáforos, que no se veía quizás desde los tiempos del pastoril régimen antiguo. La Diagonal, invadida por el agro, ha mostrado un mundo feliz y bizarro, orgullosa reserva de la silvestre verdad. Quizás nos falten los gorrinos, no perdamos la esperanza de completar una escena digna de Brueghel El Viejo.

5. Fin de los almuerzos familiares. Algunos catalanes no podrán agradecer lo suficiente al procés que les haya procurado tal liberación. La ruptura (justificadísima en muchos casos) entre consuegros, primos o hermanos ha instaurado una paz fría en que las tradicionales e irritantes reuniones familiares han dejado de celebrarse.

6. Superar a Kafka. El procés brinda un deleite: en Barcelona muchos han olvidado al escritor austrohúngaro, por buen gusto (en esto Valentí Puig tiene una cierta responsabilidad) y por su trascendencia: ¿Para qué leer El proceso si lo estamos viviendo?

7. Sexo. En el temprano 2008, Jaume Sisa lanzó una canción de título Aquest any follarem com folls. Me atrevo a decir que es arqueología del procés: el video estaba protagonizado por un pene con barretina y pañuelo amarillo (puede encontrarse en YouTube). No dispongo de estadísticas para conocer en qué medida el procés ha colmado de felicidad carnal a mis compatriotas, pero es sabido que en épocas convulsas la población tiende a intensificar su voluptuosidad.