De la ensaladilla y La Rochefoucauld

Ayer comí, con unos amigos, en un nuevo y horrible restaurante de la calle del Conde de Urgel que parece un comedor o, peor, un comedero con ciertas atenciones a la piara. En medio del bullicio, entregué cuerpo y alma al champagne. Y aunque estaba tibio, me procuró un estado de ausencia maravilloso. Yo veía las caras de mis amigos, algo deformadas al masticar un rancho atroz, y el audio de aquella escena era monótono e ininteligible, anodino como los discos interestelares de John Coltrane.

De pronto, me pareció ver ante mi una montaña mágica. Llevado por el adocenado instinto barcelonés creí estar ante la república catalana. Pero no, era una ensaladilla rusa, del todo sospechosa por cierto. El instinto gesta sus picardías, sabido es. El republicanismo de unas verduras fundidas en un solo pueblo por la gracia de una gualda mahonesa me llevó a otro pensamiento. Tiene que ver con la aventura. Ser La Rochefoucauld: encarnar a un hombre que juega entre la muerte y la victoria. Un señor barroco, acicalado para la vida -esa batalla con armas y con letras, noblesse oblige– y para su propio funeral, si Dios de pronto lo quisiera.

Se ha dicho que un hombre barroco sentía terror por el mundo y por uno mismo, lo que le empujaba a emperifollarse, para soportarlo todo. Según Carlos Pujol, La Rochefoucauld, paradigmático, fue soberbio y aventurero, el tipo de persona que encuentra un mundo y decide hacerse con él en la medida de lo posible, aunque el motor de la vanidad le depare grandes problemas. Su participación en la revuelta de la Fronda contra el rey, insolencia heroica y sangrienta, da una idea del irrefrenable romanticismo que muchas veces atrapa a los de mi sexo, barrocos o no, envueltos en acciones que tienen una motivación y un fin poco precisos.

Más tarde apareció sobre la mesa el rojo, me refiero al color. El rojo de la sangre, de las rosas deseadas. Habría un precio a pagar por los ímpetus humanos, serían las espinas que hacen derramar líquidos históricos. Deseé tener una gamba delante, como destino universal. Los tonos encarnados, violentos, púrpuras en la zona del testículo; y aquel brillo lujoso coronado por una espada dentada -se denomina rostro-, terrible, que se alza sobre dos ojos azabache.

El champagne voló, quizá fueran los ángeles y sus tributos. Un camarero me preguntó por la satisfacción, no sé a qué se refería; le pedí un café. Y para contentarme, evoqué una máxima de Miyamoto Musashi: afirma que incluso un ser sin cualidades -un imbécil según Ferraris- puede encarnar a un guerrero. Con tal de aceptar la muerte, claro.

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