¡Viva el procés!

Siete hipérboles para los refractarios del procés:

1. Florecimiento intelectual. Se han escrito miles de páginas sobre el procés. Es un fenómeno político que genera infinidad de alegorías y doctas gracias. Incontables productos de consumo cultural que a cualquier alma masoquista (lectora antigua y procaz, por tanto) deleitaría sobremanera. A saber: ingenios periodísticos, rimas populares, disertaciones etéreas, teatro clásico y postmoderno, comedias zarrapastrosas, sátiras infamantes, relatos económicos, hipótesis hispanas, hipótesis extraterrestres, descubrimientos históricos, canciones ligeras, versos hondos, prosas inflamadas, ardientes misas. Etcétera, en un catálogo extensísimo. Por tanto, el primero de los tesoros que el procés ha dado a la humanidad es una indómita panoplia cultural. Un acervo.

2. Huida de políticos. Para una sensibilidad liberal, ácrata o sencillamente higiénica la fuga de políticos contemporáneos (no vivimos en época de excelsos oradores y administradores impolutos, si es que han existido nunca) es una magnífica noticia. La medida, demagógica si se quiere, del ostracismo griego queda lejos. Despertó durante siglos una cierta simpatía; el procés nos ha ofrecido la versión mejorada: ostracismo voluntario y veloz, sin necesidad de aclamaciones ni consensos (término este filogermánico, por cierto).

3. Recursos de una nueva poética, o pasar de pantalla. Como trovador de la realidad catalana, el cantante, africanista y escritor Lluis Llach, a la sazón diputado del Parlament de Cataluña, nos regaló un pathos de inconmensurable atractivo: aparcar los principios un buen rato y pasar de pantalla (fue el 8 de agosto de 2015, en Diari de Girona). Es decir, superar un tiempo de tinieblas. Esto, para cada catalán, puede aplicarse según su situación personal, en la forma y medida que estime. La patria comienza en uno mismo, señor mío. Nadie podrá decir, desde luego, que el siglo XXI carece de guía, rumbo y timón. Y además, parece un videojuego.

4. Lo bucólico, un encanto. La sucia e incomprensible Barcelona se ha visto adornada, gracias al procés, con tractores y hombres de bien que cultivan lechugas, nabos y patatas para nosotros, los urbanitas insensibles, que pensamos que legumbres y hortalizas nacen en los supermercados. Es de agradecer una comunión tal, hombre y tierra, cañas y barro y semáforos, que no se veía quizás desde los tiempos del pastoril régimen antiguo. La Diagonal, invadida por el agro, ha mostrado un mundo feliz y bizarro, orgullosa reserva de la silvestre verdad. Quizás nos falten los gorrinos, no perdamos la esperanza de completar una escena digna de Brueghel El Viejo.

5. Fin de los almuerzos familiares. Algunos catalanes no podrán agradecer lo suficiente al procés que les haya procurado tal liberación. La ruptura (justificadísima en muchos casos) entre consuegros, primos o hermanos ha instaurado una paz fría en que las tradicionales e irritantes reuniones familiares han dejado de celebrarse.

6. Superar a Kafka. El procés brinda un deleite: en Barcelona muchos han olvidado al escritor austrohúngaro, por buen gusto (en esto Valentí Puig tiene una cierta responsabilidad) y por su trascendencia: ¿Para qué leer El proceso si lo estamos viviendo?

7. Sexo. En el temprano 2008, Jaume Sisa lanzó una canción de título Aquest any follarem com folls. Me atrevo a decir que es arqueología del procés: el video estaba protagonizado por un pene con barretina y pañuelo amarillo (puede encontrarse en YouTube). No dispongo de estadísticas para conocer en qué medida el procés ha colmado de felicidad carnal a mis compatriotas, pero es sabido que en épocas convulsas la población tiende a intensificar su voluptuosidad.

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