Una resaca moral

Hay personas que celebran enlaces envenenados, y eso que existe hace décadas el divorcio, incluso la separación de bienes. Hay pueblos que celebran derrotas centenarias, ellos se las verán con la melancolía. Incluso la ONU celebra el día Internacional de la Felicidad (20 de marzo). Diría Evelyn Waught, con placer, que el mundo naufraga en celebraciones.

Día 12 de septiembre, post Diada. Barcelona amanece con un tráfico algo abotargado, sin la exultante chispa que se presupone en una gran ciudad. Parece que los conductores arrastran una considerable resaca. Los neumáticos pisan sin brío el asfalto que ayer sostuvo a una multitud contra algunos principios morales. Resalto una fotografía de Arnaldo Otegui con niños y sus padres sonriendo.

En mi particular, festejo este día siguiente como puedo, frugalmente. Llamo a las puertas de una nostalgia, la Barcelona que se evapora entre ardores xenófobos, irredentistas, austracistas, filoetarras, neocomunistas, padanos, qué se yo. El arquetipo barcelonés soporta una claudicación: cualquier cosa menos discutir con el vecino. Luego, cuando las santas paredes nos protejan y no pueda oírnos, ya lo pondremos verde. Hago, por tanto, como si ayer nada hubiese acaecido. Como si aquel aquelarre en que la moral ardía no se hubiera producido.

Me incrusto en la barra de un bar donde sirven una tapa que me subyuga: sepia diminuta -si no es así, este animal resulta incomestible; hay letras enfáticas de Pla al respecto-, salteada en su tinta con unos trocitos de patata cocida. Nada más. Todas las cosas importantes que se han dicho sobre la simplicidad, su encanto a la manera de aquella mar de Alberti o del borrico de Juan Ramón Jiménez o, intentando ser más precisos, a la manera de la pintura japonesa suiboku-ga, pueden resumirse en este discreto cefalópodo, armado de negra tinta, cortejado por unas humildes patatas.

Al cabo de dos horas, atisbo la calle. El tráfico revive, la ciudad se refunda en un ultrajado orden. Mi estatus político no ha mudado de condición. Senyora, no fotem!, le dijo el presidente del F. C. Barcelona, Narcís de Carreras, a la mujer del ministro de Gobernación cuando ésta le felicitó por un triunfo frente al Real Madrid: Le felicito porque Barcelona también es España, ¿verdad?.

Los ánimos repuestos gracias a la sepia y a una botella de Milmanda, extraordinario chardonnay que une el Penedés con el Nuevo Mundo. La moral, lastimada, se refugia en todo individuo, su domicilio natural. Que cada cual lama sus heridas.

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