Las putas del Chino

Es curiosa la capacidad del amor para colarse en cualquier lugar, hasta en el más inverosímil. Incluso en aquel Roxy’s, lupanar crítico que Kienholz recreó como una instalación artística (1961). El relato del horror: almas solitarias, la huella borrada del afecto; miedos infantiles que se materializan cada noche. Un tocadiscos reproduciendo música, repetitiva y deprimente como el coito a cambio de unos dólares. En Montana, Bangkok o Barcelona.

La Rambla. Desde la serpiente con piel de Miró nacen algunas calles que se ramifican hasta llegar a recónditos exotismos, viejo Chino barcelonés. Hombres de blanco. Ancianos de pensión y plato diario de alubias. Comerciantes de oriente. Vecinos en zapatillas cafeteando, un bar en penumbra, barra fatigada, tapas resecas y copitas de anís del Mono. Señoras gruesas con la compra doméstica. Las hojas verdes del apio, las zanahorias y chirivías, esencias de todo humilde caldo, asoman en los carrillos. Son el impresionismo de los bajos fondos. Dos raudos jóvenes en patín hablan holandés; Barcelona les fascina. Un cartero entra en un portal con su bolsa amarilla del reparto, el Estado llega a todos los rincones de la patria. Mientras camino por allí me asaltan, al paso, olores agrios de la pobreza endémica. También el aroma del ras el hanut y la carne asándose. De pronto cruza fugaz un barcelonés bien vestido, y entonces se reconforta la encogida alma, burguesa, cobarde.

Arribo a una de esas calles angostas con tendidos en algún balcón y dos o tres perros flacos correteando. Filas de mujeres a lo largo de ambas aceras, todas ellas bajo un manto de maquillaje. Cuán mísera nos parece la escena; cuán miserable aquel hombre que paga por sus servicios. Son miserias que se cruzan en una calle de mala fama, en un pisito de timbre rojo. Pero todo esto y lo que produce, ¿se ha detallado? ¿se está dispuesto a detallar en cada pregunta, en todas las cuestiones insidiosas? Siquiera el humanismo más empalagoso ha osado llegar al fondo de una cuestión tan desagradable y poco comercial. Una puta y su cliente, calle Robadors. La estampa es siempre tristísima, en el general y en los pormenores, porque sólo con tal luz tenebrosa alguien puede comprar un relato sobre putas y puteros. Quizás por eso, por la necesidad de la narración adaptada al gusto aceptable, ninguna significación rigurosa se ha podido dar a aquellas mujeres del Chino barcelonés, ni a las de ahora ni a las de antes, que padecen la Historia mientras otros la hacen, en palabras de Camus.

A casi nadie interesa hablar de la prostitución carnal sin esa moralina que lava lo que considera infecto, o incómodo. Un berenjenal de estériles ganancias. Preferimos la delicia de debatir prostituciones políticas, literarias, gastronómicas. Luego está la extensa literatura canalla sobre el tema, las señoritas de Picasso, canciones populares (La Dolores, amiga de hacer favores), las modelos que el Caravaggio utilizaba para pintar a la Virgen María, sacadas de los lupanares romanos. Y el infecto politiqueo: de vez en cuando aparece por el Chino algún antropólogo izquierdista a la caza de piezas que hagan brillar un poco la ideología a la que se debe.

La medida de un apasionado ajuste de cuentas la dio un torero, Roberto Rodríguez El Pana, cuando, en su última tarde, declaró juncal amor por ellas, mujeres de muchos nombres:

«Daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando El Pana no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto.»

Lirismo en un silencio hondo, en el bullicio de imposturas y perversos pontificados. Sin amor, ¿cómo se descifra a nadie?

El Roxy’s de Kienholz sigue itinerando de museo en museo, para que, en una tarde de sábado y antes de asistir a un coctail o de cenar con amigos, en Barcelona, Nueva York o en Colonia, el público exquisito se estremezca un instante entre sofás, biombos y espíritus con liguero y deshabillé, tenues lamparitas y puertas al infierno.

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