Tirsa, un cadáver exquisito

De un cronista gusta que escriba sobre la muerte. Sean los finados personas, grupos humanos, villorrios, ciudades, imperios o civilizaciones. Sean amores, copas o amistades; mercerías o peluquerías. A cualquier comentarista se le pide que contabilice un fin. Un ave cayó. Y que adorne el texto, si es posible, con simbólicos restos: una persiana echada, viejas fotografías, la algarabía ya muda, un agotado frenesí. Los agujeros existenciales. Porque la vida relatada sin la sombra de la negra dama no presenta el interés deseado, eso que llaman morbosidad. El cronista, como el médico, certifica el fallecimiento lento o inminente de algo, al ejemplo una ciudad, y su capacidad de regenerarse. Es un escritor melancólico.

Yo he visto morir a un hombre durante unos segundos y digo que puede resultar magnífico. Fue a las dos de la madrugada en la barra de la coctelería Tirsa y, tras su muerte, resucitó citando a Horacio, o quizás fuera a Peret. Entonces el Sr. Tirvió, propietario del local, le puso otro gin tonic british style. Combinado perfecto, en vaso de tubo bajo. No se revuelva el honor ante el recuerdo de aquel larguirucho invasor de Duralex por fin derrotado, el tubo al que tanto besamos durante décadas.

Decía, el british en su justa medida alcohólico, de Tanqueray, por el que Tirvió ganara fama en su ciudad, Hospitalet, y en Barcelona. Era un gin tonic aristocrático, no exactamente un trago largo, comparándolo con los cubos y globos democráticos que preparan en otros sitios. Pienso que el reconocimiento fue en general al arte de ese correctísimo señor, barman de profesión, que supo convertir una cafetería en el destino, más o menos reservado, de cierta clientela barcelonesa. Políticos, periodistas, policías (triunvirato de las tres pes) y gentes del barrio.

El Tirsa, ya muerto, estaba lejos de lo que los más pedantes barcelonís entendemos por casa nostra: una mancha rica que va del Tibidabo hasta las humedades de Colón, teniendo como secuencia vertebral la calle Balmes, vía que permite pararse y disfrutar cualquier tipo de refinamiento, y las Ramblas, otrora mundología barcelonesa, ahora vulgaridad turística. De la terraza Merbeyé al descubridor de América está toda Barcelona, pormenorizada. Mas si alguien pretende recorrerla con prisa o es idiota o está poseído por el incurable denuedo de un Boswell, debe temerse, ante todo, a sí mismo más que a nada. Los urbanitas desgastados se complacen en la flemática conquista, y ahí se hizo el Tirsa una tierra prometida de la noche, en los remotos sitios. Con la policía exquisita había yo llegado alguna que otra madrugada en coche con emisora y sirena bajo el asiento, séptimo de caballería por la avenida Madrid. Luego a través de calles que, siempre lo decíamos, nos trasladaban a la querida fisionomía pueblerina de Castilla-La Mancha. Mi ciudad es una pequeña España; España una pequeña Europa, nada más que pedir.

Al Tirsa le debemos diez años de funeral, o veinte, las horas que despilfarramos palabras y nos amamos tanto, un codo en la barra y el dedo índice pronto a avisar al camarero, una ronda más. Su cierre impugna, sin ambigüedades, el gusto barroco por la muerte como “fin del hastío”. Todo lo contrario entre aquellas maderas coronadas por botellas y cocteleras de plata de los felices 1920, cuando el mundo decidió divertirse por encima de cualquier otra cosa. Tirsa evidenció, durante unos años, la resistencia al aburrimiento y a cierta trivialidad del alterne barcelonés. Salud eterna.

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