Madrid-Barcelona (II)

Con Barcelona a cuestas, salí del Retiro y pedí un coche negro, con chofer encorbatado. Al Richelieu, por favor. Un dry martini, besar la copa helada de ginebra, mientras flota como un náufrago perfumado una peladura de limón frente a la nariz. A cada trago, mi ciudad natal se alejaba, sentí los hombros descansar, ligeros, afortunados. Delito de lesa Barcelona. Hacia mediodía, otro chofer me llevó a un pequeño restaurante llamado Viridiana. Estaba decorado con fotos de la película de Buñuel, pero la verdad decorativa y culinaria se movía sobre el eje de su alma mater, un señor con sombrero y aficionado a la hípica, de nombre Abraham. El sombrero, como la corbata son objetos animados, vívidos, que transportan el espíritu de sus dueños. Y era reluciente que el propietario gustaba de escribir y citar, de cubrir la casa con la piel de su conciencia. Esto, en suma, se traducía en recetas algo originales, a veces extrañas -lo cual puede ser bueno y también muy malo-, un voluntarismo mestizo. Pedí pichón y la cosa no fue bien. El pichón me entusiasma, siempre bajo el mismo proceder: pechugas sanguinolentas y muslos tiernos como angelotes barrocos. Sin necesidad de haber comido ningún angelote, tengo la seguridad de que son tiernos. Si las pechugas no tienen un color y un sabor profundos, entristece la indigna muerte de ese ave. En otro ejemplo, también flojo, desfilaron por la mesa una extraordinaria cecina de toro de lidia Domecq-Jandilla rodeada de enemigos: melón, higos y mango. Hay algo en Viridiana que traspasa su cocina y es un sentido ego. Digo Viridiana aunque valdría para cualquier restaurante con autor. Los sombreros, el rastro del Perú, la obra, en suma, de un hombre alado.

Sin salir de un círculo vicioso, obra del marqués de Salamanca, estuve por la tarde buscando una corbata, había quedado a cenar en Horcher. En Sastrería Jaime Gallo me vendieron una que reunía lo que Filippo de Pisis consideró inexcusable en esa prenda, el canon: “sencilla, de seda o lana, con un tono profundo”. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que no se podía entrar en ciertos sitios sin esa tarjeta de tela al cuello, pero la laxitud estética ha desbrozado muchas sensualidades de la frágil Europa, los adornos en apariencia estériles. Incluso en Horcher, donde basta llevar chaqueta. Via Veneto no exige ya esa prenda para sentarse a la mesa. Se piense que no sólo la izquierda se desmoronó con el muro de Berlín; la derecha también ha sufrido sus derribos. 

En Barcelona, la clase dominante, reactiva, culta, se rindió hace ya unos cuantos años. Ahora parece conformarse con cuidar el patrimonio familiar, comprar libros en la librería La Central y llevar en verano gafas de pasta amarilla de Santa Eulalia. Esquí en Baqueira, visita estival a Formentera, ese tipo de orden. Ah, y comer de fábula en los restaurantes predilectos. Alguien podría suponer un estremecimiento barcelonés ante el misterio madrileño: la capital nos estaría ganando en vitalidad. Pero no se produce. La derrota larga de Barcelona en el tablero que es España ha sido servida. La Ciudad Condal va condenándose a la memoria de un tiempo lento, el de los pueblos heridos que callan y bajan la cabeza, porque tienen la íntima conciencia de su declive. Esto todavía no se explicita mucho, pero hay indicios de ello. Sólo falta que aparezca un Camus y nos escriba otro L’Étranger.

Por el mantel de hilo de Horcher desfilaron un arenque Bismarck, un steak tártaro, un pato asado, un goulash y dos botellas de Mauro VS. Enfrente, un conde solitario, de aspecto campechano, se encargaba, ufano, de un ragout de ciervo. El doctor Iturralde, con quien compartía mesa, decía que hemos descuidado Barcelona en nuestras manos, regalándosela alegremente a los peores gestores que pasaban por ahí, los de las causas chillonas y zafias. Y éstos se han dedicado a la autocomplacencia, nada más. En términos que sobrepasan la privacidad, la cultura ha servido de muy poco, sulfatada de neo-noventayochismo, una postmodernidad para empezar siglo. La información cotidiana, en cafeterías, farmacias, fruterías, pescaderías, en la sala de espera del proptólogo Bardají, segunda generación al cuidado del paciente, deja entrever un hastío general (en el último ejemplo que cito quizás esté justificado el hastío). Un horizonte anodino, pintado por inercias tan fantásticas como desmoralizadoras, la imagen que me viene a la cabeza es el insoportable El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich.

Cuando, en 1987, llegué de nuevo a Barcelona, existía un orgullo ciudadano de pertenencia. Aunque el nacionalismo hacía ruido entre la juventud, a la pregunta dicotómica de “¿tú qué te sientes, catalán o español?”, despuntaba automáticamente la respuesta: “¡barcelonés!”.

Ah, los restaurantes, todo en España pasa por ellos. Desde 1929, existió en mi ciudad uno de nombre Madrid-Barcelona. Servían cocina clásica, popular y a precios contenidos. Situado frente al antiguo apeadero de la calle Aragón, vía férrea descubierta hasta su soterramiento en 1960, atraía a los viajeros entre las dos urbes. Ese restaurante ya no existe, la última vez que acudí, y tras probar tres platos, me marché a comer a otro sitio. Los tres platos figuraban en su carta de siempre, tres viandas del corpus gastronómico catalán, maltratadas, vulgarizadas. En un tiempo, el nuestro, encantado con las simbologías de medio pelo, esto podría figurar como un síntoma, o esquizofrenia si se prefiere: el formidable amor a la patria y los despropósitos que genera. 

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