Elogio de la gordura

En el vestuario de mi club deportivo, un socio, sentado sobre una banqueta, casi desnudo, hablaba por teléfono. Atrapé un “yo había confiado en ti, ojos míos”. Comprendí que sus ojos le habían traicionado. Tuve ganas de decirle algo que le reconfortara o le distrajese, aunque no lo hice. El hombre era rico en carnes, qué digo, era hermosísimo, tenía la piel rosada y sus cabellos, nada abundantes, se deslizaban mojados por los accidentes volubles de la nuca, protuberante como una bola de cricket. Rosáceos kilos, una toallita blanca cubría sus partes pudendas, craso renacentista. Minutos después, en la sauna de vapor, pensé en la conocida y natural fe que despiertan los gruesos, en comparación a los delgados y no digamos los enjutos. Hay algo inapropiado y feliz en la gordura.

Desde que comencé a leer a los Barbapapá y, algo más tarde, a Chesterton, despertó en mí la admiración por los gordos. Debería decir, a pesar de un cierto desencanto, que también otros orondos, el Monstruo de las galletas y el Falstaff-Orson Welles iluminaron mi niñez. Por supuesto Pavarotti, ningún grueso contemporáneo ha hecho tanto por la belleza de Europa, con permiso de Churchill.

El monumental Joaquin Jordá, devorador de libros y cap i pota de Casa Leopoldo, fue un gordo barcelonés comme il faut. El destino me reservó con él entrañables sobriedades (ni Dante fue tan severo) y alguna lúdica crueldad, en mi ternura, como cazar moscas y comérselas a cinco pesetas la pieza. Así eran las lecciones de capitalismo del señor Jordá. La última vez que lo vi, tras su enfermedad (un cerebro continente de una vasta cultura fue reseteado cual computadora), habitaba un piso-biblioteca, o una biblioteca con cama, baño y cocina en la calle de la Cera e impartía clases en la Universidad. Murió de espaldas a los políticos en 2006. Había dicho cosas del estilo “murmurar es una desaprobación para sí mismo”.

En Italia, qué fortuna, tienen al gordísimo, gordopótamo Giuliano Ferrara, azote de la izquierda, de unos doscientos kilogramos, ojitos azules, miradas que son dardos intelectuales, peligrosísimos. El ogro, así le llaman, cometió el crimen de pelearse con todo el mundo y, lo peor, llegó a publicar un periódico en papel, Il floglio, para delicia de la literatura cínica y disgusto de sus incontables enemigos. Ferrara, architaliano, fue comunista de cien kilos y luego conservador de cuatro quintales; es decir, un hombre que en un momento dado tuvo una revelación, salió del PCI y comió lo que le faltaba por comer, según comenta Berselli.

En todo caso, los kilogramos hacen una pregunta del todo pertinente: ¿hasta dónde podemos llegar, absoluta imparcialidad? Una geografía, sus accidentes, siguiendo la manía historicista. Si a un hombre se le condena a vivir, desea ir cargado de delitos, o pecados. Se ha dicho que la cultura nace de algún tipo de constricción, de la austeridad, del sufrimiento, etcétera. Nada más inexacto, a mi parecer. Bajo el actual régimen nuestros cuerpos han visto luces y ganado espacio, tanto que la chaqueta de Jovellanos no serviría hoy día ni a un mozalbete de ocho años. No ha sido fácil llegar hasta aquí: dos mil años de griegas pasiones, romanas legiones, el irrepetible medioevo, siglos de vino y manteca bajo la sombra de una tristeza franciscana. Después, la explosión: Maria de Medici, quien, tras una ingesta pantagruélica de vol-au-vent rellenos de crestas y riñones de gallo que casi le cuesta la vida, pedía, delirando, más de comer; o aquel Condorcet, gran optimista, que almorzaba aristocráticas tortillas de doce huevos. Ya el XIX conoció el triunfo de la barriga burguesa sobre las ilusiones de la Ilustración. Toda la obra del Occidente tiene el destino deseado, cumplido, del alimento, la dicha de ver brotar el propio cuerpo. Escolástico narcisismo. Las demás cosas u ocupaciones, como hacer la guerra, darse a las pasiones abstractas, envenenar el alma con libros o buscar un destino lejano sentados en el sillón, son meros entretenimientos, secundarios en comparación a cultivarse uno mismo con corderillos, peces y el infinito amor que se desprende al devorar a otro ser vivo.

El ideal

Sería Peter Ustinov, aquel actor de mirada inmisericorde y pletórica tez, efectos del garum y los caldos de Apulia. El hombre que despertó en medio mundo, dos mil años después de Roma, las ganas de comer uvas y aves mientras gemían la lira y el fuego arrasando el propio destino, un capricho. Encarnó al pérfido comilón, Lucio Domicio Aenobarbo. Bordó la maldad devoradora del emperador, un semidiós infantil, tumbado sobre almohadas de oro, saboreando sesos de becada. Peter fue admirable, jugaba a ser imperial sin dejar de ser nunca Ustinov, según el tópico. Un hombre que podía recitar de memoria a Shakespeare a los dieciséis años; un actor por tanto. En su obituario de ABC, leí dos regalos: ‘fue un cínico romano y un hedonista austrohúngaro’. Incluso tituló sus memorias Querido yo. Viajó veinte centurias dando graciosos saltitos desde los mármoles de Carrara al cartón piedra de aquel Hollywood de fieros relatos, y así pudimos ver en carne y huesos a un emperador antiguo. Soñar con ser Ustinov, incluso en su reencarnación, Cneo Cornelio Léntulo Batiato, el propietario de la escuela de gladiadores que un comunista íntimo llamado Kubrick puso al servicio de sus cámaras. Y aquella escena de Quo Vadis en que el genio gordito recoge sus lágrimas por la muerte de su amigo y recita:

«Lloro por ti, Petronio. Una lágrima por ti, una por mí [devuelve el vaso a Tigelino]. Haz sellar estos frutos de mi pena para que la posteridad pueda saber cuánto lloró Nerón a su más querido amigo y su más sincero crítico.»

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