Un hotel en las alturas

Advirtió una vez Talleyrand que sólo quien hubiera vivido antes de la Revolución podía conocer la douceur de vivre. Con ánimo plausible, doscientos años después de la cargante máxima del gran chambelán de Francia, fui a pasar el día a un hotel, sito en la montaña del Tibidabo. Barcelona es una ciudad de ilusiones sociales, arriba, abajo; geografía clasista, pero disimulada. Con los dolores de cabeza del obrerismo y todos los demás ismos (revolucionarios), la pequeña gran clase instituyó un orden de amable rostro, teñido de positivismo decimonónico.

Al Tibidabo se podía subir en tranvía (desde febrero no funciona) y funicular, creaciones del doctor Andreu, el de las pastillas para la tos, al que debemos también la municipalidad del lugar. Corona el cielo la iglesia del Sagrado Corazón, de Sagnier. Y está el viejo parque de atracciones, su noria y el avión rojo dando vueltas, inalterable estampa. Desde allí se ve toda Barcelona “vestida o desnuda, según se entornen o se abran los ojos”, en palabras de Cela.

El hotel, catalogado gran lujo, cuenta con terraza, jardines y balneario, los encantados con las modas lo llamarán spa, y dos restaurantes. A priori, pensé, nada podría contrariar una plácida jornada leyendo, tumbado a la bartola y tomando alguna cosa en la terraza. Pero mi pronóstico no contó con la circunstancia de los queridos primos (los 7.000 millones y pico de humanos tenemos ese parentesco aproximativo; de lo contrario, limpios de sangre, incestos y roces familiares, no cabríamos en la tierra disponible).

Somos una especie conspiradora por naturaleza. Y, gracias al cielo, poseemos también una instintiva misantropía, subyugada a ratos por el erotismo fantástico. En efecto, no pude leer, aunque me entretuve recogiendo materiales para estos humildes párrafos mientras probaba, uno a uno, cócteles de nombres maravillosos: dark’n stormy, clover club, el diablo, Shirley Temple (este último, originalmente sin alcohol, lo adulteré con bourbon, en honor a Shirley, diamante americano).

Hacia mediodía comenzó a invadir la terraza una boda, gente vestida con traje y corbata, señoras de largo y niños peinados hacia atrás, gomina joseantoniana. Todos se morían de calor mientras, a escasos metros, los huéspedes del hotel retozaban semidesnudos sobre las hamacas y pedían copas heladas. Una servidumbre del capitalismo eterno y decadente.

Hubo en la ceremonia un parlamento, en idiomas catalán e indonesio, y los asistentes aplaudieron mientras los novios, barcelonés y javanés respectivamente, mojaban sus mejillas de gozo y conmoción. No quiero olvidar a las damas, seis flores con chaqueta, corbata y bombachos dorados, pantorrillas al aire, zapatos ingleses de charol. Aquella sentida función duró un buen rato (era fiesta amorosa y de lengua viperina), hasta que los asistentes fueron despachados a un comedor, o a una noche bergmaniana, Dios sabe.

Me senté entonces en el restaurante del jardín para hacer lo propio, comer. Por allí apareció Teresa Gimpera, gran señora que fuera belleza simpar de Barcelona. Todos los directores de cine con quienes rodó deleitaron al público con largos primeros planos de su cara preciosa. Era norma de la época. Antonioni hizo una irritante película de tomas cortas, El eclipse; fortuna es que la protagonizaron la Vitti y el Delon, cuyas beldades mitigan el sopor autocomplaciente de la nouvelle vague transalpina. En cualquier caso, la Gimpera iba acompañada de un joven tulipán al gusto de Cernuda, delicado y apuesto. Observo que las grandes artistas se han rodeado siempre de personas, o secretarios, de una sensibilidad.

Ya entrada la tarde comenzó a llover. Subí a mi habitación, me duché, cambié de ropa y bajé a cenar. Una cena espantosa, devolví a cocina dos veces el mismo plato, una carne nerviosa, quién sabe la vida del pobre animal. Dificultades de la alteridad, el teatro de la existencia si se prefiere, recibí del camarero un bufido y vi dos o tres cosas que advierten, o corroboran, una tragicomedia: los hoteles lujosos han sido tomados por sujetos cargados de oro. Mujeres que no hablan y quién sabe qué miran o piensan tras cristales ahumados de Dior. Una de ellas protegía un chihuahua en su regazo. Esa es una raza muy barcelonesa desde que Cugat la popularizara y vendiera con éxito, poseía criadero y una lista de señoras locas por el chucho. En cuanto al léxico y a las maneras de los hombres con el instrumental culinario, Ligne, el Príncipe, hubiera afilado un cinismo.

El hotel era canónico desencanto: materia baja y espíritu alto convivían en perfecta armonía. Pedí que me llevaran un Laphroaig al salón de billar. Allí, en un sofá, se encontraban los padres de los novios siendo entrevistados por el equipo de video de rigor, esos reportajes entrañables en que la reina absoluta es la hipocresía. La madre indonesia sollozaba al recordar algún tierno episodio sobre su hijo, ya entregado a un buen catalán, mientras el padre iba traduciendo al inglés con un visible rostro de incomodidad.

Quise jugar al billar, pero estaba desnivelado, de manera que la partida se veía sujeta al imprevisible comportamiento de las bolas. Cansado de surrealismo, intenté nivelarlo y el tablero entero se desplomó unos treinta grados. Apuré el whisky, robé un libro de la historia de Astérix el galo y subí a la habitación, donde el deleite del maestro Goscinny borró cualquier duda: no hay tregua para la vida.

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