A esto hemos llegado

Flor de Muga se dio un baño helado en el extremo del universo, donde se ven las estrellas de Barcelona. Fue a mediodía y el cielo, cubierto por un mantel blanco de hilo, pertenecía a La Venta, restaurante que descansa en la falda del Tibidabo. Muga, rancia y excelsa bodega de Rioja, había enviado a una hija suya, joven, hasta la bañera de acero al alcance de la mano para colorear un gaznate de dulce voz. También para que un hombre se sugestionara. Subían a la bóveda del placer cucharadas de erizos gratinados, que tienen la facultad de acoger los mundos de la Divina Comedia: arisca complexión y espíritu celestial. 

“Un dios ha sonreído sobre el mundo / floreciente de rosas lanzas de oro”, robo y revuelco a Cirlot. La vida sobre el papel es imaginación y hurto: me pareció que cualquiera amaría darse un respiro, incluso desviarse. También Muga. A mitad de botella trasegada pensé en la huella, o rodillo, de feminización a través de la oportunidad,  marketing. Qué dulzura. Y qué sofisticada la mercadotecnia vinícola proponiendo tales retos al género humano en su momento más ambiguo, el siglo tierno y veintiuno. Un nuevo imperio de sensibilidad. Me pareció desfilar bajo un orden ridículo y feliz sorbiendo ese caldo pálido, la peau douce de un pecado líquido: al fin, no era el capitalismo más que un modo de vivir y pensar, un gigante vestido de rosa.

Los humanos seguíamos en el centro del mundo, al cabo de unos miles de años, gracias al acto de sorber el alma de las frutas. Aquel vidrio contenía una mixtificación versallesca. De Versalles nos ha llegado lo que las redes sociales jacobinas difundieron, las fiestas, el Trianon, los macarons coloridos, cuando allí lo que más acontecía eran los dolores de cabeza, un cabalgar de soporíferos despachos e infinitas y tediosas visitas de rigor. Bien, yo tenía a Muga por un apellido tan afrancesado como recio. Cuántos dolores regados, cochinillo, ternasco, chuletas de vaca, pichones asados, cabezas de cordero al horno, dulces sesos a la romana. Pero el tiempo es una lección y la frivolidad su remedio. Muga, que sabía elaborar caldos de inspiración bordolesa, parece que un día se fijó en Chanel, o quizás exagero mucho: al cabo de un rato en La Venta todo eran ante mis ojos ninfas pálidas que desfilaban su mestiza ingravidez, el deseo de no acabar nunca en un pesimismo. Mas el poema seguía: “Un templo asesinado se levanta, / un templo hecho de páginas de sangre / floreciente de verdes lanzas de oro.”  

Abandonando el Tibidabo, paré un rato en casa de un amigo, la había vendido ese día a un futbolista por tres millones, pero quedaba en el bar media botella de Knockando. Tras el primer trago, me miró y dijo: “Carlos, cuando llegue la insurgencia, que llegará, encontrará a un brasileño durmiendo con un balón”.

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