Duchamp

(Collage de Barcelonerías)

Creo haber leído algo sobre su célebre urinario y estar considerado el mayor responsable -siempre hay responsables- de que el arte contemporáneo fuera tan decepcionante como democrático. Qué ideas se les ocurren a algunos, familiarizar democracia con decepción. Los millones de toneladas de expresión artística de la pasada centuria -la actual lleva un buen ritmo también- tienen de padre conceptual al que bautizaron Marcel, a finales del diecinueve. En una época deliciosa, olvidada la postguerra mundial, ilustres extranjeros visitaban la España franquista y se lo pasaban bien. Él jugaba al ajedrez por las mañanas en Cadaqués, acogido por Dalí, y bebía vasitos de vino astringente junto a los aldeanos. Parece que lo hacía de un modo apacible, sin cargo alguno de conciencia por lo del urinario. Quizá alguien pudiera pensar que no era consciente de lo que había perpetrado; yo estoy convencido de que sí, de que tras aquel hombrecillo en apariencia inofensivo se escondía una bestia sin escrúpulos, un monstruo que quiso dejar a la posteridad el horror de un hito inolvidable. Los mejores artistas del siglo pasado fueron los que no engendraron obras, Duchamp casi lo consigue; pero una fatalidad le hizo creador del tótem contemporáneo, el urinario del revés. Después de eso, todo han sido brillos rebeldes, genialidades pormenorizadas, estudiadas antipatías e infantiles atropellos.

Una asignatura pendiente para Podemos

Una impertinencia: a los chicos de la nueva política (antes había una new left, pero quedó anticuada por exceso intelectual) les pondría una asignatura. Se denominaría ‘Visionado de unas cuantas películas del señor Lubitsch’. Una asignatura troncal. Esto, no lo dudo, tendría consecuencias molestas, curativas de mala fe. Especialmente en ciertos departamentos universitarios endogámicos. El efecto deseado sería antiinflamatorio ideológico. Digo deseado porque no sólo hay enfermedades, también existen los enfermos, y la ciencia cinematográfica hace lo que puede, mas no es siempre resolutiva.

Cuando la cabeza está amueblada con la austeridad de un saloncito de la RDA no pueden esperarse adornos cáusticos.

Tras el Telón de Acero todo fue realismo, la ironía se consideraba un producto burgués. Si lo pienso bien, Lubitsch para neoleninistas es una ocurrencia descabellada, como colgar una araña de cristal de roca con caireles en aquel saloncito gris de homo sovieticus. El techo hundido y la familia rota en mil pedazos; un escándalo en el vecindario. La policía política aparecería, tarde o temprano, para poner orden. Aquí veo oportuno un apunte controvertido: a los leninistas del siglo XXI tampoco los imagino en un apartamento socialista homologado, años 1970; se ahogarían en el formalismo, en el orden revolucionario. Serían sospechosos enemigos de la patria y sus teléfonos estarían pinchados por la Stasi. Por demócratas.

A vueltas con la melancolía (II)

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(Fotografía del autor)

Todo se ha dicho sobre la melancolía. László F. Földényi la biografió con esmero. Epidemia según los Tratados hipocráticos, signo de genialidad para Aristóteles, locura en el terrenal/celestial Heracles, amor al saber en Sócrates, pecado, herejía y enfermedad mental para la Edad Media. Luego llegó Petrarca y contagió a la humanidad entera de sombríos pensamientos. El frenesí de la angustia, cuando posamos un ratito la mirada sobre un viejo reloj parado. Están esas imágenes del todo palmarias, que en nuestra contemporaneidad renuevan la melancolía a partir de una sensibilidad condenatoria: Kerensky paseando en Central Park hacia 1967; Battisti y Gogol a caballo por un prado; una lucecita que permanece encendida, aún de día, a la entrada a Bomarzo; la colección de paraguas abandonados en un café. Hasta tal punto hemos aprendido a domesticarnos, nuestro pan y nuestra casa. ¿Se puede esquivar la melancolía? Tratamos de hacerlo despilfarrando billetes, visitando restaurantes que nos gustan, engendrando hijos y haciendo imbecilidades, como ir al gimnasio. Pero todo eso es distracción, no podemos evitar que, en cualquier momento, el monstruo tinte nuestra alma, nuestro intelecto. Pinker, elocuente júbilo, no pudo haber nacido en la vieja Europa, mucho menos en el Mediterráneo.

Contra la melancolía:

Henri Bergson estudió el pasado y nos ofreció una plausible conclusión: el pasado existe. También el presente, que está hecho de pasado. Somos la síntesis de nuestra historia desde el alumbramiento. Es más, ya antes del nacimiento existen características programadas. «En los sueños y en mi comportamiento cotidiano (cosa común a todos los hombres) yo vivo mi vida prenatal», soltó Pasolini. Dando por bueno lo que dice Bergson, las consecuencias culturales de estar amarrados a lo caduco son tan previsibles como cargantes. Es decir, la interiorización del drama nos impele a sollozar por las esquinas. La melancolía sería un leviatán, un defecto del tiempo que convive y nos atenaza bajo formas diversas. Jordi Gracia describió una de esas transmutaciones en un breve panfleto del todo acusatorio, El intelectual melancólico. Si bien el libro busca atacar el prestigio de esos intelectuales, no deja de ser un bonito agente tóxico contra el ideal nostálgico en general. La paradójica inconsistencia del intelectual melancólico -figura orgánica del siglo veinte- es que, siendo vocero del progresismo liberador hace cuarenta años, ahora florece en una queja amarga e interminable por los efectos del modelo estético que él mismo ayudó a edificar.