Cita con la paz sobrante

Así el horizonte: la mesa ya casi desierta, campo honrado de restos, vino y salsas, migas de pan y trocitos de turrón. Alguien se ha entretenido en construir proyectiles de mazapán, aquí y allá, mientras esperaba, quizás aburrido, el desenlace. Como edificios abandonados, se erigen botellas y copas; hay servilletas dejadas de cualquier manera, serían los lustres de un asunto milenario. Hemos dado cuenta de guisos, monstruos marinos y caldos rojos, sangre. Observamos con disciplina la dimensión binaria del destino: un trabajo entre el bien y el mal, y la necesidad de celebrar.

Jesucristo ya ha nacido. Y el erotismo con él, también. Al fondo de la mesa, con las camisas descansadas y los pelos alborotados, dos hombres, copa en mano, mantienen una conversación casi silenciosa, un rumor del brillo que se va. Ocupa la casa el sosiego tras una noche blanca, imposible juventud. La gente ha hecho sus corrillos, en el sofá, en los sillones, en el suelo sobre la alfombra, en un pequeño salón contiguo. Y quedan esos dos hombres como una buena esperanza, mansos, deseando que la novela se haga eterna, nunca se acabe la copa de brandy y las cosas, en general, tengan la misma música de vidrio, el tono dorado.

Viene la Navidad y, a muchos todavía, parece agradarnos. Uno está estrictamente pervertido, mas las fechas permanecen destiladas en la memoria como un rescate, la niñez, antes de empezar a repetirla siendo adultos, con las groserías de adultos. La costumbre de las fiestas puede ser aguada, anquilosa, molesta e insoportable para otros tantos. Forma parte todo del mismo evento, del mismo desencanto y pasión. Se soporta la Navidad en la medida en que se aguantan familiaridades, propias y ajenas. Liturgia de gran consumo, letanía del capitalismo: regalos inapetentes, comilonas y mucho azúcar, líquido o compacto, ansiolítico para el rebaño. Esbozo hipertrofiado de nuestra civilización, rendida de admirar y aplaudir. Vendrá la Navidad, una cita con la paz sobrante.

Una cosa fascista

Hay una crónica sobre la vuelta al país ampurdanés, tras la casi definitiva derrota del ejército republicano. Representó para su autor una pieza periodística importante. Fue publicada por La Vanguardia el día 10 de febrero de 1939 bajo el título Retorno sentimental de un catalán a Gerona y está firmada por José Pla. Un aire naturalista, letras de costumbres, paisaje, gentes como adornos, cultura, nuestro moralista afrancesado más notable. Notabilísimo. Luego hay una posición política del autor. En mí no despierta mucho interés comparándola al lenguaje, a las maneras suaves, abiertas, ejemplarizantes de su literatura.

En todo caso, y por no dejar tantos hilos sueltos: José o Josep (tanto da) Pla comenzó su carrera escribiente impulsado por Cambó, cubrió como periodista internacional (al amparo de Macià) la marcia su Roma (1922), quizás entrevistara a Hitler junto a Eugeni Xammar y estuvo en la Rusia revolucionaria durante un mes para relatar aquel proceso histórico. Al servicio o no de Cambó –de corazón, se ha dicho, asistió al entierro de José Antonio Primo de Rivera- publicó escritos en órganos vinculados a las derechas españolas y catalanas. Fue ferviente anticomunista, es este el dato menos discutible sobre las ideas políticas del gran ironista catalán.

Esa crónica ampurdanesa, belleza acre. Describe una situación desastrosa y, para el autor, también esperanzadora: las heridas, pero el fin de la guerra. La victoria. No alumbra sensiblería, morbosidad, dos amenazas del periodismo prebélico, bélico y postbélico. Siempre nos hallamos entre guerras o en ellas, ley irrefutable. Está el poema de carne lacerante, aquellos combatientes ya rendidos que desfilaban por la carretera y a los que Pla afea una carencia en absoluto honrosa, de anteriores batallas románticas, “la mirada altiva y soberbia del vencido auténtico”. Están los payeses, “tradición eterna del país”, resistentes a las “locuras anarco-comunistas” del gobierno Negrín. Está el deseo, acaso ya imposible, de los largos paseos vespertinos con el párroco o el farmacéutico del pueblo “hablando de las cosas de siempre”. El anhelo de la paz, del retorno a la vida insulsa, aunque los altares barrocos, carbonizados, los camposantos profanados, despiertan tristezas y dudas del todo inevitables, íntimas al género humano. Gerona, donde el autor estudió el bachillerato, donde descubrió a Santo Tomás, a Kant y a Schopenhauer, es un campamento. Y otro pesimismo, losa en su obra posterior, la “buena cocina clásica, concreta y antigua que se va ya perdiendo”.

Es pertinente insistir, maravillas de nuestro momento histórico, en que Pla no fue un autor ni, tampoco, un hombre ideologizado. La actual erótica política, tan sensiblera, en el caso de leerle, sufriría reacciones indeseadas y quién sabe si también deseables. Pero leer es una actividad ya casi desterrada y el género humano se complace en una libertad que ni los más jactanciosos moralistas hubieran imaginado. Pla fue una persona de gustos mayores: el olor de la hierba fresca bajo sus narices y las sardinas azules que traía la corriente fría del Golfo de León hasta la Costa Brava. Su figura, representatividad, ha permanecido, felizmente, tan alejada de un franquismo militante, Iglesia de por medio, como ajena al catalanismo, digamos, pujolista; o al divino de izquierdas, para quien nunca dejó de ser un franquista imperdonable. Más o menos.

Duchamp

(Collage de Barcelonerías)

Creo haber leído algo sobre su célebre urinario y estar considerado el mayor responsable -siempre hay responsables- de que el arte contemporáneo fuera tan decepcionante como democrático. Qué ideas se les ocurren a algunos, familiarizar democracia con decepción. Los millones de toneladas de expresión artística de la pasada centuria -la actual lleva un buen ritmo también- tienen de padre conceptual al que bautizaron Marcel, a finales del diecinueve. En una época deliciosa, olvidada la postguerra mundial, ilustres extranjeros visitaban la España franquista y se lo pasaban bien. Él jugaba al ajedrez por las mañanas en Cadaqués, acogido por Dalí, y bebía vasitos de vino astringente junto a los aldeanos. Parece que lo hacía de un modo apacible, sin cargo alguno de conciencia por lo del urinario. Quizá alguien pudiera pensar que no era consciente de lo que había perpetrado; yo estoy convencido de que sí, de que tras aquel hombrecillo en apariencia inofensivo se escondía una bestia sin escrúpulos, un monstruo que quiso dejar a la posteridad el horror de un hito inolvidable. Los mejores artistas del siglo pasado fueron los que no engendraron obras, Duchamp casi lo consigue; pero una fatalidad le hizo creador del tótem contemporáneo, el urinario del revés. Después de eso, todo han sido brillos rebeldes, genialidades pormenorizadas, estudiadas antipatías e infantiles atropellos.

Unos versillos gaditanos sobrevuelan Barcelona

Recibí en casa un libro, piel animal, hojas prietas de Biblia. Parecía haber esperado muchos años a que alguien lo abriera, en sus tripas se concentraba el olor de la paciencia. Un olor comprometido, incorrecto. Pero la suya era paciencia -o desesperación- de quien ve nacerse inane; ajarse sin historia, ni una mirada, tocamiento, solo la quietud de los años en librerías de viejo. Algún breve manoseo, viajes de una estantería a otra. Poco más en la vida de ese libro: tatuajes de grafito sobre la piel, valor en pesetas, en euros. En espera de postor, que es lo mismo que lector.

Entonces lo llevé, como a un anciano que añora la luz del sol aunque sabe que cada rayo es una despedida, a la piscina del club. Allí la brisa aireó su alma de corcho, se clavó el sol sobre la negra sangre para revivirla, poniendo la literatura en el cielo de Barcelona. Si los hubieran visto las huestes de la secesión, a unos versillos gaditanos sobrevolando la plaza Macià -los latinos de aquí le llaman Macía-, viejo y venerado cacique:

“Yo quiero ser el Virgilio

de estos siete

círculos del cielo pobre

tan resignado y alegre.”

(José María Pemán)

Una asignatura pendiente para Podemos

Una impertinencia: a los chicos de la nueva política (antes había una new left, pero quedó anticuada por exceso intelectual) les pondría una asignatura. Se denominaría ‘Visionado de unas cuantas películas del señor Lubitsch’. Una asignatura troncal. Esto, no lo dudo, tendría consecuencias molestas, curativas de mala fe. Especialmente en ciertos departamentos universitarios endogámicos. El efecto deseado sería antiinflamatorio ideológico. Digo deseado porque no sólo hay enfermedades, también existen los enfermos, y la ciencia cinematográfica hace lo que puede, mas no es siempre resolutiva.

Cuando la cabeza está amueblada con la austeridad de un saloncito de la RDA no pueden esperarse adornos cáusticos.

Tras el Telón de Acero todo fue realismo, la ironía se consideraba un producto burgués. Si lo pienso bien, Lubitsch para neoleninistas es una ocurrencia descabellada, como colgar una araña de cristal de roca con caireles en aquel saloncito gris de homo sovieticus. El techo hundido y la familia rota en mil pedazos; un escándalo en el vecindario. La policía política aparecería, tarde o temprano, para poner orden. Aquí veo oportuno un apunte controvertido: a los leninistas del siglo XXI tampoco los imagino en un apartamento socialista homologado, años 1970; se ahogarían en el formalismo, en el orden revolucionario. Serían sospechosos enemigos de la patria y sus teléfonos estarían pinchados por la Stasi. Por demócratas.

Oda a los porteros

(Collage de Barcelonerías)

Mi modesto saber no alcanza si alguien escribió una oda a los porteros. Refiero los porteros de finca, estirpe que agota vidas en garitas, subiendo y bajando escaleras, pasando revista a los vecinos, resucitando bombillas muertas. En todo Azcona o Dostoyevski aparece alguno, con gorra y autoridad. Tiempos en que iban de la guisa de un general austrohúngaro, y las ciudades respiraban felices el carbono en suspensión. Porteros, o verdugos de bolsas negras, pestilentes, paseillo en que ha viajado el más valioso cómputo de la vida, su documentado gasto.

Ellos organizan la correspondencia que trae el cartero, noticias ya sólo de amores y desamores bancarios; de vez en cuando, una lacónica invitación a una cena homenaje (alguien a quien la muerte ronda) o para descubrir, champaña mediante, las últimas novedades de un relojero suizo; y, con demasiada frecuencia, un tarjetón jacobino que anuncia dos gafas por el precio de unas. La igualdad, deseo siempre insatisfecho con baratijas.

Paseo por el barrio de Tres Torres, sus calles apacibles, silencio burgués y edificios bajos. Observo sus porterías. Suelen estar un metro por debajo del suelo, parapetadas en la sacra desconfianza del extraño, tras un área ajardinada. En sus tripas, la austeridad estética de los años setenta, contundente réplica a los pueriles 1960: maderas, vidrios tintados, pomos dorados y algún relieve de escuela Subirachs. La luz es tenue, pero se adivina en algún lugar la figura del conserje, sentado tras un pequeño mostrador. Corbata, bata azul en algunos casos, mirada rectilínea, limpieza, orden y celo. Conoce a cada vecino, incluso algún desliz. En el buen nombre del conserje está la discreción, aunque hay que temerles siempre un poco. Los vecinos saben de su carácter y manías, estas tienen que ver con una idea aristotélica de la finca.

La fatalidad. En el portero se ha advertido el aburrimiento, la existencia sobrellevada con periódico, transistor o una pequeña televisión. Se han depositado en él confianzas, el latido de Rousseau ablanda los corazones. Pero hay, a veces, impugnaciones a la bondad. Hacia 2006, en Barcelona, un conserje, tercera generación en un edificio de anchas paredes y patrimonios, desvalijó varios pisos. Poseía las llaves de quien confía su casa y su vida sin temer nada. Sustrajo joyas y relojes. Maigret, o quizás fuera un viejo policía barcelonés cuyo nombre debo omitir, fue tirando de una seda novelesca hasta llegar al ladrón. Ninguna pasión en ese delito, la habitual bruma que desciende a los bajos fondos del individuo insignificante, su crimen insignificante y las servidumbres de pacotilla: empeñó algunas alhajas en un joyero del barrio; después, semana españolísima, recorrió marisquerías y lupanares. Como en Simenon, el hecho novelístico fue el ambiente, la moral.

El canon. Durante unos años viví en San Gervasio. Gobernaba la finca el señor Antonio. Creo que estuvo en aquel puesto cincuenta años, hasta que se jubiló. Yo, como seguramente los demás, tenía una exacta medida de la piel psíquica de aquel hombre. En una ocasión, no dejó entrar a un amigo mío “porque iba muy mal vestido”, y tenía toda la razón. Una idea de justicia. Su tejido ideológico era secular: si él hubiera sostenido los hilos de nuestra Historia, seguiríamos de Cánovas a Sagasta y en coches de caballos. El señor Antonio observaba a su rebaño desde la quietud de un Parménides. Siempre flemático con la vecina, ya viuda, que se pasaba el día en el bar de la esquina con sus mejores pieles y liturgias y sufría accesos amorosos en el ascensor. En el piso séptimo, puerta C, una señorita distraída atendía a caballeros. Cuando entraba al portal algún despistado, el cancerbero le decía, conociendo su destino: “Séptimo ce. Digo yo que será el séptimo cielo, por la cantidad de visitas.”

A vueltas con la melancolía (II)

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(Fotografía del autor)

Todo se ha dicho sobre la melancolía. László F. Földényi la biografió con esmero. Epidemia según los Tratados hipocráticos, signo de genialidad para Aristóteles, locura en el terrenal/celestial Heracles, amor al saber en Sócrates, pecado, herejía y enfermedad mental para la Edad Media. Luego llegó Petrarca y contagió a la humanidad entera de sombríos pensamientos. El frenesí de la angustia, cuando posamos un ratito la mirada sobre un viejo reloj parado. Están esas imágenes del todo palmarias, que en nuestra contemporaneidad renuevan la melancolía a partir de una sensibilidad condenatoria: Kerensky paseando en Central Park hacia 1967; Battisti y Gogol a caballo por un prado; una lucecita que permanece encendida, aún de día, a la entrada a Bomarzo; la colección de paraguas abandonados en un café. Hasta tal punto hemos aprendido a domesticarnos, nuestro pan y nuestra casa. ¿Se puede esquivar la melancolía? Tratamos de hacerlo despilfarrando billetes, visitando restaurantes que nos gustan, engendrando hijos y haciendo imbecilidades, como ir al gimnasio. Pero todo eso es distracción, no podemos evitar que, en cualquier momento, el monstruo tinte nuestra alma, nuestro intelecto. Pinker, elocuente júbilo, no pudo haber nacido en la vieja Europa, mucho menos en el Mediterráneo.

Contra la melancolía:

Henri Bergson estudió el pasado y nos ofreció una plausible conclusión: el pasado existe. También el presente, que está hecho de pasado. Somos la síntesis de nuestra historia desde el alumbramiento. Es más, ya antes del nacimiento existen características programadas. “En los sueños y en mi comportamiento cotidiano (cosa común a todos los hombres) yo vivo mi vida prenatal”, soltó Pasolini. Dando por bueno lo que dice Bergson, las consecuencias culturales de estar amarrados a lo caduco son tan previsibles como cargantes. Es decir, la interiorización del drama nos impele a sollozar por las esquinas. La melancolía sería un leviatán, un defecto del tiempo que convive y nos atenaza bajo formas diversas. Jordi Gracia describió una de esas transmutaciones en un breve panfleto del todo acusatorio, El intelectual melancólico. Si bien el libro busca atacar el prestigio de esos intelectuales, no deja de ser un bonito agente tóxico contra el ideal nostálgico en general. La paradójica inconsistencia del intelectual melancólico -figura orgánica del siglo veinte- es que, siendo vocero del progresismo liberador hace cuarenta años, ahora florece en una queja amarga e interminable por los efectos del modelo estético que él mismo ayudó a edificar.