Oda a los porteros

(Collage de Barcelonerías)

Mi modesto saber no alcanza si alguien escribió una oda a los porteros. Refiero los porteros de finca, estirpe que agota vidas en garitas, subiendo y bajando escaleras, pasando revista a los vecinos, resucitando bombillas muertas. En todo Azcona o Dostoyevski aparece alguno, con gorra y autoridad. Tiempos en que iban de la guisa de un general austrohúngaro, y las ciudades respiraban felices el carbono en suspensión. Porteros, o verdugos de bolsas negras, pestilentes, paseillo en que ha viajado el más valioso cómputo de la vida, su documentado gasto.

Ellos organizan la correspondencia que trae el cartero, noticias ya sólo de amores y desamores bancarios; de vez en cuando, una lacónica invitación a una cena homenaje (alguien a quien la muerte ronda) o para descubrir, champaña mediante, las últimas novedades de un relojero suizo; y, con demasiada frecuencia, un tarjetón jacobino que anuncia dos gafas por el precio de unas. La igualdad, deseo siempre insatisfecho con baratijas.

Paseo por el barrio de Tres Torres, sus calles apacibles, silencio burgués y edificios bajos. Observo sus porterías. Suelen estar un metro por debajo del suelo, parapetadas en la sacra desconfianza del extraño, tras un área ajardinada. En sus tripas, la austeridad estética de los años setenta, contundente réplica a los pueriles 1960: maderas, vidrios tintados, pomos dorados y algún relieve de escuela Subirachs. La luz es tenue, pero se adivina en algún lugar la figura del conserje, sentado tras un pequeño mostrador. Corbata, bata azul en algunos casos, mirada rectilínea, limpieza, orden y celo. Conoce a cada vecino, incluso algún desliz. En el buen nombre del conserje está la discreción, aunque hay que temerles siempre un poco. Los vecinos saben de su carácter y manías, estas tienen que ver con una idea aristotélica de la finca.

La fatalidad. En el portero se ha advertido el aburrimiento, la existencia sobrellevada con periódico, transistor o una pequeña televisión. Se han depositado en él confianzas, el latido de Rousseau ablanda los corazones. Pero hay, a veces, impugnaciones a la bondad. Hacia 2006, en Barcelona, un conserje, tercera generación en un edificio de anchas paredes y patrimonios, desvalijó varios pisos. Poseía las llaves de quien confía su casa y su vida sin temer nada. Sustrajo joyas y relojes. Maigret, o quizás fuera un viejo policía barcelonés cuyo nombre debo omitir, fue tirando de una seda novelesca hasta llegar al ladrón. Ninguna pasión en ese delito, la habitual bruma que desciende a los bajos fondos del individuo insignificante, su crimen insignificante y las servidumbres de pacotilla: empeñó algunas alhajas en un joyero del barrio; después, semana españolísima, recorrió marisquerías y lupanares. Como en Simenon, el hecho novelístico fue el ambiente, la moral.

El canon. Durante unos años viví en San Gervasio. Gobernaba la finca el señor Antonio. Creo que estuvo en aquel puesto cincuenta años, hasta que se jubiló. Yo, como seguramente los demás, tenía una exacta medida de la piel psíquica de aquel hombre. En una ocasión, no dejó entrar a un amigo mío “porque iba muy mal vestido”, y tenía toda la razón. Una idea de justicia. Su tejido ideológico era secular: si él hubiera sostenido los hilos de nuestra Historia, seguiríamos de Cánovas a Sagasta y en coches de caballos. El señor Antonio observaba a su rebaño desde la quietud de un Parménides. Siempre flemático con la vecina, ya viuda, que se pasaba el día en el bar de la esquina con sus mejores pieles y liturgias y sufría accesos amorosos en el ascensor. En el piso séptimo, puerta C, una señorita distraída atendía a caballeros. Cuando entraba al portal algún despistado, el cancerbero le decía, conociendo su destino: “Séptimo ce. Digo yo que será el séptimo cielo, por la cantidad de visitas.”

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