Unos versillos gaditanos sobrevuelan Barcelona

Recibí en casa un libro, piel animal, hojas prietas de Biblia. Parecía haber esperado muchos años a que alguien lo abriera, en sus tripas se concentraba el olor de la paciencia. Un olor comprometido, incorrecto. Pero la suya era paciencia -o desesperación- de quien ve nacerse inane; ajarse sin historia, ni una mirada, tocamiento, solo la quietud de los años en librerías de viejo. Algún breve manoseo, viajes de una estantería a otra. Poco más en la vida de ese libro: tatuajes de grafito sobre la piel, valor en pesetas, en euros. En espera de postor, que es lo mismo que lector.

Entonces lo llevé, como a un anciano que añora la luz del sol aunque sabe que cada rayo es una despedida, a la piscina del club. Allí la brisa aireó su alma de corcho, se clavó el sol sobre la negra sangre para revivirla, poniendo la literatura en el cielo de Barcelona. Si los hubieran visto las huestes de la secesión, a unos versillos gaditanos sobrevolando la plaza Macià -los latinos de aquí le llaman Macía-, viejo y venerado cacique:

“Yo quiero ser el Virgilio

de estos siete

círculos del cielo pobre

tan resignado y alegre.”

(José María Pemán)

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