Duchamp

(Collage de Barcelonerías)

Creo haber leído algo sobre su célebre urinario y estar considerado el mayor responsable -siempre hay responsables- de que el arte contemporáneo fuera tan decepcionante como democrático. Qué ideas se les ocurren a algunos, familiarizar democracia con decepción. Los millones de toneladas de expresión artística de la pasada centuria -la actual lleva un buen ritmo también- tienen de padre conceptual al que bautizaron Marcel, a finales del diecinueve. En una época deliciosa, olvidada la postguerra mundial, ilustres extranjeros visitaban la España franquista y se lo pasaban bien. Él jugaba al ajedrez por las mañanas en Cadaqués, acogido por Dalí, y bebía vasitos de vino astringente junto a los aldeanos. Parece que lo hacía de un modo apacible, sin cargo alguno de conciencia por lo del urinario. Quizá alguien pudiera pensar que no era consciente de lo que había perpetrado; yo estoy convencido de que sí, de que tras aquel hombrecillo en apariencia inofensivo se escondía una bestia sin escrúpulos, un monstruo que quiso dejar a la posteridad el horror de un hito inolvidable. Los mejores artistas del siglo pasado fueron los que no engendraron obras, Duchamp casi lo consigue; pero una fatalidad le hizo creador del tótem contemporáneo, el urinario del revés. Después de eso, todo han sido brillos rebeldes, genialidades pormenorizadas, estudiadas antipatías e infantiles atropellos.

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