Una cosa fascista

Hay una crónica sobre la vuelta al país ampurdanés, tras la casi definitiva derrota del ejército republicano. Representó para su autor una pieza periodística importante. Fue publicada por La Vanguardia el día 10 de febrero de 1939 bajo el título Retorno sentimental de un catalán a Gerona y está firmada por José Pla. Un aire naturalista, letras de costumbres, paisaje, gentes como adornos, cultura, nuestro moralista afrancesado más notable. Notabilísimo. Luego hay una posición política del autor. En mí no despierta mucho interés comparándola al lenguaje, a las maneras suaves, abiertas, ejemplarizantes de su literatura.

En todo caso, y por no dejar tantos hilos sueltos: José o Josep (tanto da) Pla comenzó su carrera escribiente impulsado por Cambó, cubrió como periodista internacional (al amparo de Macià) la marcia su Roma (1922), quizás entrevistara a Hitler junto a Eugeni Xammar y estuvo en la Rusia revolucionaria durante un mes para relatar aquel proceso histórico. Al servicio o no de Cambó –de corazón, se ha dicho, asistió al entierro de José Antonio Primo de Rivera- publicó escritos en órganos vinculados a las derechas españolas y catalanas. Fue ferviente anticomunista, es este el dato menos discutible sobre las ideas políticas del gran ironista catalán.

Esa crónica ampurdanesa, belleza acre. Describe una situación desastrosa y, para el autor, también esperanzadora: las heridas, pero el fin de la guerra. La victoria. No alumbra sensiblería, morbosidad, dos amenazas del periodismo prebélico, bélico y postbélico. Siempre nos hallamos entre guerras o en ellas, ley irrefutable. Está el poema de carne lacerante, aquellos combatientes ya rendidos que desfilaban por la carretera y a los que Pla afea una carencia en absoluto honrosa, de anteriores batallas románticas, “la mirada altiva y soberbia del vencido auténtico”. Están los payeses, “tradición eterna del país”, resistentes a las “locuras anarco-comunistas” del gobierno Negrín. Está el deseo, acaso ya imposible, de los largos paseos vespertinos con el párroco o el farmacéutico del pueblo “hablando de las cosas de siempre”. El anhelo de la paz, del retorno a la vida insulsa, aunque los altares barrocos, carbonizados, los camposantos profanados, despiertan tristezas y dudas del todo inevitables, íntimas al género humano. Gerona, donde el autor estudió el bachillerato, donde descubrió a Santo Tomás, a Kant y a Schopenhauer, es un campamento. Y otro pesimismo, losa en su obra posterior, la “buena cocina clásica, concreta y antigua que se va ya perdiendo”.

Es pertinente insistir, maravillas de nuestro momento histórico, en que Pla no fue un autor ni, tampoco, un hombre ideologizado. La actual erótica política, tan sensiblera, en el caso de leerle, sufriría reacciones indeseadas y quién sabe si también deseables. Pero leer es una actividad ya casi desterrada y el género humano se complace en una libertad que ni los más jactanciosos moralistas hubieran imaginado. Pla fue una persona de gustos mayores: el olor de la hierba fresca bajo sus narices y las sardinas azules que traía la corriente fría del Golfo de León hasta la Costa Brava. Su figura, representatividad, ha permanecido, felizmente, tan alejada de un franquismo militante, Iglesia de por medio, como ajena al catalanismo, digamos, pujolista; o al divino de izquierdas, para quien nunca dejó de ser un franquista imperdonable. Más o menos.

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