Arte de la gamba

Y, entonces, sin la ilusión de un futuro, ¿muere la inteligencia? “Muere incluso la vida social, que implica disposición al imprevisto y, por tanto, a la adaptación”, dejó anotado Enzo Siciliano. 

Se adelantaba así al rumor de una derrota general. Derribo del entero sistema de expectativas, de miedos acumulados, trabajados, memorizados, intelectualizados. La maza es derecho a, e incluye todas las etiquetas que puedan imaginarse, animalismos, sexualidades, libertades líquidas. 

Los que ya han caído, felices, desean arrastrar a los demás. Y el deber, aquello que se espera de los todavía discrepantes, de los que hemos llegado hasta aquí arropados por las viejas, a veces raras, melodías de la memoria -y con las que hemos de morir-, es bajar la cabeza, callar y volver a casa.

No tengo la impresión de una novedad. Más bien abrigo la sospecha de un árido estremecimiento, quizás un gran letargo. Farsa y, al mismo tiempo, concreta desmesura ibérica. 

La cuestión es de máxima importancia. Lo escribió el dramaturgo romano en su diario, año 1994: el arte de la gamba, pensar, vivir, escribir retrocediendo. No cultivando la memoria, sólo retrocediendo como la gamba. 

Les deseo un feliz y próspero año nuevo.

Aquel lejano veintiuno de diciembre

El viernes, 21D, estuve paseando la zona que amo y habito, en Barcelona. Contrariamente a la presunción, en mi barrio no vi policía, fogatas o banderas victoriosas (del Caribe). Tampoco antifascistas de negro (las modas cambian una barbaridad), ni carlistas ateos y republicanos (¡pardiez!). Por no ver, no vi siquiera a los oficiales de mi notario, tan disciplinados ellos en el café y el hojaldre de crema de las once de la mañana. Ahora que pienso, quizá sí encontrara en mi paseo a algún carlista auténtico, camino a misa, teba verde olivo, cabello marmóreo y prensa decana bajo el brazo. Respecto a esto del carlismo en el siglo XXI, muletilla periodística, todas mis dudas sobre su pertinencia. El elemento histórico que me parece más afinado referir es la constante española del insurreccionalismo. De hecho, tampoco llamaría golpe de Estado a lo del pasado año, sino una rebelión jurídica, en sintonía interpretativa con el profesor Ucelay-Da Cal. Una subversión de maneras berlanguianas, por otra parte. Aquellos agitadores que salieron a la calle temían llegar a casa demasiado tarde y perderse su propia revolución, retransmitida por TV3.

La jornada del 21D publicitaba (otra) revuelta catalana. Las calles vecinas al mar se vaciaron de apocados, el asunto ya no parecía tan festivo, folclórico como antaño. Entre centenarias construcciones burguesas, una escenografía: sirenas y hombres azules con cascos y realidades (¡La república no existe, idiota!); enfrente, fenomenología de sudaderas, capuchas y consignas de un declive intelectual pavoroso. Mientras, las alturas celebraban una cumbre ‘bilateral’. La incurable sensualidad socialista. En ese amaneramiento estaba el presidente Sánchez en la Condal, visitando al homólogo Torra. Ligoteo pseudoconstitucional, aun cuando, por tradición, los señores de Palau no confunden nunca cariño con intereses; Madrid, entérese de una vez.

Al siguiente día, sábado, el grueso barcelonés cayó en la cuenta navideña y se apresuró con las compras de última hora. La resaca del 21D sería esto, reformulación del ego nacionalista por la vía del consumo feliz, consuetudinario. También por la Lotería Nacional, sorteo que embelesa incluso a los de lazo amarillo en la solapa. Dicho de otro modo, el sábado se encendieron las luces, la orquesta sonó y París volvió a ser una fiesta, aun sobre los escombros de un bochorno. 

Epílogo: 

Según Thomas Carlyle, se nace aristotélico o platónico. Puesto en palabras de José Manuel Blecua, se es recto o curvo y nada más. He aquí el péndulo de nuestro querido repertorio, también de la vida nacional. Los trances ibéricos, si prefieren. En el meridiano de la realidad, aquel lejano 21D, ningún DNI fugó de las carteras. Ciudadanos españoles a todos los efectos, teatro, violencia, afecto.

Feliz Navidad.

Postal barcelonesa

Hubiera querido titular esta reseña postal navideña, o algo parecido. Una voz que protegiera un poco la evocación de las fechas en que acostumbramos a hacer cuatro o cinco cosas sin muchas dudas. Celebrar comidas de compromiso, enviar felicitaciones, comprar regalos y aprovisionarnos, religiosamente, de bebidas y dulces. No sé si en otros lugares patrios se conoce, pero estas fiestas son las primeras en que en Barcelona no es Navidad. Meridiano: penuria de luces (recorran la Diagonal), destierro del villancico -algunos sentirán agradecimiento-, y un belén del consistorio que tiene la exacta magnitud del insulto artístico. 

La Navidad padece el sometimiento, perenne, a la política doméstica. Entendida esta como un Tómbola (¿recuerdan aquel programa televisivo fundacional?) de 24 horas y siete días a la semana. No existe tregua, y las señoras, cuando quedan para el café, en lugar de hablar del papel couché lo hacen sobre la bufonada partitocrática del día. No nos ha hecho falta a los barceloneses un Fo que ciñera la comedia con gangas ideológicas. Aparece el presumido, diputado, alcalde o presidente regional, que bosqueja alguna ocurrencia por la noche, cuando el público dormita y sueña con igualdades, para vomitarla al amanecer. El espectáculo, sesión continua; los intérpretes, celosos de sus papeles. Aunque demasiadas veces parecen creados por Pirandello.

Trascendieron fiestas inadvertidas, hambrientas, sangrientas, felices, pomposas, nevadas. Bajo las bombas o desbocadas con la última burbuja inmobiliaria. Las de este año pasarán a la Historia, el baúl profundo que todo lo guarda, por ejemplarmente anodinas. La prudencia me guarda de un adjetivo más abultado, a la espera de los queridos comanches del procés, esos CDR. Pesa sobre el porvenir una parodia, ganas de jugar, de recrearse con los viejos cachivaches del pasado, su imaginación. Está le peuple, enemigo siempre de sí mismo: qué presagio cuando profesa el destino y, excitado, abre el baúl en acto de pureza. Algún comentarista piensa que eso encarna cierto peligro. Ya se verá. Mientras escribo, sólo es molesta bullanga. Dios no quiera que pasemos del victimismo a las víctimas.

Como buen barcelonés, y visto el ambiente, he decidido llevar al extremo nuestra más genuina particularidad, el disimulo. Esta tarde iré a jugar a tenis con mi amigo Carlos Janovas. Ninguna servidumbre, regeneracionismos zafios, la larga performance catalana y los populismos justicieros. Sobre dichos fenómenos, apunto que podrían adornarse con la gracia del maoísmo: un solo libro, uniforme plomizo y aseado pelo. Mi amigo Carlos, ya reeducable, vive a su aire y habla del amor y del dinero con la jovialidad de otras épocas. Mantiene una sentida fe en el naturalismo. “Mejor ser enemigo del pueblo que enemigo de la realidad”, decía Pasolini.

La playa era el destino

Una noche, en el cruce entre las calles Córcega y Aribau, vi un gran contenedor de cascotes. Me detuve unos minutos y observé. Era una imagen interesante, aferrada a valores y sueños, a la vida como un juego. El más inspirado dictamen que conozco sobre la civilización en flor es cuando se dice de ella que jugaba, y no le importaba morir si perdía. Después de tales opulencias milenarias, los tenderos -y aquellos perversos abogados que venían de provincias- se cargaron el mundo del Ancien Régime para instalar unos valores republicanos, guillotina mediante.

Tras mirar un rato el contenedor, crucé la puerta de la coctelería Solange, antiguo Harry’s, me senté a la barra y pedí Demerara de Berry Bros. & Rudd (1992), con Coca Cola y cáscara de naranja, por supuesto. En el placer sonaba la pompa de un Geminiani, príncipe barroco, exuberante como aquel ron vestido de whisky. Y, por otra parte, persistía el recuerdo inmediato, a la intemperie, de piedras, yeso y pedazos de añosas vigas de madera. Los desechos de una clase. Cuerpos amontonados, mensajes de raro aprecio. El vicio de saber, el chismorreo de la historia total, desde Braudel.

La historia fue así: sacaron unos obreros a los muertos desahuciados de una finca regia del Ensanche barcelonés; habían escrito las almas secas un memorial para no volver ya a ningún mundo respetable. Serían machacadas y pasadas por el cedazo para mudar en arena artificial y padecer el infierno bajo los culos grasientos de los veraneantes, en la playa barcelonesa. Vieja burguesía convertida en polvo, rebozando la piel aceitosa de un, pongamos, belga sobrealimentado. Qué hiladuras teje el destino a los hombres y a sus piedras. Pensé en la tierra poética; en la carne, traseros bautizados por la gloria de los antiguos tenderos. Había una nueva república, mas nadie parecía enterarse.

Sombras de Barcelona

De vez en cuando, prensa mediante, Barcelona disfruta de un protagonismo. Esto sería agradable, incluso sugestivo, si no fuera porque las noticias, y algunas reflexiones, tienen un tinte decaído, pesimista y hasta, en ocasiones, alarmante; de tradición ibérica. No voy yo a ser menos. Hubiera preferido ir escribiendo, como Sempronio, que Barcelona es una fiesta. O certificar que lo era y el presente se complace en ver tranvías atestados, gobierna el Café Español (terraza mayor de Europa) y la solapada tipología de mundos diversos, literarios, golfos, desordenados, campa a sus anchas. También que en Sandor continúan aquellos camareros antipáticos sirviendo dry martini helado; y que El Víbora, enseña barcelonesa, resiste al porno soez. Que el Paseo de Gracia se inunda de libros viejos y señores curiosos con gabardina. O iluminar un garaje laberíntico vecino a Gran Vía donde Sabino Méndez calienta su guitarra. Escribir sobre las medallas olímpicas, la morralla frita de la Barceloneta, el seductor Martín Girard y los escritores marxistas amantes del cap i pota y el borgoña. Pero no, venimos de las alegrías y unas penurias calzamos.

La semana pasada quedé con un notorio abogado para comer y no probamos bocado, nada que ver con las viandas ni con huelgas de hambre healthy revolucionarias. En puridad, nuestra ingesta es dolor de cabeza, amor de nombre Barcelona. Síntoma que arroja ansiedad y fatalismo. La querida urbe se ha tornado escurridiza, transformada en criatura desconocida y de imprevisibles bandazos. La imagen que hizo de la Condal algo admirable resulta, cuanto menos, anodina.

En cierto modo, y esto sería perturbador, nos encontramos algunos barceloneses -no sabría cuantificar aunque mis realidades lo confirman a diario- como aquel capitán de barco que, agotado tras luchar contra la tormenta, suelta el timón, baja a su camarote y se acurruca en la litera, dejando que el destino escoja su final.

La seducción

Leo en un diario pedagogía sobre la seducción. Debe ser dolor de cabeza persistente de algunas personas, anhelo, fantasía. El seductor, la criatura, tiene que ver con la vanidad y el convencimiento de una cierta superioridad sobre las ovejillas del rebaño; depende en sumo grado de la autoestima y un poco de la gracia en las artes del engaño. Y ya se sabe que la autoestima va a depender de la morfología, la etérea sobre todo. En este punto, la criba es cruel. Del nivel de un genocidio. Por cada Jaime de Mora y Aragón hay trescientos jeques árabes seducidos; por cada pequeño Nicolás, decenas de políticos y empresarios debidamente encandilados. El seductor sería aquel sujeto que viaja pero no desea llegar nunca al destino: “It is better to travel hopefully than to arrive”, escribe Stevenson. Es, por tanto, alguien que sueña y sabe que la realidad destruye el sueño. En tal condición, deseo nunca cumplido, se haya la energía del seductor. Cuando tiene su presa, arde en salir corriendo para buscar otra, por decirlo vulgarmente.

Vuelvo al diario: ilustra la catequesis una fotografía con dos bellos actores en actitud erotizante. Habría una imagen vacía, solo continente, poner los huérfanos encantos físicos en el asador. Dos personas en un photo call, a poca distancia del coito por la fama, no son seductores. Son dos urgencias. Tal imagen desvela la estafa del periodismo que escribe. ¿Es ese el significante de la seducción, poner cara de puta y pistolero? “La seguridad de gustar es a menudo un medio infalible para contrariar”, decía La Rochefoucauld. A unos apolíneos les puede costar poco llevarse al huerto de las vanidades a quien sea, a mí mismo sin duda, pero el asunto dista mucho de esa metáfora llamada seducción. Vemos una derrota, la sublimación de la carne, porque olvidamos el afán de Fausto, su búsqueda superior. Tememos al seductor: el cine y ciertas novelas dieciochescas, no digamos Casanova, se han encargado de subrayar el desasosiego, incluso los lodos por los que transita mientras viaja. Pero ya Voltaire nos dejó un pequeño recado: “Un monstruo alegre es preferible / a un sentimental aburrido”.

La patria y las tostadas

Quedo con un amigo atildado en un nuevo café, esos establecimientos que imitan a los antiguos, ya cerrados. Se echa de bruces sobre una sensualidad y pide cuantas cosas ve, saladas, dulces, líquidas, cremosas, obscenas como el biberón (café y leche condensada). Desafecto a ingestas matinales, pido un americano con hielo y sin azúcar. Observo, entre madalenas, zumo y cereales estalinistas, dos tostadas con tomate, aceite y sal. Atribulado, mi compañía dice que el metafísico orgullo respecto al pa amb tomàquet es otro de esos abusos de la conciencia, catalanes somos.

Ahora, cuando alguien se manifiesta en tales términos, los barceloneses miramos instintivamente a nuestro alrededor, una rápida revista a los humanos más cercanos. Entiendo que es una fase primitiva de estado de natural alerta, comprobar el terreno, algún gesto de desaprobación. Digamos que hay un ambiente propicio a la polémica entre desconocidos, y lo digo por ciertas experiencias, desagradables, que he vivido y otro día contaré.

De vuelta a las tostadas, creo, sin embargo, que la patria íntima, incluso los oscuros deseos, pueden sustentarse en una humilde rebanada de pan, y que todo lo demás es tan bonito y cruel como huidizo. Ya no tenemos a una Isabel La Católica, ni tampoco a un Erasmo de quien enamorarnos. Sólo al caudillo Fukuyama, ese desalmado que nos dejó sin historia. En Europa, el patriotismo se mide, algunos piensan que por fortuna, con lo que cabe en un plato. En España también, aunque hay diferentes grados de afectación. Una medida de lo que ha sido y es Madrid, normativa, sentimentalmente, sería su exitosa importación del pa amb tomàquet, que allí denominan pantumaca (no es una divinidad inca). En cuanto a mi querido amigo, sigue comiendo y argumentándose: “en Italia hacen tostadas con tomate mucho mejores que las catalanas”. Y, bueno, es una verdad relativa, con perdón de los puritanos de la certeza: los transalpinos, que las llaman bruschette, cortan a cuchillo el tomate maduro y lo versan sobre el pan, con aceite, sal y, a veces, albahaca fresca. Yo las he probado trascendentes, cubiertas con finísimas láminas de panceta de cerdo tibias, sudorosas.