La patria y las tostadas

Quedo con un amigo atildado en un nuevo café, esos establecimientos que imitan a los antiguos, ya cerrados. Se echa de bruces sobre una sensualidad y pide cuantas cosas ve, saladas, dulces, líquidas, cremosas, obscenas como el biberón (café y leche condensada). Desafecto a ingestas matinales, pido un americano con hielo y sin azúcar. Observo, entre madalenas, zumo y cereales estalinistas, dos tostadas con tomate, aceite y sal. Atribulado, mi compañía dice que el metafísico orgullo respecto al pa amb tomàquet es otro de esos abusos de la conciencia, catalanes somos.

Ahora, cuando alguien se manifiesta en tales términos, los barceloneses miramos instintivamente a nuestro alrededor, una rápida revista a los humanos más cercanos. Entiendo que es una fase primitiva de estado de natural alerta, comprobar el terreno, algún gesto de desaprobación. Digamos que hay un ambiente propicio a la polémica entre desconocidos, y lo digo por ciertas experiencias, desagradables, que he vivido y otro día contaré.

De vuelta a las tostadas, creo, sin embargo, que la patria íntima, incluso los oscuros deseos, pueden sustentarse en una humilde rebanada de pan, y que todo lo demás es tan bonito y cruel como huidizo. Ya no tenemos a una Isabel La Católica, ni tampoco a un Erasmo de quien enamorarnos. Sólo al caudillo Fukuyama, ese desalmado que nos dejó sin historia. En Europa, el patriotismo se mide, algunos piensan que por fortuna, con lo que cabe en un plato. En España también, aunque hay diferentes grados de afectación. Una medida de lo que ha sido y es Madrid, normativa, sentimentalmente, sería su exitosa importación del pa amb tomàquet, que allí denominan pantumaca (no es una divinidad inca). En cuanto a mi querido amigo, sigue comiendo y argumentándose: “en Italia hacen tostadas con tomate mucho mejores que las catalanas”. Y, bueno, es una verdad relativa, con perdón de los puritanos de la certeza: los transalpinos, que las llaman bruschette, cortan a cuchillo el tomate maduro y lo versan sobre el pan, con aceite, sal y, a veces, albahaca fresca. Yo las he probado trascendentes, cubiertas con finísimas láminas de panceta de cerdo tibias, sudorosas.

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