La seducción

Leo en un diario pedagogía sobre la seducción. Debe ser dolor de cabeza persistente de algunas personas, anhelo, fantasía. El seductor, la criatura, tiene que ver con la vanidad y el convencimiento de una cierta superioridad sobre las ovejillas del rebaño; depende en sumo grado de la autoestima y un poco de la gracia en las artes del engaño. Y ya se sabe que la autoestima va a depender de la morfología, la etérea sobre todo. En este punto, la criba es cruel. Del nivel de un genocidio. Por cada Jaime de Mora y Aragón hay trescientos jeques árabes seducidos; por cada pequeño Nicolás, decenas de políticos y empresarios debidamente encandilados. El seductor sería aquel sujeto que viaja pero no desea llegar nunca al destino: “It is better to travel hopefully than to arrive”, escribe Stevenson. Es, por tanto, alguien que sueña y sabe que la realidad destruye el sueño. En tal condición, deseo nunca cumplido, se haya la energía del seductor. Cuando tiene su presa, arde en salir corriendo para buscar otra, por decirlo vulgarmente.

Vuelvo al diario: ilustra la catequesis una fotografía con dos bellos actores en actitud erotizante. Habría una imagen vacía, solo continente, poner los huérfanos encantos físicos en el asador. Dos personas en un photo call, a poca distancia del coito por la fama, no son seductores. Son dos urgencias. Tal imagen desvela la estafa del periodismo que escribe. ¿Es ese el significante de la seducción, poner cara de puta y pistolero? “La seguridad de gustar es a menudo un medio infalible para contrariar”, decía La Rochefoucauld. A unos apolíneos les puede costar poco llevarse al huerto de las vanidades a quien sea, a mí mismo sin duda, pero el asunto dista mucho de esa metáfora llamada seducción. Vemos una derrota, la sublimación de la carne, porque olvidamos el afán de Fausto, su búsqueda superior. Tememos al seductor: el cine y ciertas novelas dieciochescas, no digamos Casanova, se han encargado de subrayar el desasosiego, incluso los lodos por los que transita mientras viaja. Pero ya Voltaire nos dejó un pequeño recado: “Un monstruo alegre es preferible / a un sentimental aburrido”.

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