Volver

Volver a la ciudad, tras una ausencia prolongada, me parece siempre grato. Obedece a la tradición de una existencia reglada. En el orden y en los pequeños desórdenes. En mi caso, la circunstancia que arma el retorno, su gravedad, es cuando me siento a tomar un café americano en la terraza cerca de casa (antiguo José Luis) y, una mesa más allá, el señor Bruguera, coleccionista de iconos bizantinos, pide un pincho de tortilla española.

Sobre las tazas humeantes, comienzan a posarse los rayos de un sol tacaño, farolillos extraviados de toda vida. El estímulo invariable, la tradición cínica, es viajar en una nube, sobre los hombros de Atlas, y observar a los transeúntes de la Diagonal, avenida que en absoluto puede considerarse elegante, apenas una presencia difusa, maltratada por los políticos. Próxima a la terraza hay una sauna masculina de postín, comedia de parejas clónicas, ya saben, el misterio de reconocerse mediante abdomen y magras capas de cultura material. Entran y salen de allí en loor de procesión, mientras el señor Bruguera, que ha quedado con un amigo, deja de hablar de iconos para contar las aventuras bélicas de W. Stanley Moss en Creta. Quizás, el ir y venir de aquellas almas orgullosamente dantescas le incite a pensar en la guerra, el valor, los generales nazis y los héroes de la resistencia. Cosas tan desvaídas como Bizancio.

En cualquier caso, la compostura estética de los clientes de esta terraza la convierte en una especie de jaula de micos. Curiosidad del público musculado, de la ciclista que conduce por la acera -¡por Dios, con el dinero que nos ha costado a los contribuyentes hacerles un carril tecnológico y siguen yendo por la acera!-, del que se despoja de la mansedumbre de las telas y de los sujetos que corren por correr, apresurados hacia el futuro. No es el pincho de tortilla, tampoco las mesas, huérfanas de mantelería desde que José Luis, como los gobiernos de Madrid, nos abandonara; tampoco el diligente Julio, camarero de mañanas, ni los fulgurantes dry martini. La extravagancia que aquí habita, aún en franco declive, es la pizca de romanticismo -o incluso un romanticismo severo: declaró un escritor que era esta terraza lo último que le mantenía unido a Barcelona- y el estilo epicúreo, entregarse al placer sin temor a acabar siendo arrastrados por él. 

En tal tesitura, la vuelta a la ciudad es ironía de la vida, que transcurre de nuevo por la normalidad, sus accidentes, la comprobación de un sistema en nosotros mismos.