La noche

Tengo cultivada una noche. A veces con Mastroianni, niño siempre viejo; otras bajo la luna blanca e insolente del maestro Turgueniev; y la más afortunada junto a Dita Von Teese. Vista con lentes de gallo, son miles, apasionadas en el detalle, prístino recuerdo de la peor edad. La noche sería, en la ideología del fuego carnal y sus cábalas, un rumbo literario; y quien esto no ha sentido nunca, puede considerarse un poco moribundo, una máscara sin dueño. Tuve amigos que se perdieron en sus recovecos y, quizá, porque no he sabido más de ellos, aún estén rondando por allí. Fue durante la lúgubre celda que llaman adolescencia. Leían a Bukovski, tómenlo como advertencia.

La noche puede avisar o matar, y es caso que si mata lo hace bellamente. Sobrevivirle otorga, en algunos casos, un triunfo nada desdeñable, blasón suave y ridículo para lucir en el retiro. Vivir o morir: siempre es mucho más vulgar hacerlo de día, cuando la luz convierte en planas todas las cosas. La trampa dice: asaltemos las penumbras, artificio de templos abiertos solo de noche; brinquemos entre los cepos, letanía y pompa hacia la mañana y sus terribles contratos. Montemos corceles negros, amarillos. Oiremos pasar pájaros, es nuestro segundo amor propio. Algunos verán, en todo esto, solo miserias.

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