Sábado, el café y una antena kantiana

 

Leído en un libro: los kantianos adoraban la contemplación indiferente, lo que diríamos coloquialmente estar en Babia. Ignoro qué hacían esos señores a lo largo del día, pero esta mañana, mientras tomaba café y observaba con absoluto desinterés una antena de televisión situada frente a mi casa, me ha venido a la cabeza que quizás yo posea algo de tranquilidad kantiana, también de insufrible optimismo. (Perdonen que hable un poco de mí) Cada vez aprecio más la idea, seguramente censurable, de que, si bien el mundo podría ser mejor, me parece bien tal y como es. Lo digo con respeto, alegría y distancia hacia los que piensan que todo debiera cambiar; aquellos a los que el planeta y sus circunstancias no les gustan. Quienes guardan una especie de deseo ambiguo respecto a la civilización y querrían un cuerpo a cuerpo con ella. 

Quizá conviene tener en cuenta nuestra natural tendencia a intervenir, a manipular, a tocar las alas de una bella mariposa aún sabiendo que después de eso no volará más. Es curiosa la necesidad humana de darle la vuelta a las cosas, aunque la parte hermosa sea la que está arriba, la visible. Uno comienza a asomarse al mundo, en la adolescencia, y antes de saber casi nada sobre él ya está imaginando -y, lo que es peor, proponiéndose- desordenarlo todo. Los héroes más admirados en esas edades tiernas son aquellos que lograron causarle un buen estropicio a la humanidad. Al margen de que el hombre pueda ser un lobo para el hombre, obviando también que nuestras imbecilidades provocan desgracias ajenas, el exceso de carácter como remedio a las injusticias puede hacer mayor daño que las propias injusticias. En el estilo recio del siglo veinte, las dos ideologías que pretendieron traer el cielo a la tierra -una de ellas todavía colea- causaron muerte y desastres de proporciones nunca imaginadas. Un sorbo más de café, la antena seguía allí. He logrado ver en ella un modesto brillo de belleza.