Breviario ventoso

 

Estos últimos días el viento ha soplado fuerte en Barcelona. Venía del noroeste, tierras de nuestro rey Fernando; rigurosa caricia que nos une, viejos catalanoaragoneses aireados. El viento es la historia, un saludo escalofriante. Es la suma de todas las fuerzas y constatación de la debilidad. “Me dio la ventolera”, decía un tío mío para justificar todo tipo de andanzas, cuando le habían descubierto. 

Desde el balcón, centenaria finca, he visto volar hojas como pensamientos, portados quién sabe adónde, depositados en algún lugar tras la ira. ¿Qué hubiera sido sin el viento, que conduce, frena, se lleva fresco, secuestra, susurra entre las columnas del templo? Hálito de una severa justicia, ordena el mundo entre pérdidas y extraordinarios hallazgos. Éolo es un joven bello rodeado de aves, alegoría de Rubens. Es quien lleva a los conquistadores a la tierra incógnita o, artificio del genial Wilder, levanta la falda a Marilyn Monroe. También, transformado en combatiente suicida, hace estragos en la marina de guerra americana, el kamikaze, divino viento en lengua nipona. Refresca el jardín levantino donde unas muchachas duermen, siesta de Sorolla, y sus blancos hijos excitan la locura romántica del caballero andante. Fiel a su madre patria, la ventisca siembra de cadáveres de la Grande Armée napoleónica la gélida estepa rusa, fatídica retirada de los invasores desde Moscú.

Cae la noche sobre la ciudad, un alarido recorre la calle Córcega, apéndice del ser que barre la Diagonal, a sólo dos manzanas de casa. No se me ha ocurrido abrir el balcón, sacar la nariz fuera. El viento es un querido monstruo para el género de terror. Trae las sombras hasta la casa solitaria; anuncia la muerte golpeando aquella ventana de madera que da al jardín. Victor Sjöström lo filma con maestría y belleza, cine mudo de autor, 1928. En el hotel de Cayo Largo, donde están Bogart, Bacall y G. Robinson, la atmósfera se va tornando asfixiante conforme el huracán, cuarto protagonista, ruge más recio fuera. Silba entre los párpados de Clint Eastwood, hace correr salicornios por la polvorienta calle, preludio del duelo final. Y se lleva a Rhett Butler tras cuatro horas de cargante dramón. Es una fuerza de la naturaleza que Massiel compara, indómita, al amor desgarrado que la atormenta: “Más fuerte que el viento es el dolor de no tenerte más.” Ladrón de amores, palabras, vidas. Y de muertos: en marzo de 2017 un misterioso torbellino, no registrado por la AEMET, destroza un pequeño cementerio en Zamora. Luego están los propios aires: Lope, Quevedo y Swift los subliman, tratan y se entretienen, materia seria de reyes y vasallos. 

Harto de la misma murga, me he retirado al dormitorio con la idea de dormir, pero el incesante coro, fantasmagórico, me sigue: en el patio interior de casa crea unas cacofonías muy desagradables, como de música contemporánea. He cogido un libro de la mesilla, el grueso londinense. En Battersea Park, cuando un niño torturado por la invisible violencia pide a su madre que quiten los árboles para que no haya viento, Chesterton se inspira: “No faltará pues el filósofo moderno dispuesto a mantener con toda firmeza que los árboles hacen al viento”, diserta el escritor. La conveniencia de poner a refugio la necedad o perder el sombrero.

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