La gran belleza

 

Habíamos encumbrado, un periodista poético, la policía exquisita y un servidor, la noche barcelonesa como lo hacen los héroes premodernos, al galope sobre la amistad, el forcejeo dialéctico con los queridos camareros y los verdes billetes (han proscrito los morados). Por supuesto no era sábado, ni viernes, tampoco jueves; esos días son para los que ‘quieren divertirse’. Unas horas más tarde, ya en casa, recostado en el sofá del salón hojeé unos cuantos libros, cogidos de la estantería más cercana. (Si sigo hojeando lograré convertirme en un intelectual hecho y derecho) En las páginas aparecieron personajes del todo respetables. Me servían, todavía hechizado por el perfume nocturno, las dosis precisas de un impertinente entremés. Y así se me ocurrió, no recuerdo ahora la fuente, que casi todo el arte del siglo xx, con su lógica insistencia en lo sublime -un mundo nacido de las guerras-, es la refutación de la idea amable de un tal Hegel de que el alma es bella. 

Nada se salva del horror y su disimulo en el querido veinte que nos vio nacer. Y que amamos, qué remedio, como a un padre insurrecto. Ese preludio (lector) a la gran resaca que vendría me hizo rememorar la noche, trufada de viejas bondades: gastar lo que no se tiene, dejar todas las puertas abiertas y admirarse por igual ante una pajarita bien anudada o aquella chica al fondo de la barra que parecía buscar el futuro en su copa de Manhattan. Una noche como cualquiera, en 1985, 1993 o 2019. Seguíamos incrustados en la vieja centuria: todos esos pequeños mundos eróticos, mientras la conciencia secular paría y volvía a parir monstruos como Miley Cyrus, el gazpacho de sandía, Nanni Moretti, el Sex on the Beach y las camisetas de la alcaldesa.

Abrí otro libro al borde del sofá, decía más o menos: el alma contiene un infierno, por eso en un mundo conflictivo, liberado y jacobino, que se ha cansado del naturalismo, el arte es la comunicación del espanto. El héroe Des Esseintes dice que la naturaleza, “esa sempiterna vieja chocha”, es un modelo agotado para los artistas. La más exquisita y bella de sus obras, la mujer, ya ha sido replicada por el hombre con la locomotora de acero, se afirma. Con eso, el acero dios, llegaron los ismos subversivos, inspiradores francos de ismos sistémicos: comunismo, fascismo, nazismo. (Y las camisetas, vuelvo a pensar.) Cirlot listó todos los ismos; mis amigos y yo, unas horas antes del fin, los diluimos con ron, ginebras y piedras de hielo.

La resaca comenzaba a sustituir al encanto. Era como una infantería pisando la hierba. Todavía resistí, parapetado en unos versos. Supongo que nos gusta la postración al dios Baudelaire, la cosa de que no existe belleza sin nostalgia, sin tristeza, sin infelicidad, en suma. Hoy día, doscientos treinta años después del Gran Desastre Fundacional, el empeño del arte y del folclore político es manifestar que se siente libre e irresponsablemente responsable, por encima de cualquier convención. Un mensaje imponderable del capitalismo con conciencia social, es decir, cínico. Los rayos del sol entraron, groseramente, en el salón. Rebusqué entre decenas de cajitas de papel con nombres maravillosos. Pero no encontré aquella pócima que se fabricaba en San Gervasio, Barcelona, renacimiento en polvo efervescente. Cerebrino Mandri. Lo habrán prohibido nuestros más severos nostálgicos, probablemente.

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