El juicio

Es martes, día en que comienza un juicio del Estado al Estado. Togados examinarán a díscolos representantes del viejo Leviatán. Se obtendrá, así, una clara imagen de su estructura ósea y los sistemas somáticos. De los adornos orales, de la estética, aflorarán detalles que los más sensibles fijarán para la literatura mundana. No digamos el acecho del periodismo, en sí un juicio no ya al Estado (las sospechas sobre el tribunal han sido aireadas para gusto del inquisidor que en cada español se amaga), sino a una entera sociedad, con sus alambicadas miserias, temores, irritaciones. Luego vendrá incluso el metaperiodismo, juicio del oficio al oficio, que es como un Estado también, pero asilvestrado por sus discusiones éticas. 

En España no ganamos para tanto tribunal. Toda la vida, armada de tragedia, deslices y pasiones pasa por el gusto del dictamen. Es el españolito un enamorado que busca sentencias a cualquier cosa, que si no anda perdido. 

Y en esto, el juicio, necesaria higiene institucional. En Barcelona, hoy, día soleado, las gentes han ido a trabajar, toman café en las terrazas, abren y cierran los periódicos; continúan fijadas en sus asuntos rutinarios. El daño está hecho: se habla en voz más baja, o no se habla, se tiene una grave y general sensación de apagamiento. Todo eso por lo que se celebra el juicio está anotado, registrado en el peregrinaje del barcelonés, que cada vez parece más un personaje novelesco, en busca de un tiempo perdido. Habrá sentencia, no satisfará a nadie, así son las buenas sentencias. Mas en mi ciudad reinará, por mucho tiempo, la presunción de unas culpabilidades tan enmarañadas, capilares, complejas, mientras nos vamos, literalmente, hundiendo. 

(Nota del hundimiento: nos falta un día, un honorable acusado, un don para sobrevivir.)