La bodega y la revolución

 

Hace unos años, sería antes del procés, entré en Quimet, una oscura bodega del barrio de Gracia. Son estas instituciones del todo barcelonesas. Abarrotadas los fines de semana con el canónico vermut familiar, en los días comunes hacen caja con cuatro parroquianos y las señoras que compran vi blanc del Penedés para cocinar. Todavía quedan unas cuantas con solera. Solían estar regentadas por un viejo matrimonio (ella ineluctable bata azul de cuadros, él de calle) que vivía en la parte trasera del local, y, como disponían de cocina, uno podía embaularse un plato de cap i pota o unas albóndigas con sepia y degustar la vieja acidez del Priorato. Desde hace tiempo, la moda ha tocado muchos de estos establecimientos con sus habituales delitos: en aquella bodega sonaba música, los camareros vestían delantal negro y al llegar a la mesa te decían “¡hola chicos!”. Asperezas del progreso.

Recuerdo haber pedido anchoas de la Escala y un vaso de cerveza. Escruté entonces el ambiente. A unas mesas, un púber gritaba, excitadas sus imbecilidades de púber por el alcohol, en medio de un ritual que sólo los más crédulos denominarían conversación: ¡No me quiero morir sin ‘mi revolución’! Instintivamente, miré mis zapatos Santoni. Su piel había acumulado, por el uso, el exacto y deseable primor, aquel del cual los viejos ingleses hicieron un propósito grave. La voz aguda del pimpollo, el atropello de tópicos, la atribulada necedad, trajeron a mi mente una conexión resolutiva: la punta del zapato derecho y el culo insurrecto. Probé las anchoas, ajamonadas (Pla se hubiera ofendido, a la manera suave de un ampurdanés) y acabé la cerveza. Cuando salí por la desvencijada puerta, todavía los cristales adornados de adhesivos de La Casera y Estrella Damm, el púber proseguía la anhelada revolución, ya en su entelequia subido a una bicicleta municipal (nada de caballos) y atropellando burgueses encorbatados, u oficinistas, con tal que llevaran corbata.

Recuerdo esta anécdota y al maestro F. Furet: un hilo de la historia, de la cultura política, reproduce tal tipo de escenas y palpitaciones, el moho estético de un Marat, o del Che. La lista de héroes es abultada, también sus millones de víctimas. Sí, la gran revolución fue, en cualquier modo, una gran matanza (hay muy pocas revoluciones civilizadas), inaugural de una fértil época ideológica. Presuntamente finalizada en 1989. Una reunión de mocosos borrachos no es el fin de nada, pero podría ser el principio de algo. Las capacidades del ser humano, en sociedad, son inmensas. Lo ponía, con ironía, Woody Allen en boca de uno de sus mejores personajes, el inefable Harry: “Los récords están para ser superados”, referencia al último holocausto.

Llegando a la calle Balmes, que siempre me salva de los pesimismos, evoco el procés, todos sus días gloriosos, la cárcel y las fugas; y el juicio de estos días. ¿En qué andará hoy nuestro héroe revolucionario de vino agrio de bodega? Miren, voy a ser secamente optimista: a pesar del enorme precio, el procés habrá servido para darles una revolución a todos esos torrentes de natural subversión adolescente y, después, para plantarles un bofetón colmado de realidad. Transitarán el resto de sus vidas con el debido sosiego. Sosiego en ellos, en los hombres con corbata, en las bodegas supervivientes. Ah, y, cómo no, paz para mis espléndidos zapatos Santoni.