Con mucho amor

Estoy en casa, veo en un canal naturalista una película documental sobre la amistad entre un león y un leopardo. Decir amistad para referirse a dos felinos salvajes de rara relación afectiva sobrepasa cualquier ilusionismo intelectual. A no ser que lo acuñe Disney, factoría de historias morales con animales. Ortodoxia, vía Andersen y otros cuentistas. Servicio a la Humanidad, de cualquier modo: necesidad de que nuestros queridos infantes vayan pasando páginas y ritos bajo el antiquísimo y nunca demodé faro de elección entre el bien y el mal.

En todo caso, fuera del bello imperio Disney, la fecundidad del sentimentalismo no conoce vergüenza; y aparece entonces el libertinaje, la piratería anglosajona. El narrador del documental, iluminando una escena de lenguetazos entre los dos mininos, insiste en la cosa del cariño. El cariño, deidad profana, engrase estético. Y sus derivaciones: aventuras de la corrección; por favor, no soliviante nadie un mundo de pieles adultas e imaginación de corazones delicados. Tsunami empalagoso, fenomenal potencia.

La fórmula poética, de andar por casa, es que todo deberíamos hacerlo con cariño. Una tortilla, un cenicero de arcilla o aquella bonita bufanda de lana. Con tanto afecto, nos encarcelamos tras barrotes de anómala sensiblería, felices. Luego aparecen, oh Freud, los derivados acomplejamientos. Si alguien afirma que lo que nos ha cocinado y está en el plato es fruto del amor, mejor levantarse y adiós. A no ser que esté uno pensando en bajas pasiones. Un rabo de toro, por ejemplo, hay que prepararlo con cierta técnica y sabiéndose la receta. Por qué inundar el mundo de amor: la alternativa para no asfixiarse sería el odio irresponsable.

No me muevo del sofá. Los felinos siguen allí. Retozan en la sabana keniata, gran plató. Pienso entonces que la más formidable acepción de la ternura sería que una de esas bestias me devorara, para gloria de la verosimilitud y de la poesía.