A pie

La inolvidable belicosidad del taxi -una más a anotar para el ambiente barcelonés de esta época-, me ha convertido en paseante convencido. Tal cosa anima a escrutar los límites propios y ajenos del Blödsinn (de Schelling) sobre el terreno. Es un paseo incrustado tanto en la revelación del filósofo berlinés como en la antipatía impuesta por un sentido pernicioso y reaccionario de los derechos, en esta democracia liberal de sentinas inundadas.

Advierto, en todo caso, que no se nace paseante. Como decía, ciertas eventualidades pueden alumbrar una militancia, usar las extremidades para alcanzar el mundo. Nada de montañas nevadas, tampoco el paraíso en la tierra, qué perezas. Llegar al pasaje David de las sorpresas (a veces desagradables); flotar sobre el suelo aterciopelado, levemente en cuesta hasta la barra, del Pub 2’40; comer un arroz con conejo en Soteras a las dos de la madrugada; haber pasado revista a la fila de espectros fumadores en la puerta del bingo de Conde Urgel; recorrer el desierto Pedralbes un domingo. Tengo la convicción, cuando serpentea mi fantasía llevada por estas columnas, de que quien descubrió Barcelona no fueron aquellos íberos, ni Vargas Llosa; fui yo.

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