Harakiri barcelonés

La escritura es fina condena; el cronista, prácticamente, un apuesto enterrador. En esta querida afición cuentan siempre los ambientes, Barcelona en el caso. Según un cálculo aproximativo, mi ciudad condiciona hoy, como lo hizo en algunos momentos importantes del pasado siglo, la producción literaria de este país eterno. La escritura local flâneur, Sempronio, Joaquín M. de Nadal, se antoja recuperable: acto de fe y notas para un obituario.

Bajo esa romántica misión, aireo la nariz por el imperio cuadriculado de Cerdá, donde habito. Si uno quiere alzar sobre el ayer una cierta idiosincrasia, estilo melancólico, la Condal posee dotes inmaculadas. El pasado que fue, competencia a Madrid, y la manera en que hoy se retuerce, al galope sobre las paradojas de la nueva política. Es este un sarcástico lenocinio. Tenemos el gótico falso, la playa grasienta y Gaudí escarnecido; al burgués oprimido con lazo amarillo en la solapa, casa en la Cerdaña e hijos anticapitalistas; al President huido y su ventrílocuo, a la alcaldesa bisexual, al futbolista politizado y al ejército de abogados (parece que de ultraderecha) abrazados al cumplimiento de la ley. Por recordar también algunas pérdidas, teníamos unos miles de empresas más que ahora; y el orgullo antiguo de ciudad mediterránea. Un querido amigo barcelonés, bregado en roces, me comentaba hace poco el paisaje de nuestra más célebre calle, La Rambla. Continuidad de souvenirs, turistas pegados a pozales de cerveza, tiendas de chucherías, paellas precongeladas, estatuas humanas. Pero la circunstancia trágica de Roma no es que el Coliseo esté ruinoso e inservible, sino que no haya ya romanos que lo usen.

A unos kilómetros de aquella tragedia ramblera, puede trazarse un itinerario de charm burgués, biempensante; aunque quizás sea arqueología. Caminando la calle Jaime Balmes, príncipe conservador, me adentro en una librería de gusto gauche. Vago entre las salas y acabo en una donde una chica presenta un libro. De su parlamento, micrófono en mano, rescato las siguientes cacofonías: “libro guay”, “emociona mogollón” y la deliciosa confesión “voy a hablaros del libro en plan aquel comentario de texto que hice en el instituto sobre Galdós y que no había leído” (risas). Es común que las carencias intelectuales se suplan con ideología. En el caso de esta chica se suplen con nihilismo de colegio, parece. Echo una ojeada instintiva a mi alrededor, con la esperanza de que Marsé ande por aquí y monte un literario escándalo; pero no, solo oigo un crujido hondo que proviene de la estantería en que dormitan Kant y Schopenhauer.

Con ánimo luciferino, compro un libro sobre la heroica del kamikaze y me lanzo a la atronadora calle Mallorca, frente a las Esclavas del Sagrado Corazón. En los paseos barceloneses uno suele toparse, de vez en cuando, con advertencias metafísicas, la necesidad de autodisciplina. Así, enfilo el paso bajo las celindas del Pasaje Mercader. Ya luce la primavera, la violencia de sus colores, hecho cultural que acota la institución del paseo a la circunstancia del otoño, el cromatismo parisien. Pongo la vista sobre una pequeña verja, en la parte alta de esa breve y agradable vía. En efecto, mi rumbo, escrupulosamente clasista, hace escala en Belvedere, su pequeño jardín con mesas de hierro, farolillos y enredaderas. Un lugar donde, a la luz de un dry martini, hojear el libro recién adquirido y, si el espíritu lo pide, comerse un steak tártaro o una perdiz alcántara rodeado de maderas y cuadros con marcos dorados, conversaciones discretas y silente arte del servicio.

Abro mi libro al azar y encuentro a Minamoto no Yoshitsune, quien a los treinta años se hizo el harakiri; paradigma de la derrota heroica, o cómo llegar a la victoria por la derrota, en palabras del autor, Ivan Morris. Veo estos asientos de piel en Belvedere y las proverbiales maderas, la barra acariciada incontables veces, los vidrios flagelados por el tiempo. Se hace uno la idea de la fragilidad, también de los caminos victoriosos, y las paradójicas derrotas. Constato una circunstancia barcelonesa, refiere a esa clase social que puso el escenario para un mundo feliz y que está ahora cimentando su ocaso. Despidiendo una época quizás. Síntoma de esto, y su gravedad: el despiste total en las formas, que todo lo son.

Pasan las horas, en la terraza hay un escritor, una anticuaria y un incipiente romance. Las esferas del entretenimiento se solapan, los negroni marcan el crepúsculo. El farolillo de la entrada resucita, dickensiano. Un manto oscuro no detiene la urbe, sólo acentúa sus contrastes. Camino a casa me cruzo con dos asuntos humanos: un viejo premio Planeta que trata de articular una frase mientras batalla, llave en mano, con el portal de una finca modernista. Es admirable lo que el alcohol ha hecho por la literatura. En Enrique Granados, solazada por sus terrazas, veo a un viejo cosaco rebuscar en un contenedor de basura. Rememoro el haiku escrito por un kamikaze muerto en combate con 22 años:

“¡Si por lo menos pudiéramos caer

Como flores de cerezo en primavera

Tan puras y radiantes!”