Maribel

Ella vino de un tiempo en que las bombas enloquecían España. Su padre reparaba obras públicas conforme la guerra se iba retirando. En las cronologías últimas de este país, aturdido por cierta memoria, no cabe elusión a unos hechos tan rocosos, nuestros belicismos y el régimen nacido de esos. En todo caso, de guerra a guerra viajamos por la historia, y a Maribel lactante le tocó la suya, sin más heridas de las que una tierna conciencia pueda comprender. Un abuelo asesinado y la severa capa de dolor, esperanzas y penumbras en postguerra, tal y como Pla, por ejemplo, nos contó.

Más tarde, adulta, fueron dos los escenarios. En el ámbito del largo veraneo, Ibiza. Toni Roca, en Diario de Ibiza, anunciaba con alharacas su llegada a la isla. Allí conoció y compartió vida con un insular, Albert, el hombre de las mil exposiciones. Por aquel tiempo, el precepto del gold gotha mundial era poder refugiarse en algún lugar bello y, sobre todo, discreto, donde nadie molestara. Y la isla fue tal refugio. Rescato un poco el ambiente, del que tengo imágenes fijadas: Julio Iglesias en Sausalito, la casa cercana de Ursula Andress, el viejo Pachá de Urgell, la boutique Paula’s, los desayunos continentales en la terraza del Montesol, las comidas en Can Alfredo, cuyo propietario en realidad se llamaba Juanito. La crónica se tejía con Luís Cantero, que un día organizó una sesión de fotos (con chica, claro) en el jardín de casa; con el cántabro Josechu, en el restaurante S’Oficina y las alargadas sobremesas; con el torero Augusto y su coyote; con el vecino Víctor Palomo, piloto de motos, lisiado, que llegaba hasta la orilla del mar, tiraba las muletas y se lanzaba como desde la línea de salida. 

Y Formentera. El guiso de tortuga, el viejo Seiscientos que transportaba desde Ibiza la barcaza Joven Dolores. Gabrielet, intérprete del clasicismo, amigo en Roma de la reina Victoria Eugenia, dibujó aquella lagartija azul que luego la masificación hizo estandarte de la menor de las Pitiusas. Allá compró Maribel un chiringuito, Can Tranquil, a donde acudía el citado artista a tomar una cerveza y darse un baño con su cabra. En la extraña selección que el bisturí de los recuerdos disecciona, están las botellas de Pepsi Cola y, bajo cada chapa, un dibujo de los planetas del Sistema Solar. Esto sucedía a finales de los setenta. No había italianos catetos con camiseta de Dolce&Gabbana, ni futbolistas comiendo langosta mauritana, ni esa pasmosa legión de belleza eslava que entiende el mundo como un inacabable tocador. La libertad puede desplegarse, en efecto, como un campo de afectos letales, ofensivos.

Fuera del veraneo, en Barcelona, Maribel dio clases de filosofía, y fue queridísma de sus alumnos de un colegio de San Gervasio. Parece ayer, los actuales campeadores del independentismo, en silencio, tomando notas sobre Kant. En la ciudad Condal gustaba ir al restaurante Pitarra, las manitas de cerdo, el ambiente de artistas conocidos y burgueses que bajaban a las calles angostas a comer y luego darse una vuelta por los laberintos de la vida. 

Hija de los dioses de la ternura, Maribel marchó este mayo del mundo material. La última vez que la vi, en la clínica, cogí su mano y ella apretó la mía. Era una mano temblorosa, frágil en apariencia. Me pareció su energía el mensaje concentrado de toda una vida, los tiempos en que me llevaba a Plaza Cataluña y me compraba almendras garrapiñadas y un balón de plástico; del amor que nos iluminó, que nos hizo discutir a veces, de este sentido pletórico que ahora han tomado las cosas, con su tragedia. Leí en los Essais que las penas nada arreglan porque lo hecho no tiene vuelta atrás; lo traslado a la íntima tristeza, no sé si sirve como ejemplaridad. Queda el objeto del afecto, el hilo de las añoranzas. La descriptible impresión de que te has ido, en cierto sentido, aunque temo que no lo hayas hecho en realidad. Siempre en mí, Maribel.

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