Mundología barcelonesa, un club en las Ramblas

El taxi trazaba, ritmo indolente, el asfalto de las Ramblas. No sonaba al saxo la melodía de Bernard Herrmann para la pieza de Scorsese, tampoco era de noche, pero caía una fina lluvia sobre el capó y el destino de la ciudad. Dentro del auto, un modelo Skoda del que nunca debieron producir tantos ejemplares, todos los olores del mundo. Una voz metálica, monótona, era la banda sonora del trecho. El conductor miraba impávido al frente, diría que se amansaba, con cierta desgana, en la letanía urdú que exhalaba un viejo Samsung enganchado a la guantera. Me fijé en su nuca montañosa; de vez en cuando, como un automatismo, la acariciaba la mano derecha, quizás un gesto reflexivo al inalterable sermón del móvil. 

Fuera, tras la ventanilla, vi multitud de tipos humanos, y todos tenían un común denominador, como si hubieran sido producidos en la misma familia y bajo idénticos preceptos: eran turistas. A pesar del tiempo, un tanto desapacible, destapaban considerablemente sus cuerpos, piernas al aire, brazos desnudos, barrigas al viento, conquistadores de la augusta Barcino. Advertí un gusto generalizado por la fruta, muchos de ellos portaban macedonia en vasos de plástico, mientras se admiraban de las maravillas que el viejo bulevar les había reservado. A ellos, venidos de una aldea de Lusacia o de un suburbio de Liverpool. Camisetas del Futbol Club Barcelona, estatuas humanas, coloridos menús kebab y, al fondo, Colón señalando al mar.

El taxi se detuvo, aboné el viaje y bajé; lo vi alejarse como un hastío, el convencimiento de nuevos encuentros con sus profundidades, hundido el culo en los asientos de skay. Atravesé una fila de blondas que esperaban el turno para comprar helados y empujé la puerta de un club. Qué bien hacen ciertas puertas cuando se cierran a nuestras espaldas. Asia y el imaginario guiri con chancletas quedaron atrás, fuera de un mundo en que el silencio, la breve bienvenida del bedel y las maderas viejas eran alivio. La secuencia guardaba otros hitos: un busto de Juan Carlos I, la placa de los socios “caídos por Dios y por España” y el ascensor modernista más longevo de Europa. 

Luego, encadenándose, vinieron felices coincidencias. Sobre un mantel blanco, habas a la catalana, albóndigas con sepia, vino de la Rioja; compartiendo mesa, la policía exquisita y el periodismo noble (existen, sí, ambas categorías). Por los ventanales veíamos ríos humanos, coloridos, revueltos en nacionalidades. Parecía una corriente de cándida dicha, aunque la calle está en su momento histórico más vulgar e impostado. Desde el club podía corroborarse este extremo, también la alucinante pérdida de influencia de sus socios. Hay un deporte barcelonés y burgués predilecto: el lamento. No cejan las elites en su empeño de parecer y comportarse como perfectos burgueses -el patrimonio a salvo-, si bien, gracias al procés, han acentuado su provinciana sombra. Ya se murmura en los salones, entre cuadros de Ramón Casas, dorada época, el riesgo que acarrea pintar muy poco en política. 

El policía, albóndiga ensartada en un tenedor, recordó la furgoneta asesina de 2017, los bolardos y las miserias morales que, puntuales, afloran tras ese tipo de crímenes. Pero el tiempo es un fin en sí mismo, reviste de olvido y desdén todas las tragedias, invariablemente. Las Ramblas soportaban su historia, ya hecha de baratijas y paellas congeladas, indómita de noche. En el club, al lado del piano, el cristal se emborrachaba de Laphroaig. Nos hubiéramos quedado allí, entre hilos de tabaco, hasta acabar el siglo. Observando el definitivo trance de la ciudad.

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