Reivindicación de los versos

La civilización es frágil y muy cara (en ambos sentidos). Foxá escribe en Un mundo sin melodía que la civilización está acabando con la poesía del mundo. Han pasado décadas y guerras desde los paseos diplomáticos del conde; pienso que más que acabar con ella lo que hace es dotarla de futurismo y confort, o petulante distracción, cosas que caben en la poesía.

Entre versos, de hecho, cabe todo. Seamos prosaicos, of course. Uno puede cantar episodios que den fe del sentido de pertenencia y amor a nuestro querido y viejo mundo. Se puede estar dispuesto a gastar bastante dinero procurándose una civilización. Haciendo proselitismo de ella. Gastar y gastarse, efectivamente; mantenerse erecto y torcerse con algunos accidentes, para ser modélicos. La fecundación de los afectos, vivir por encima de las propias posibilidades, beber muy bien y alejarse de esa silvestre masa al acecho que anhela (no finjamos ignorarlo por ningún tipo de corrección) la destrucción de la ejemplaridad y sus deliciosos errores. Tal ejercicio, sin embargo, no nos convierte en poetas; más bien en soldados.

¿Una nueva poesía civilizadora? Sensual, fatídica, alegre y sedosa como una corbata Marinella. Viva la involución. Lo escribo con ánimo constructivo, aunque no tenga ninguna intención más allá de proponer o importunar: plácida y perezosa imaginación. En la política, que es poesía triunfante de hoy, la civilización expira su último aliento.

Foxá puede significar un fin y un comienzo, por la prosa, la invitación al imaginario perdido y el afilado sentido crítico. Vanos deseos, arrojados al pozo de la ignominia, porque al conde, antes que recuperarlo, se le aplica una pena capital pendiente, después de cincuenta años de desaparecer su gorda presencia. El trabajo civilizatorio, entendido como un testigo, se encuentra desahuciado en el sistema educativo. Preferimos un compromiso blando, la preparación al resquemor en el esquema (binario) español de ayer y hoy.

Necesitamos con urgencia a los poetas. En las páginas invisibles, en la cola de silencio que dejan las palabras, una vez pronunciadas. En los trenes, en las ruedas de prensa y entre las sombras. Bajo las almohadas de los palacios. También detrás de la barra.