Isla de Vis. Notas desde el Adriático

Patio en Vis capital

La facultad humana de sorprenderse debe ser inagotable. Entre otras cosas porque todo viviente se considera único e irrepetible, aunque exista la posibilidad de que no seamos ni únicos ni irrepetibles. Allá donde uno vaya, quiero decir en las fronteras de la sexy Europa, tiende a conocer los límites propios. Manifestaciones de dudoso gusto y principios relajados. Si Europa es bella en apariencia, es fea en el detalle. Alimenta y hiere en idéntico grado.

Los Balcanes, según encantadora y británica apreciación, serían los pies del continente sagrado; normalmente insoportables, felices en muy raras ocasiones. El tópico es el rincón polvoriento, los Mercedes robados en Alemania y las montañas violentas. Pero el mar es civilización. Croacia tiene una bella costa y maravillosas islas, si bien sus infraestructuras son algo viejas. En materia de hospedaje no se ha completado aún el tránsito entre el gris yugoslavo y la denominación boutique; ambos subsisten, aunque el primero sea casi inevitable porque, al final, la clase media croata sigue siendo estéticamente yugoslava. Así que si uno gusta de la nostalgia, por aquí se pueden ver estampas veraniegas que recuerdan a los setenta o antes. La guerra pasó, nadie diría que hubo una hace solo veintitantos años. Los niños juegan en el agua, felices, mientras sus padres conversan con los vecinos de toalla.

El extremo este de la bahía de Issa

Vis fue una isla militarizada y prohibida a los extranjeros hasta la caída del Muro de Berlín. Montañosa, la pueblan pinos, olivos, viñas, romero, rúcula y salvia. Y, como en el Jónico, los cipreses se elevan sobre las mismas orillas del mar, imagen de clasicismo irredento. La cuidan los pescadores, granjeros y viticultores, con algo de sentido monetario. Pero debe también considerarse un accidente antiguo, la indeleble visita de los griegos y la graciosa arquitectura de la Serenissima.

Lo que traen en sus barcas los pescadores es poco y bueno, pajeles, gallos de San Pedro, alguna lubina, doradas, escórporas, pero, como pasa en el Egeo, se tiende a cocinarlo un pelín más de lo deseado (generalmente en brasa de leña, en la ‘peka’ o campana de hierro). En Vis la anchoa fue industria, hoy solo quedan resquicios de aquel pasado. El vino local es muy agradable, elaborado ya en atención a criterios orgánicos. Tengo entendido que existe entre la población una tendencia conservacionista de los productos autóctonos, lo cual es una feliz noticia según el principio de no sembrar el capitalismo de monotonía. Por lo demás, Italia fue y sigue siendo una nación poderosa, incluso antes de ser estrictamente Italia, y esto se percibe en la mesa y las posibilidades comunicativas con los nativos si no se habla croata.

Tuve oportunidad de visitar el restaurante Senko, casita sin luz eléctrica situada en la cala de Travna, donde se cocina casi íntegramente con productos de la isla: pescado, queso, aceite, vino, verduras y hierbas. Este lugar conserva algunas reminiscencias estéticas. Yugoslavia, en los sesenta, organizó la cumbre de los Países No Alineados, una suerte de ‘tercera vía’ en el contexto de la Guerra Fría. Eso le permitió al Mariscal Tito mantener buenas relaciones con ambos bandos y que las fronteras de la federación fueran blandas en comparación a otros regímenes vecinos. Como derivada, Yugoslavia recibía muchos turistas, algunos ideológicos: entre la izquierda occidental surgió una cierta fascinación por aquel socialismo amable. Creí contemplar sus reminiscencias en el restaurante Senko, me recordó a la Ibiza de los setenta. Unos principios beatnik aderezados con el posmodernismo ecologista. A un cliente británico le mandaron a lavar los platos de la comida en la orilla del mar, en atención a la solidaridad comunitaria.

Adriáticos spaghetti

Aunque alguna guía no lo indique, otro buen restaurante de la isla es el Pojoda. Está ubicado en el extremo este de la bahía de Issa, lugar pintoresco de callejuelas adoquinadas, en apariencia mejor conservado, y más apacible, que el centro de la capital. Pojoda se enorgullece de un patio bonito, con naranjos y limoneros y un gato obeso y perezoso que dormita a los pies del propietario. Un señor grueso, casi siempre sentado a la entrada de la cocina, en un extremo del mismo patio, respirando cigarrillos con frenesí. Este hombre parsimonioso y de muy pocas palabras, conduce desde su silla -rara vez se levanta- y con brazo de hierro al personal, que es muy eficiente. De vez en cuando, algún hijo de la Gran Bretaña se acerca a saludarle y decirle que volverá a visitarle el verano próximo, una vez más. En verano la clientela de este lugar es europea y americana, venida de paso en algún yate de ruta por las islas. Esto quiere decir que se junta el dinero, la exigencia y la buena fama, así que en Pojoda si no es temporada de cigalas no te las darán o si las doradas no tenían un buen tamaño no las veremos en la bandeja que transporta el camarero de mesa en mesa. Como curiosidad musical, una tarde sonaban entre los naranjos The Animals, Television y Percy Sledge.

Una noche, en un lugar de nombre Bako, comiendo una escórpora, las vistas del pueblo eran terrific, lucecitas sobre el mar y una brisa privilegiada. Como el vino malvasia de Korčula, feliz, agradable, mediterráneo. Pero los humanos tenemos capacidades irreconciliables entre sí. En la mesa de una familia tipo croata, la hija de unos ocho años recibía llamadas al móvil, se levantaba y se sentaba poseída, viendo sin ver aquel escenario dionisíaco. En otra mesa contigua, el hijo pródigo, unos seis años, pasaba todo el tiempo mirando el ipad, excepto en los lapsos en que mordisqueaba una cigala como si fuera una big hamburguer. Noticias del futuro, desde el mar Adriático.

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