Obituario

Ha muerto un hombre. Sería exagerado decir que nos ha dejado un héroe. Aunque, en cierto modo, lo fue bajo la idea de una heroicidad en zapatillas. Aquel ser hecho tras la última guerra civil europea (los españoles, siempre audaces en el matarse, la hicimos tres años antes que allende los Pirineos). Modelado por la vida, tras la destrucción. Las posguerras -lo enseñó el cine italiano de realismos en las calles romanas- excitan la inteligencia con su abrumadora energía, urgencia por inventarse. El hambre, simbólica y estomacal, crea la mejor literatura, el ingenio sensual por sus exigencias. Italia, hablando de los transalpinos, no era tan bella e ingenua como tras la contienda, todos aquellos vitelloni bailando sobre los cuerpos de casi medio millón de compatriotas. Pero volvamos al héroe caído. Crecido en el franquismo, boda franquista, pisito franquista, oficina franquista. También educación franquista, si bien sobrevolando el curioso principio de “cada maestrillo tiene su librillo”, se cinceló en las nociones de un cura maestro que acudía a las barriadas pobres todas las tardes, al salir de la escuela. Le llamaron a eso ‘conciencia social’.

El finado y su señora, urbanitas de provincias, salvaron ambos todas las brusquedades y apatías que cincuenta años procuran. También las estrecheces de un país que se decía ‘en vías de desarrollo’. Ella era mujer de su tiempo, acondicionada por un modesto pero buen trabajo en una caja de ahorros: el presentimiento de una existencia más o menos cómoda, bajo las certezas de la larga postguerra, alargada hasta 1989. Así, los severos años cuarenta y cincuenta fueron enterrados después de la visita del mandatario americano y la conversión del régimen en dictadura turística. Dinero, visitantes y paulatina adaptación generacional a los bordes del rancio sistema. Y cuando llegó la Constitución, España ya se había hartado de tocarse, de leer libros ‘prohibidos’ y de parecerse a las hechuras estéticas del régimen del General. La literalidad del sexo (los atribulados y la medianía intelectual lo llaman ‘género’), el sistema de relaciones, de afectos y desafectos, no estaba acogotado ya por ninguna ideología romántica. Tampoco por el autoritarismo actual, mucho más simulado y capilar, extendido cual manto de (mala) conciencia. La democracia incidía en esa cosa llamada ‘centro’, única manera de gobernar este apéndice, esta fortaleza al sur del continente. Entonces fue cuando el héroe en bata y zapatillas se miró al espejo y le dijo a su mujer que se veía ‘de centro’. Una compostura ya en pleno desgarro, gracias al denodado esfuerzo de un tal Zapatero.

Todo eso -los detalles de una vida- ha quedado en el olvido de esta nueva era, que los desprecia como el joven mata por ocupar, cultural y físicamente, el espacio que habitan sus antecesores. Hay un lazo paradójico desde la dura postguerra hasta el ahora, desmadrado en una novedosa reinvención del fascismo, criatura que se alza salvadora. Nuestro héroe, viejo régimen, anodina normalidad (puesto, casa, coche, hijos, felicidad y orden pequeñoburgueses) yace bajo el cielo estridente, voluble como un poeta feliz. Hoy, tiempo huidizo, en que ciertos valores se toman en solfa, quizás haya hecho bien en morirse.

(Nota publicada en Ok Diario)

¡No pasarán!

Las iniciativas del nuevo gobierno se conducen como era de esperar. Son de carácter propagandístico, pues el gabinete -y sus posibilidades de acción- está sujeto a la veracidad de las cosas. La extraña sensación de que hay una realidad obstinada en su desesperante naturaleza. Para un grupo de señores (ministros) llegados a Moncloa con las mochilas henchidas de fantasías políticas esto parece cruel. Da igual el cargo que ostente cada cual: es un gobierno de propaganda y fuegos de artificio, poco más. Y garantiza una continuada guerra cultural, espacio único de la izquierda. Elemento ignorado, despreciado por la derecha durante demasiado tiempo. El lema “¡No pasarán!”, que hizo célebre Ibárruri, apasionada de Stalin, no sería original del bando republicano español, pues parece que ya fue usado por Pétain en la Batalla de Verdún contra unos alemanes ignorantes (todavía) del fascismo. De cualquier modo, su popularidad se acerca al actual estado de la política nacional. La machacona demagogia poblada de fascistas y comunistas, tan nostálgica de los desastres del 36. Admitiendo que España, por no se sabe qué prodigioso efecto temporal, se ha llenado en cuatro días de fachas, conviene comprender la alarma de la gente decente, viceministro Iglesias, mujer y acólitos. Arderán los enemigos de siempre, desdoro fascistoide. Bien, para tal trascendental misión Sánchez ha declarado la emergencia climática, que es como se denomina en el siglo XXI a la contingencia política. Una fábula llena de trampas pseudocientíficas, de intereses particulares. Y francamente latosa. Ya lo hizo la alcaldesa Ada Mal Menor hace unos días, ¡emergencia!, ¡emergencia!, ligando el asunto a la necesidad de acabar de hundir definitivamente Barcelona: fin del puente aéreo, rechazo del Mobile World Congress y acoso impositivo a la hostelería. Si, como ha hecho con maestría Ferraris, la imbecilidad puede diseccionarse, e incluso tratarse, la obra política de Colau evidencia una portentosa regeneración de la misma. El caso de la Ciudad Condal funciona como un ensayo: a partir de dos grandes ficciones (la independencia de Cataluña y el anticapitalismo) vemos un efecto real, la decadencia. “Cuanto peor, mejor” es la doctrina en que se apoya el nacional-populismo, extendido a la entera geografía española. Los barceloneses estamos bregados en tal guerra cultural, gobernados hace años por un ejército de aprovechados, cuando no delincuentes declarados. Unos y otros obstinados, siempre, en que todo se conduzca por la senda ya trillada de su funesta ideología, guerracivilista e inculta. Estoy tentado de proponer la actualización del lema “¡No pasarán!”, en especial atención a los enemigos de la libertad que hoy ocupan las instituciones democráticas y amenazan con meterse hasta el salón de casa e, incluso, la alcoba.

Comunismo de guante blanco

Novedades de Moscú: Alberto Garzón, ministro de consumo. Si esto no refuta cualquier idea fuera de la ironía, que bajen los santones del comunismo y lo vean. El chico, pulcro y tierno, delicado en sus formas cual hijo deseado por toda antañona madre, gozará asiento en la ovalada mesa del Consejo, barniz sobre el que se tratan los grandes asuntos del país. Viendo quién se sentará allí, podemos afirmar que las reuniones tendrán un cariz fantasioso. La fantasía que cubre todo voluntarismo ideológico. Lo creamos o no, la muchedumbre de altos cargos, apretados cada semana en torno al misterio hispano, va a parecerse mucho a un delirante comité central. El de una república popular con Rey, con sus aplausos, sudores y codazos fratricidas. Hay una imaginaria España, un palacio de los sueños, y dentro un señor desmedidamente voluble que, en su desmesura -quizás en su narcisismo- ha querido un consejo de ministros superpoblado. Iberia, sus inmensos y cruentos problemas de los que indudablemente la derecha es culpable -cambio climático, toros, caza y violentos machos- necesita al ejército de salvadores. Fervorosos bolivarianos para quienes, por lógica de sus flácidos principios, Felipe González (y algún barón) debe ser un fascista de tomo y lomo.

Ahí tenemos a nuestro Garzón, en casa con camiseta de la República Democrática Alemana (dictadura que se derrumbó hacia 1989) y en su boda de chaqué, flamante jefe del consumo nacional. ¿Un chico comunista dirigiendo la más asquerosa circunstancia del capitalismo, el consumo y todos sus alambicados intereses y vicios culturales? En este asunto, Sánchez ha podido mostrar tanta ironía como aquel Montilla que, presidente de la Generalitat, nombró ‘conseller’ de interior a Joan Saura, marxista con Porsche. Anuncian las trompetas progresistas que las primeras medidas a tomar para el asunto del consumo van a centrarse en lo que nos llevamos a la boca, a la comida me refiero. Señoras, señores, niños y niñas: comemos demasiado, y cosas que no nos convienen (ahora cobra sentido la camiseta de la RDA). En cualquier caso, Alberto, zurda colección de demagogias, parece encantado por la cartera recibida. Es la eventualidad de la política, sincretismo obligado. Ni el califa rojo Anguita en épocas gloriosas (2.600.000 votos, 21 diputados frente a los 5 de Garzón en las últimas elecciones) traicionó con una poltrona los principios del materialismo histórico. Son otros vientos los actuales de la izquierda, preocupada mayormente por intereses particulares. Hay que alabar la gallardía garzoniana de parlamentar soflamas mientras se acomoda en los salones del Reino más viejo de Europa. La imaginación política no conoce confín. Ministro cocinitas, qué hubieran hecho de ti Honecker y su Stasi al verte viajar en primera clase (¡todavía hay clases!) e inclinarte ante un monarca. Tuvimos en la Transición el eurocomunismo (antisoviético) de Carrillo, presentado en sociedad por Fraga, tiempos de pacto y finezza. Ahora, de la mano del genio tenebroso Sánchez, llega al poder el comunismo de guante blanco. Estética inconsistente de camiseta y frac, repica mientras anda en procesión. Merodea por palacio, las horas nos dirán en qué medida logra agostar esta achacosa monarquía constitucional, cargada ya de enemigos.

(Nota publicada en Ok Diario)

España una

Estamos en tiempos de realismo mágico. Me recuerda la anécdota, hecha ya costumbre popular, del pobre muerto en su caja y los vivos rompiendo en aplausos. ¿Qué país puede llegar a eso sin un camino de retorcimientos estéticos? España, sin duda. Abusando del Herodoto, se precisa echar la mirada atrás y así recorrer páramos hasta el ataúd en loor de palmeros. Yo observo un preciso desenlace: Sánchez subiendo a la tribuna, traje slim fit, aires de neotrilero, rampante amoral, mientras sus amistades políticas le ovacionaban. Hasta se permitió, tras el responso, un abrazo hediondo, un chocar adolescente de mano con quien más feliz estaba, el señorito Iglesias, nuestro Godoy de larga cola y sollozo republicano. Suyo es el gobierno, flamante nacional-populismo. En fin, tomemos la senda reciente -aún fresca- de la Patria en pos de una oración, del réquiem con que los medios titulaban la función parlamentaria. La cosa es ordinaria, a izquierda y a derecha, en las calles como en los despachos. ¿Y qué vemos, en general? Por ejemplo, las evidencias de un fracaso formativo, o si prefieren el triunfo de la zafiedad. España, gracias a los españoles, es un país feo, una organización adaptada a la ignorancia. Y en tal detritus, en las condiciones actuales de engordamiento intelectual del mismo, se exhibe con espléndidas hechuras. Si hablamos de clase media, hombre, deberíamos cuando menos echar una lágrima salada, suspender todo alborozo ante el muerto. El hilo de acontecimientos que ha parido esta España tiene que ver con la ineducación, también con la tradicional pereza. Podemos anotar un nuevo siglo sospechando que los noventayochistas siguen teniendo razón. De igual modo, en el teatro barroco hallaremos hondas usanzas. Y advertiremos, posmodernidad, el acervo de un orgulloso pueblo de cabreros. Ahora con aire bolivariano, si me permiten una leve sorna. Mi sugerencia, ya todo el pescado vendido, guarda relación con el escapismo. Refúgiense en líquidos y amoríos, liben las tiernas flores, quemen aquello susceptible de recordarles la vida que pudo ser.

(Nota publicada en Ok Diario)

Barcelona se va

El año 2001, Pascual Maragall publicaba en prensa (El País) un artículo de título ‘Madrid se va’. Este señor, hoy enfermo, no habitaba todavía el despacho de Palau, fortaleza que conservaba Pujol. Lo haría dos años más tarde, en 2003, gracias al desgaste de Convergencia y bajo el aura recordada de la Barcelona olímpica. El argumento principal del citado artículo era la potencia de la capital; la advertencia del mismo se fundamentaba en la periferia, aquellas otras urbes en los bordes peninsulares. Madrid, según el entonces líder del PSC, ‘se iba’, jugaba en una liga internacional de ciudades, obviando su papel de centro político del Reino. Mientras, otras como Barcelona, Valencia o Bilbao quedaban en la España que a la capital interesaba ya relativamente.

Así, Maragall exponía que el Reino estaba siendo descuidado por la vanidad (el crecimiento) de la capital, a quien ya sólo importaban las lejanas regiones en la medida que pudieran servir a su vorágine. Desde un punto de vista político y en clave interna, el programa o caramelo que el futuro President ofrecía era una adaptación del tradicional catalanismo a un positivismo ‘republicano’. La superación del ‘problema catalán’ por vía de la ‘catalanización de España’. Algo que, si ya era viejo en la idea, trataba de ofrecerse como alternativa a la manera de funcionar de Pujol, un comerciante de competencias que despreciaba íntimamente a España.

Después de esto, Maragall quiso superar el problema histórico por otras vías: buscó borrar la honda huella de su predecesor haciéndose más nacionalista, mediante un Estatut que nadie quería ni necesitaba. Aquello resultó, aun artificiosamente, el comienzo de un desastre, la aparición -según fábula del vocero Enric Juliana- del catalán enfadado: en realidad del catalán infectado y manejado por intereses políticos que le eran ajenos.

Han pasado casi veinte años de tales asuntos. Sólo un enajenado o un imbécil político podría resumir este tiempo como constructivo. Siquiera bueno en algún sentido. Barcelona ha perdido miles de empresas, ya no es modelo de nada positivo y los dirigentes políticos se comportan como chiflados. Las elites económicas permanecen ocultas, protegiendo su patrimonio. Hay masas profundamente ideologizadas, al margen de la realidad. Ha habido un asalto nacionalista a la Ciudad Condal, que tardará décadas en recuperar la confianza y el prestigio de antaño. ¿Y Madrid se ha ido, como afirmaba Maragall en 2001? Pues no, no se ha ido a ningún lado. Ha crecido, ha ganado vigor desde entonces; es ahora una de las ciudades europeas más interesantes, con más oportunidades. La que se sí se ha ido es Barcelona. Y no precisamente a jugar una liga mejor, sino a la competición de la decadencia. Una oscura liga de la que es harto difícil ascender.

(Nota publicada en Ok Diario)