¡No pasarán!

Las iniciativas del nuevo gobierno se conducen como era de esperar. Son de carácter propagandístico, pues el gabinete -y sus posibilidades de acción- está sujeto a la veracidad de las cosas. La extraña sensación de que hay una realidad obstinada en su desesperante naturaleza. Para un grupo de señores (ministros) llegados a Moncloa con las mochilas henchidas de fantasías políticas esto parece cruel. Da igual el cargo que ostente cada cual: es un gobierno de propaganda y fuegos de artificio, poco más. Y garantiza una continuada guerra cultural, espacio único de la izquierda. Elemento ignorado, despreciado por la derecha durante demasiado tiempo. El lema “¡No pasarán!”, que hizo célebre Ibárruri, apasionada de Stalin, no sería original del bando republicano español, pues parece que ya fue usado por Pétain en la Batalla de Verdún contra unos alemanes ignorantes (todavía) del fascismo. De cualquier modo, su popularidad se acerca al actual estado de la política nacional. La machacona demagogia poblada de fascistas y comunistas, tan nostálgica de los desastres del 36. Admitiendo que España, por no se sabe qué prodigioso efecto temporal, se ha llenado en cuatro días de fachas, conviene comprender la alarma de la gente decente, viceministro Iglesias, mujer y acólitos. Arderán los enemigos de siempre, desdoro fascistoide. Bien, para tal trascendental misión Sánchez ha declarado la emergencia climática, que es como se denomina en el siglo XXI a la contingencia política. Una fábula llena de trampas pseudocientíficas, de intereses particulares. Y francamente latosa. Ya lo hizo la alcaldesa Ada Mal Menor hace unos días, ¡emergencia!, ¡emergencia!, ligando el asunto a la necesidad de acabar de hundir definitivamente Barcelona: fin del puente aéreo, rechazo del Mobile World Congress y acoso impositivo a la hostelería. Si, como ha hecho con maestría Ferraris, la imbecilidad puede diseccionarse, e incluso tratarse, la obra política de Colau evidencia una portentosa regeneración de la misma. El caso de la Ciudad Condal funciona como un ensayo: a partir de dos grandes ficciones (la independencia de Cataluña y el anticapitalismo) vemos un efecto real, la decadencia. “Cuanto peor, mejor” es la doctrina en que se apoya el nacional-populismo, extendido a la entera geografía española. Los barceloneses estamos bregados en tal guerra cultural, gobernados hace años por un ejército de aprovechados, cuando no delincuentes declarados. Unos y otros obstinados, siempre, en que todo se conduzca por la senda ya trillada de su funesta ideología, guerracivilista e inculta. Estoy tentado de proponer la actualización del lema “¡No pasarán!”, en especial atención a los enemigos de la libertad que hoy ocupan las instituciones democráticas y amenazan con meterse hasta el salón de casa e, incluso, la alcoba.

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