Volviendo a una tradición

Que la izquierda sea, otra vez, la que interponga entre los españoles y España todos los escollos y premuras ideológicas imaginables no debería sorprender. Atiende a una tradición muy suya, en cierto modo desmentida por los gobiernos de Felipe González. La misión de este no fue exactamente darle la razón a la vieja (y quizás apócrifa) frase del canciller Bismarck, aquello de los hispanos trabajando sin denuedo y largamente por la destrucción de su patria. Que demostraría ser, con la resistencia a morir a manos de sus hijos, la nación más fuerte del mundo. Los socialistas fueron, en consonancia con los intereses de la Europa liberal, el partido ideal en el momento justo. El hecho, un poco misterioso, es que consiguieran recoger los frutos del antifranquismo habiendo estado ausentes durante toda la dictadura del general. Volviendo al cainismo, se podrá decir, en cualquier caso, que España es un enigma aún indescifrado y que tal cosa permite diversas definiciones, contradictorias. Un país esquizofrénico entre afectos y desafectos. Y ahí, por la inconmensurable afición de los íberos a las cuitas y desgarros políticos (también Bartrina y Ortega advirtieron tales males), el diseño de la Transición, afianzado por González tras el trabajo sucio de Suárez, resultó muy oportuno.

Pero, querido lector, como no hay régimen español que cincuenta años dure, aquel ambiente ha caducado. Merced a las últimas aventuras del inquilino actual de Moncloa, quien primero se adueñó del partido del puño y la rosa, y después metió en el poder a los antagonistas de siempre, renovados: comunistas y nacionalistas de duro pelaje. Una obra política que no ha hecho más que comenzar. La coyuntura cultural, creo importante decirlo, les es favorable, amén de un nivel de exigencia intelectual que nos remite, en lineas generales, a una imaginación orwelliana. Un país de distraídos gobernados por un comité de perversos astutos. Fervorosamente fatuos, por cierto. Pero conocedores de las máximas maquiavélicas para conservar el poder. Parecen alumnos aventajados de Mitterrand, al que cito por su práctica cerrada de la política por la política, la ambición que alimenta a la ambición. Aunque habrían superado a aquel Mito Errante galo con el uso indisimulado, pornográfico, de la mentira. Con la inestimable promoción del periodismo televisivo, genuflexo a la homilía oficial del izquierdismo. ¡Si hasta Matías Prats se ha apuntado a la demagogia del neofeminismo!

En términos de actualidad, la deriva española es ya tema internacional: si fuimos afrancesados (González), después atlantistas (Aznar) y más tarde galleguistas (Rajoy), ahora estamos en la seducción venezolana. Ahí tenemos a nuestro atareado Zapatero, agente del totalitarismo tropical. En estas cuestiones, como en otras de orden interno (señalar y estigmatizar al oponente para disfrazarlo de enemigo), la izquierda hispana retoma hoy una tradición. La camaradería con los archiespañoles hostiles a España, nacionalismos periféricos y atolondrados comunistas. El mayor temor es que parece agotado el tiempo de las modulaciones, imprescindibles para el (buen) funcionamiento de la cívica democracia.

(Nota publicada en Ok Diario)

De una vida a otra

Tras el balcón había un edificio, más allá la calle, árboles, el trozo de cielo que recuerda al futuro. Su idea vigente, advertida por las pinturas del maestro Patinir. Entre aquel mamotreto de ladrillo rojo y mi salón, un espacio adornado de errantes y sirenas de cantos perturbadores. La vista humana, superior a la mirada, está constreñida al hecho cultural. Cada soledad ve y ama como debe, sería la prueba de integración que nos dispensa de una bárbara sociopatía. Y, en un orden simpático, se atiborra de bagatelas: viajes, esperanzas, lecturas, fotografías, nostalgias acumuladas. Reino animal, un ñu cualquiera mira la otra orilla del Serengueti como lo hizo su antepasado hace cien mil años. Con la misma sabiduría y ventura. Con idéntico miedo. En este aspecto, seríamos animales poco cualificados, igualmente poéticos.

Cuando veía el edificio de enfrente, el sol se embarcaba en un cuenco de oro para ‘llegar a los abismos de la sagrada noche tenebrosa’, cuajo del poeta Estesícoro. Así, el hecho cultural esparcía nuevos tonos para los humanos y su ridícula, vanidosa creatividad. Gracias al prodigio tecnológico, las luces convertían el salón en una nave flotante. A los que fascinó Hitchcock con su indiscreta ventana, la Kelly en deshabillé, el fotógrafo Stewart, pueden apagar la lamparita junto al sillón y ver la otra orilla, paladearla. Añadí a mi biografía un vaso más de Ardbeg. Luego hojeé un libro que afirmaba a Garibaldi como la persona que participó en más revueltas, revoluciones y guerras de todo su siglo. Quien eso había escrito era sin duda ajeno a las andanzas de esta vieja nación española. Yo en este saloncito, sin ir más lejos: sonó el timbre de la puerta, un retumbar telúrico, horas intempestivas. A nadie esperaba, pudiera ser el futuro, los labios de la otra orilla. 

La izquierda, otra vez

No sé si habrá todavía, en España, un memorial íntimo de lo que el viento se ha llevado y que pertenecía a la izquierda. Presumo está en ciernes, cocinándose lenta e inexorablemente turbio como cualquier drama. La mastodóntica verborrea, el monstruo dialéctico, perfume de podrida esperanza. Un disfraz etéreo, pero digno de los mayores episodios: psicopatía del poder y alcance de la subvención. Y esto bajo un gobierno progresista, su asesino. Se ven costuras herrumbrosas, pana deshilachada, fatalidad del populismo. Revuelvo décadas, letras viejas. En estilo negro, de espías nebulosos y aire helado que, entrado el siglo actual, parece soplar desde aquellos comités centrales tras el Telón de Acero. ¿Recuerdan los comunicados crípticos, traducidos en los teletipos por agregados culturales y enviados, después, a asesores duchos en signos políticos? Y las fotografías, adivinar por qué Lin Biao o Shehu habían desaparecido en las imágenes de los nuevos Politburó, en China o Albania. Un mundo fenecido, terriblemente folletinesco. Entonces, las agudas espadas, de bestia acero, se alzaron para una segunda o tercera muerte del comunismo. Sus víctimas yacían heladas para la eternidad. También, decíamos, las propias, que llamaron tradiciones de soslayo. Y, por último, las acomodaticias, más nuestras, vivientes en el Mundo Libre, esperanzas de los viejos Hobsbawm, Schaff & co. Papeles para burgueses con ideas políticas. La Europa civilizada se preguntó algún tiempo, a su particular e infantil modo, qué habría visto Sartre en Stalin, millones de cadáveres bajo el manto de la estepa. Quizás fuera calentura intelectual, fascinación por los hombres recios que, rojos o blancos, dirigían, sometían al pueblo. Todas aquellas querellas cubiertas ya de polvo. Cuentos de terror con que los intelectuales nos deleitaron. La Transición amansó las siglas PCE con el asunto de la reconciliación y el pactismo. Hasta este fin de Régimen diseñado por la serpiente Zapatero. Así, la izquierda, el monstruo desperezado, se retuerce en sus patéticos coletazos. Hay hoy, gracias al PSOE, un mechón leninista de ministrable languidez, fétidas lecturas y exultante amaneramiento. Omito gangas y riegos dinerarios, que los ha habido y los habrá, aleluya, a manos llenas. Es la perfecta sombra del pícaro, renovado mil veces desde el Barroco, que ofrece lecciones sin tomarlas. Él, lecciones a nosotros, españoles que vimos serpentear la inquina pseudorevolucionaria en cada mala noticia, durante el plomo de los felices ochenta. Los crímenes de la ETA se han vuelto episódicos para el monstruo. Avanza ligera la cruzada del trotskista y rico Roures (el jefe, acogedor de etarra y viaje juvenil-revolucionario a la Nicaragua sandinista) por manejar la verdad informativa, parir una España amnésica para lo importante y excitada en los asuntos mezquinos. Memoria, ¿para qué?

(Nota publicada en Ok Diario)

Operación sabatina

En el día de hoy, cautiva y desarmada la resistencia, han alcanzado las huestes del populismo sus últimos objetivos políticos. La guerra ha terminado. Las postreras escaramuzas, definitivas, se produjeron en el coto nacional de Quintos de Mora, provincia de Toledo. Llegaron desde Madrid capital los mejores activos populistas, mayoritariamente en vehículos diesel, prescindiendo esta vez el líder máximo de la fuerza aérea en un acto de heroico cariz. Allí, rodeados de rebollos y encinas, tomaron la casa principal, donde lucieron el más alto ejemplo de gallardía política, mientras el país entero restaba en vilo ante los acontecimientos. Se usó, sobre todo, material ideológico de primer orden: lanzagranadas feministas, morteros ecologistas y obuses antifranquistas. Una energía dialéctica que destrozó cualquier foco de oposición. Las operaciones se desarrollaron a lo largo de una sola jornada, aunque para la entera nación y sus respectivas nacionalidades parecieron prolongarse mucho más tiempo, sin duda ninguna debido a la profusión de declaraciones, vídeos, fotografías y tuits. Esta exuberancia de recursos políticos, abigarrado populismo, trufó el acontecimiento de exquisitas imágenes que tardarán en borrarse de la memoria de los compatriotas, especialmente aquellos que se hallan bajo el cruel yugo del heteropatriarcado, el capitalismo y la derecha de la ultraderecha. Vívida y emocionante resultó la brava Irene Montero, vanguardia de esa nueva y denodada unidad de mujeres madres, trascendental épica. Qué referir del hombre, Iglesias, y su labor de inteligencia entre el nacionalismo ultramontano catalán y el Gobierno de España: mimetizado con el entorno campestre, cumplió con su deber de destrucción del último internacionalismo de clase. De resaltar la actuación del ministro Garzón, el chico Honecker, quien confesaba, a pesar de su neoestalinista dinamismo, sentirse “relajado”. Todos cumplieron la histórica misión, iluminados por el paladín Sánchez, héroe exhumador de Franco y enterrador, al fin, del enemigo resistente.

Volvía la luz, a Barcelona

Sobre el antiguo azul, mucho tiempo después de que una barcaza de griegos besara las espumas, se extendía su cuerpo. Masa de piedras, antenas y ríos poblados de humana sangre, ávida por serpentear, comprar telas y cosas, aquel sábado de invierno. Parecía primavera, desde la colina del doctor Andreu, el Sagrado Corazón pronunciando el nombre “Barcelona”. El avión rojo del Tibidabo hacía su eterno vuelo hacia el mar, atrapado en la infancia nuestra de barceloneses, mientras se apuraban las copas en la terraza Merbeyé. Cuántas madrugadas coronando la ciudad, los camareros ya habían marchado y el sol echaba su luz sobre los muertos de la montaña de los judíos, el castillo, imagen tortuosa. Hasta la última parada del viejo tranvía azul, allá donde seguía aparcado el Cadillac de Loquillo, de cada chico nacido hacia los años setenta del pasado siglo, el cristal refulgía, trance de la noche. Las risas, fatigadas; los roces, derrotados. Miguel proponía bajar hasta El vaso de oro y comer solomillo, alargar el sentido, morir en la Barceloneta. Brillo salvaje. Era, todavía, la sensualidad cantada por Biedma, de luces y oscuridades, barcelonerías. Después, la melodía de un lunes, acostarse oyendo el tráfico en las calles. Toda la melancolía del gusto mediterráneo, enredada aún en los recuerdos nocturnos. Se dijo, y no podría ser más ajustado, que fuimos siempre heterodoxos, nosotros, los de la urbe frente al mar. Esta nota, este cuaderno es el ensayo de tal cosa. Barcelona, aún besabas impetuosa, salvajemente en la terraza del Merbeyé, cuando volvía la luz.

La revolución

“Un pueblo en estado de revolución es invencible.”

“Ya estamos lanzados, tras nosotros los caminos están cortados, hay que avanzar, por las buenas o por las malas. Sobre todo hoy es cuando se puede decir: vivir libre o morir.”

“Acabamos de atracar en la isla de la Libertad y hemos quemado la nave que nos condujo allí.”

“¿No tiene el pueblo el derecho de sentir las efervescencias que lo conducen a un delirio patriótico?”

“Cuando la fuerza pública no hace sino secundar la voluntad general, el Estado es libre y pacífico. Cuando la contraría, el Estado está esclavizado.”

“¿Es la ley la expresión de la voluntad general cuando el mayor número de aquellos para quienes está hecha no puede contribuir, de ninguna manera, a su formación? No.”

“No demos libertad a los enemigos de la libertad.”

“Un pueblo que se apresura hacia la libertad debe ser inexorable hacia los conspiradores; que en tales casos la debilidad es cruel, la indulgencia es bárbara.”

“Decid los nombres, decidme los nombres de los súbditos cuya sentencia firmará mi mano.”

“Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie.”

“En un estado revolucionario, hay dos clases, los sospechosos y los patriotas.”

“No te dejes engañar cuando te digan que las cosas están mejor ahora. Incluso si no hay pobreza por ver porque la pobreza ha estado oculta.”

“La gente solo pide lo que es necesario, solo quiere justicia y tranquilidad, los ricos aspiran a todo, quieren invadir y dominar todo. Los abusos son el trabajo y el dominio de los ricos, son el flagelo de la gente: el interés de la gente es el interés general, el de los ricos es un interés particular.”

“Tienes un bonito traje, paciencia, dentro de poco si tienes dos me darás uno, así es como nosotros lo entendemos; será así como en cualquier otra cosa.”

“No podemos contar los años en que los reyes nos oprimían como un tiempo en el que hemos vivido.”

Querido lector, si ha llegado Ud. hasta aquí, debo aclararle (aunque quizás sea innecesario) que las frases antes transcritas fueron todas pronunciadas hace más de doscientos años. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Podría argumentarse que el contexto histórico era radicalmente diferente, y en verdad lo era: esas palabras, la construcción que emana de su conjunto, sirvieron para tumbar un viejo régimen, monárquico. Sin embargo, la sospecha que provoca su lectura hoy, bajo una democracia parlamentaria, es de orden candente, actual. No resultan tales afirmaciones, eslóganes, tan anacrónicos como refulgentes. Todavía resuena la llamada “a la movilización” del vicepresidente del Gobierno, Iglesias, hace solo unos días. Señaló al adversario y ofreció la fórmula para combatirlo: la calle. Como una lluvia fina, ideológica, propiciada por un pacto de conveniencia entre periodistas televisivos y políticos nacional-populistas, van calando en la sociedad lugares comunes, falsedades, simplicidades irrefutables. La maquinaria parece engrasada, hay un público adepto que ya siente que su ‘misión’ política, inexcusable, es la lucha contra el enemigo, eso que llaman, sin escrúpulos, ‘fascismo’. Monstruo identificado por no comulgar con quienes, en realidad, ni creyeron ni creen en las formalidades éticas y exigencias estéticas de la democracia. ¿Los verdaderos totalitarios? En la Generalitat y, también, en el Gobierno de España. Una postrera cita, si me permite, querido lector:

“La fuerza de las cosas puede arrastrarnos a resultados que no habíamos previsto.”

(Nota publicada en Ok Diario)