Huir tras la propia sombra

En las cuestiones del público parecer, como en las del emparejamiento carnal (la peligrosa confianza en el amado) o en las de enajenación socializadora (estas modas políticas), simpatizo con los destemplados. Propensos a cambiar el punto de mira y dar un golpe de timón, ignorando temores, sabiendo lo de Valéry: “Toda persona es inferior a su obra más bella.” La vida, una correría contra el melindroso aburguesamiento de bautizo, (buena) boda y (mejor) funeral. Por ejemplo, aquellos victorianos que, en una ventolera, levantaban el culo del sillón del club, frente a la sempiterna chimenea, dejaban caer al suelo el Times y ponían rumbo a las tinieblas del África negra.

A tales individuos se les suele llamar contradictorios, un adjetivo que infunde terror. En una sociedad un poco pacata, que guarda admiración por un sentido, digamos, tan imperturbable como hipócrita del deber, los cambios de opinión son debilidades, cuando no traiciones. Lo identifico con la necesidad de erotizar. Aflora en el imaginario una representación magnífica, férrea, que mantiene sus convicciones contra cambios climatológicos. Como consecuencia de un modo tan poco laxo de observar (y observarse), al descubrimiento de que un héroe tiene ropa por lavar, o cualquier otra menudencia, lo sentimos acero hundiéndose en nuestra sensible y adorable carne.

¿Deberíamos poder cambiar de opinión? Es probable. No imagino una vida intelectual más aburrida que la de un tipo, pongamos por caso, aficionado a la etiología de las coles de Bruselas con quince años, con cuarenta y en el final de su viaje. Alguien quizá valorará la perseverancia, quedarse quieto esperando que la Historia le dé la razón. Pero ese señor es, sencillamente, un creyente.

Una plausible salida a todo lo anterior podría ser la burla, aparato cruelísimo y eficaz. Hagan la prueba. Mírense en el espejo del hall, ese que está tan mal situado, en el que nunca pueden verse enteros, en su total dimensión. Realidad paisajística e impertinente metáfora. Muevan ligeramente las columnas que les sostienen, conquisten la imagen doméstica de un príncipe palatino. Consulten sottovoce: ‘¿quién es el más bello, Luis Alberto de Cuenca, Silvio Berlusconi o yo?’ Entonces, como un milagro, verán su entera imagen, el espejo ha hablado. Serán rescatados por un manto de ternura. Descifrarán la impertinencia de Carlyle y de la humanidad entera. Y, sobre todo, economizarán infinitos dolores de cabeza.

Un virus para la posverdad (II)

(Ilustración de Fernando Krahn)

Segunda semana de pandemia, si bien queda meridianamente diáfano que el COVID-19, en su vertiginosa vuelta al mundo, se había paseado por España con anterioridad. La temperatura política, tradición que nunca abandonamos en esta tierra de reyes, va en aumento conforme la enfermedad destapa con crueldad la fragilidad humana y las capacidades intelectuales de quienes nos gobiernan. No así sus irrefrenables raptos dionisíacos. El presidente Sánchez, desde aquel iracundo Consejo de Ministros que decidió el estado de alarma, toma por hábito una indecorosa impuntualidad en sus apariciones televisivas. Como esas estrellas rutilantes de Hollywood, demora la cita, mientras los ibéricos, en sus domicilios, entre veloces visitas al cuarto de baño, una carrera a la nevera a por una cervecita o un cigarrillo rápido en el balcón sospechan algún anuncio importantísimo. Pero no, el presidente, a la par que impuntual (esas formas) se ha convertido ya, con sus cálidas y dilatadas charlas, en un miembro más de la gran familia hispana: mientras habla, el lapso sentados en el retrete se alarga, la nevera ofrece más información que su charla y el hilo azul de los cigarrillos, al negro fresco de la noche, dibuja el cielo serenamente. 

La cifra de finados y de enfermos se mezcla, como un torbellino de ansiedades, temores y buenos sentimientos, con la talla de nuestros representantes públicos. No vivimos tiempos gloriosos, a los dirigentes me refiero, mezclados en cuitas y cálculos miserables, sonrojante camarilla aplaudida por el periodismo mezquino. Hobbes afirmó que “el infierno es la verdad vista demasiado tarde”. Me parece que la frase cobra un sentido fuerte hoy, del mismo modo que sugiere la cuestión de si los gobernantes veían la verdad antes de que fuera demasiado tarde. O si alguna vez la verán. En el lado bueno están quienes de manera ejemplar sostienen, momentos ásperos y tristes, la civilización, este común acuerdo, sus viejas columnas. Habrá, quizás, un frenesí de heridas morales no cerradas, un debe y un haber a revisar, cuando todo haya acabado, en la posguerra que se anuncia muy difícil. Cuando España, la de los honrosos médicos, enfermeros, soldados, barrenderos, camioneros, agricultores, ganaderos, empresarios, policías y un largo demás pueda mandar a sus casas a las huestes de la demagogia. Estos incapaces, hijos de la picaresca, que tanta fama, dinero y poder acumulan desde la ya lejana crisis de 2008.

Hay estampas de divergente tono. Donde habito (Barcelona) y en un orden zoológico menor, pintoresco, algunos jabalíes comienzan a bajar desde la montaña de Collserola para colonizar una ciudad vacía. Esta semana se vio a un magnífico ejemplar paseando por la Diagonal, imagen nueva que substituye a abogados en corbata y a señoras que han quedado con las amigas para tomar un gin & tonic en alguna terraza. También subrayo, alegre, la progresiva extinción de las colúmbidas, aves detestables. Es esta pequeña alegría una vorágine de la posverdad: todo paradigma tiene su romanticismo. 

Volviendo al homo sapiens, la alcaldesa de Guayaquil, señora doña Cynthia Viteri, ha surgido al mundo noticioso peleando por ganarse un lugar en el altar del postruismo: impidió con malas artes y redes sociales (espacio divino de la posverdad) que un avión aterrizara en su ciudad para repatriar a compatriotas nuestros. Puso incluso en peligro la vida de la tripulación cuando ordenó ocupar con vehículos la pista del aeropuerto. La muesca moral del episodio no tiene mucha discusión; en cuanto al mecanismo -lo que lo hace funcionar políticamente- no tengamos tampoco dudas: vivimos en el régimen que es fruto corrupto de lo posmoderno, que ya es decir. En palabras de Ferraris, impera “la estetización de la política, su popularización (la política debe tratarse con las masas, exaltarlas, persuadirlas)”. El miedo es, en cualquier caso, un viejo recurso para la finalidad (espuria) del populista. Culturalmente, el COVID-19 puede ser al siglo veintiuno lo que la Gran Guerra fue al largo diecinueve: el epílogo de un mundo conocido. 

Un virus para la postverdad (I)

En la mañana en que escribo esta nota, el panorama de pueblos y ciudades casi desiertos es general. El estado de alarma ha sido ampliamente obedecido. Incluso por los perseverantes lúdicos (nada sabemos de los lúbricos crónicos). Si esta es una pequeña muerte, no descontemos el fallecimiento general, flacidez estética definitiva, fin de todas las pasiones grecorromanas. Se han producido algunas aglomeraciones en ferrocarriles y metro. La imagen no altera una realidad que el sábado pasado parecía rotunda: desolación. Quizás también miedo, camarada mayor, siempre. En el transcurso de una semana los acontecimientos aparecen dispares, incoherentes. Primero, miles de personas (y autoridades) se manifestaron apretadas las filas, en Madrid. Era un ejemplo clásico de manipulación de las masas por el poder. Unos días después, episodio fantástico, la vida quedó arrancada de la calle, del bar, del restaurante, del contacto sensual con lo consuetudinario. Como si la anterior existencia, antes de la perturbación de las costumbres, hubiera sido un sueño. Este es un vocablo riguroso, porque nos sumerge en una especie de alucinación modulada, experiencia de los extraños nuevos días. De las muchedumbres reivindicativas, con miles de infectados (entre ellos, miembros del Gobierno), al decreto de alarma y la campaña de confinamiento (el populismo biempensante de “yo me quedo en casa”). Esta última circunstancia nos remite al despertar del sueño, el apremio: ¿cómo compraremos la comida y pagaremos las facturas si no acudimos a trabajar? Es lo que Boris Johnson -el inglés que recita de memoria a Homero- ha decidido hacer prevalecer, la economía, mientras los mediterráneos comenzamos a penetrar en otra misión histórica, según repiten los políticos: “ganar esta batalla”. Tengo mis dudas sobre esto último, al menos en el plazo suficiente para que España se vaya, líquida, al pozo de la historia. Para la propagación cultural del virus interviene el instrumento principal de la posverdad: las redes sociales. El sueño de la lucha contra la pandemia puede vencernos y concebir rutilantes situaciones, abajo, en la verdad que asoma aún de la civitas. El Ejecutivo pone en la calle a Ejército y policía para controlar el rumbo y destino de los transeúntes, cosa inquietante en nuestra común vida de europeos postruistas (felices homo web de la posverdad). No vierto sombra ninguna sobre las fuerzas de seguridad, son muy respetables, mucho más que un Gobierno falaz. Pero sospecho que la inoperancia intelectual de los actuales dirigentes -y la capacidad de acción que les otorga el estado de alarma- pueden traernos no ya escenas inimaginables, sino de una gravedad poco calculada.

(Nota publicada en Ok Diario)

Contra Colau

En el cómputo de la estulticia neosecular, en la galería de sus mejores ejemplos, de sus mayores procuradores, está la alcaldesa de la Ciudad Condal, doña Inmaculada Colau Ballano. Corren precisos retratos, apuntes del natural de la magnitud, que es resumen y tragedia barcelonesa. Están su descaro y picaresca, ya articulados en torno a la crisis de finales de la última década, cuando se forjó el personaje anti-establishment. Defensora de los más débiles, clamaba; impostada heroicidad, ha demostrado. Está también la manifiesta ineptitud gestora y la dilaceración de un prestigio urbano con mucho esfuerzo ganado. El retorcimiento de la pública institución al erial de su mentalidad, su ideología funesta (aunque decir ideología sea del todo conmiserativo en este caso). Reina, además, del nepotismo, del enchufismo tribal, enterramiento cínico de la meritocracia. Si aquella recesión económica de antaño tuvo abigarrados padres, vergonzantes bandoleros con corbata, logró de igual modo parir sorpresivos monstruos, el resultado estético que ahora padecemos. No alcemos ingenuidades, tanto en la fiesta como en el funeral participaron muchos, el pueblo si se quiere: la alcaldesa que venía a salvarle fue votada, refrendada en un episodio democrático para mayor depresión del propio sistema.

Resalto en la semblanza política del personaje su mayor pecado: la ignorancia. La torpeza no ya gramatical, sino el desconocimiento de la ciudad que gobierna, de la historia y la complejidad social y cultural que esa alberga, como toda gran concentración humana. Una cuestión que se torna oscurantismo ideológico, política municipal grosera, hecha de golpes de efecto para su siempre indignada (y por otra parte acomodaticia) parroquia. Lo escribía Albert de Paco tiempo ha: en la Condal habita un considerable número de Colaus, personas que piensan que el mundo les debe algo por el solo hecho de existir. Una comunión electoral de infantes mentales orgullosos de serlo, sin límites al propio engreimiento, desdeñosos de cualquier libertad ajena que juzguen inapropiada. Fascistoide transformación de la izquierda, que abandonó para siempre aquel “prohibido prohibir”. El rodillo soez, pasado sin clemencia por una coalición de asnería y rufianesca, deja un panorama desolador. Uno imagina el asesinato civil por esta ralea de endiosados indoctos y fantasea, pesaroso, con un Lenin o un Marat, que, no por criminales, lucían una altura intelectual nada despreciable. La de nuestros nuevos izquierdistas es una revolución en versión barrio sésamo con checas digitales.

Barcelona era una fiesta, no ya por lo que en los años noventa se conoció mundialmente como renacimiento de la ciudad, vía Juegos Olímpicos, y creación de la ‘marca’ de éxito. Los patrimonios fueron algunos más, anteriores: la libertad, el libertinaje, la extraordinaria creatividad, también en época dictatorial. Delicioso desorden. Hoy, la primera autoridad municipal suma, luce y resume cual listado de fracasos todas las pérdidas irrecuperables. Es esa su obra, intangible en lo material, perfectamente identificable en lo ambiental. El tono grisáceo representativo de la nueva política, servil a los particularismos y ajena a cualquier tipo de grandeza.

(Nota publicada en Ok Diario)