Servir para algo

(Fotografía del autor)

Es común estos días de confinamiento encontrar en prensa el entrañable género del diario de la pandemia. Muchos nos hemos lanzado a trazarlo, algunos mediante el teclado qwerty y los más con la rudimentaria memeteca, confeccionando una lista pavorosa de series en Netflix o, de un modo encantador, en repetidos monólogos silenciosos mientras la leche se calienta en el microondas. La domiciliación de las conciencias tiene, estos días, algunas ramificaciones estéticas: el solitario que protege su naturaleza tras esas cortinas que nunca se descorren; la jovencita en mallas que hace spinning frente a un público encantado, en el edificio de enfrente; la familia que sale a armar ruido al balcón cada tarde. De estas cosas, observadas desde la propia vivienda, sospechamos la concentración doméstica de la vida y sus pequeños dramas. Por ejemplo, el hartazgo de comer en lata todos los grandes platos de legumbres de la cocina española, día sí y día también; vestirse como si uno tuviera reunión del consejo de administración para en realidad repantingarse todo el día en el sofá. Incluso podríamos elaborar un mapa anímico, aquella enquistada monotonía que la diaria distancia física disimulaba y que ahora se torna exasperante; o el severo roce durante estas jornadas de obligado acercamiento. Todas las pulsiones se han debido concentrar, pero de manera obligada, lo cual puede sacar de quicio hasta al más pintado.

Hay un breve momento del día en que vemos a un señor sacar la cabeza por la ventana y fumarse uno de esos cigarrillos estoicos, y resulta admirable. Asimismo, oímos, lejanamente, quién sabe en qué piso, algarabía de los sexos y, cuando la noche extiende su manto negro, un silencio exótico, ausente desde tiempos muy lejanos, quizás desde la última guerra. Desconozco cuál será el consumo de recuerdos, con todo este periodo de soledades y cifras escalofriantes, pero podría la melancolía estar librando una de sus batallas, como suele de tanto en tanto. Veremos, cuando abandonemos los hogares, el índice de quiebras, personales y colectivas. Por otra parte, deben existir grupos familiares boyantes, casas enloquecidas con niños y abuelos perseverando en la disciplina, desbaratada por las manías del menor de la prole o los despistes del padre. Todos esos retratos me quedan lejos, al otro lado del teléfono, cuando llamo para interesarme por los allegados.

Se alcanza una certeza gracias al confinamiento y es que, aun en condiciones de forzada soledad, buscamos por cualquier medio sabotearla. El animal casero tiende a la feliz idea de la comunidad, aunque en verdad le importen tres rábanos los problemas y pasiones de los demás. También propende, como aquel Richard Sherman en La tentación vive arriba, a la imaginación sensual, esa que brota inesperadamente entretanto la tortilla se cuaja en la sartén humeante. Los diarios de la pandemia desempolvan un género individualista, principio denostado por la muy iliberal campaña política del confinamiento. De todo este extraño periodo, refutación de lo posmoderno, retorno a la Historia por vía de una pandemia, no sé si la literatura se verá enriquecida o si estaremos, tras su paso, demasiado ocupados en olvidar, ejercicio aquí siempre practicado. Ambas soluciones, en cualquier caso, me remiten a un concepto vago de utilidad, servir o no para algo.