Historias de Barcelona (I)

Me habían llamado por teléfono con el motivo de organizar una comida, después de estos austeros meses. Busqué un lugar que pudiera acogernos, a los cinco hombres cinco, barceloneses, sin saber muy bien bajo qué condiciones podríamos distraer estómagos y espíritu con el vigente estado de alarma. En una pequeña terraza nos sirvieron con mucha solicitud y las debidas medidas de higiene. Mascarillas, guantes, todas esas horripilantes cosas. Esta normalidad estética que va de Moncloa al pueblo. Pensé que, en cualquier caso, el estado de alarma intelectual durará mientras dure el gobierno, más allá de su vigencia legal.

Las conversaciones se cruzaban por encima de copas y platos, simpática efervescencia tras tanto silencio y represión. Estos almuerzos tienen un buen volumen de por sí, amplificados por el vino y la humana pasión de decir cosas. Pero la invasión del Estado en ámbitos tan delicados e importantes como la libertad y el libertinaje han hecho mella. Incluso un heideggeriano mordaz como Oriol Trillas tardó un rato en desplegar velas y polémicas. Viajaba en verbo Cayetana Álvarez de Toledo (derecha afrancesada), Inmaculada Colau (emperatriz mundial de la bicicleta, tras el cierre de Nissan) y, gracia de la vida, Porfirio Rubirosa, playboy dominicano del que preparo un artículo. A mi amigo Manuel Garayoa le conté que, unos días antes de morir, Luis Racionero pasó, ya muy desgastado, a despedirse de los camareros de la terraza del antiguo José Luis. Qué elegancia. Un señor de Barcelona.

Como las copas tienen a veces un efecto artístico, la mesa se desperdigó y fue entonces cuando, por Infanta Carlota, Pablo Planas y este humilde servidor dábamos tumbos en busca de local. Infructuosa búsqueda, le vi en un momento dado alejarse por avenida Diagonal en dirección sur, rugido de tanques.

Recordé la calle Tuset y me llegué con las esperanzas todavía enteras. Allí se cruzó al paso Alberto, camarero capaz de servir ocho dry martini de una vez sin perder pulso ni porte, clásico, digamos. Iba vestido como Roland Garros antes de salir a pista: zapatillas, pantaloncillo, polo y sueter trenzado de pico, todo blanco, por supuesto. “El lunes abrimos”, me dijo, y se marchó con viento fresco, dejando un cadáver a las puertas de la salvación. Pero el destino tiene sus adornos. Viéndome desarmado, tieso sin saber qué hacer, las señoritas de un bar adyacente me cedieron una mesa, mientras comenzaba a llover como llueve en primavera, violines barrocos, allegro molto. Discurría al lado una cita de esas de red social; una cita a ciegas, como se decía antes. Me pareció inocente y encantador, el brillo de unos ojos que se gustan. Cuántas cosas no habremos hecho a ciegas. Incluso votar al fascismo vero, éste que manda.

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