Historias de Barcelona (II)

(Fotografía de Josep Postius, con el alcalde Porcioles, 1965)

Como afirmara José María de Areilza y Martínez de Rodas, con la gravedad de unos tiempos más serios que los de ahora, “la idea misma del Estado de derecho se apoya en la existencia de una opinión libre”. Esto lo formulaba el diplomático de Portugalete en favor de un régimen democrático que él mismo ayudó a establecer, después de la dictadura. Bien, el tiempo y los desmemoriados, atribulados hombres, han hecho maravillas y estamos ya en disposición, cuarenta años después, de tener que recordar cosas tan esenciales: el ejercicio de la opinión libre no puede ser censurado; aunque la opinión general, digamos, no es lo que fue.

“Es un fenómeno mundial, no sólo patrio.” Me lo decía, tras unas gafas de sol doradas, don Christophe Jonquères d’Oriola, pieza última de una saga antigua y descendiente del campeón de salto ecuestre, monsieur Pierre. Acababa de volver del chateau familiar, se había comprado un colorido souvenir en Versace, y quedamos a comer en la terraza de Chez Cocó. Es ese un lugar al gusto de las señoras del Turó Park y los abogados del edificio Godó. También de mis amigos que coinciden con Pasolini en instrucción, buen gusto y afición por el mismo sexo. Ahí aparecen, sumadas, cuatro cosas que pondrían bizco al homosexual a la moda, muy poco instruido, chabacano y de izquierdas (no aquella izquierda limpia y valiente de Pasolini).

Los coquelets asados, acompañados de parmentière y ensalada, fueron traídos a la mesa casi al mismo tiempo en que aparecieron volando por allí doña Alba Riu, moreno marbellí de la Vía Augusta, y don Carlos Janovas, ave dorada peregrina en la Barcelona de postín. Se hablaba de las avenencias de esa flamante homosexualidad, que es militancia política desaliñada, vacua y populista. Recordé las pancartas del “orgullo gay”, mercantilización de un hecho que debería ser insustancial, como afirmara Stephen Fry: ¿a quién importa lo que cada uno hace en su cama? Miren, volviendo a una Italia gay, transgresora y culta, el artista Renato Zero cantaba en los setenta: “Mi vendo / un’altra identità / ti do quello che il mondo / distratto non ti da / io mi vendo, e già / a buon prezzo, si sa.”

Mis amigos, animados sin duda por el champagne rosé, ya trazaban la senda de la encendida crítica a la corrección política y su piel fina. Evoqué a dos personajes que habitaron la Ibiza del Sausalito y Ursula Andress. Ambos, teutones, delgadísimos, vestían en Paula’s y con los trapos de la (falsa) Princesa Smilja. Jamás una proclama, una medalla sexual salió de sus bocas. Les conocíamos como los pajaritos, y esto venía a cuento porque aquel mundo marica, elegante y distendido, fue aplastado por un ejército de palurdos ideologizados, ortodoxia muscular.

“¡Felicidad embotellada!” -exclamó David Niven ante la Cardinale a punto del delirio-, el champagne elevaba la gracia barcelonesa, heterodoxa, mientras el cielo caía y a todos gustaba. Un joven cruzó la terraza, cargaba todas las tribales formas, uniforme y eslogan, acervo reaccionario. Fue cuando don Carlos, que cultiva la tradición de la ironía, dijo en un respingo: “¡Yo me meto en el armario, pero que vuelva el Caudillo!”