Historias de Barcelona (IV)

(La última Rickenbacker, fotografía del autor)

El taxi subía, a duras penas, las calles que conducen hasta el tanatorio de la Ronda de Dalt. Gran serpiente de asfalto, permite a los barceloneses bordear, como su nombre sugiere, el cuerpo de la Condal; y penetrar en sus tripas hacia el este en el momento que uno desee, más o menos. Desde allí arriba se ve el aguerrido manto hasta el mar, y Colón, símbolo que la novísima reacción odia, aunque ni sepa por qué. Acaba la urbe, exhausta, hundiéndose donde todas las cosas cristianas, civilizadas: mare nostrum, Roma.

Iba al tanatorio a saludar por última vez a un amigo, Nacho Arola. Un viaje de esos que reproduce la cadencia del monstruo melancólico. Viendo al fondo el barrio de Horta, aquel veraneo burgués del diecinueve con sus casitas ajardinadas, acariciaba la ventanilla del taxi. Una vida de subir y bajar a capricho del cliente, vetusto vidrio, piel barcelonesa, quién sabe cuántas carreras y miradas perdidas habría atrapado. Como el destino es una cosa procaz, el taxista sintonizaba rock de los ochenta. El tipo era vieja especie: peinado hacia atrás, camisa negra, una esclava en la muñeca, Ray-Ban oscuras y poca conversación. Sonaban en el coche los hits de otrora, mientras yo acudía al encuentro triste con Carolina Bochaca, Cristina y Edi Arola, Miguel Navarro, Miquel Serrano, y tantos otros. (¿Se han fijado en los nombres y apellidos? Claro, son mixtura de Barcelona.)

Con Nacho, el meollo fue la música, continente salvaje. Tendemos a la idea del heroísmo, y al final nos perdemos en los placeres y las pequeñas tragedias. El ritmo de ese tiempo tan severo e idiota de la adolescencia. Y cada cual escribe su historia, o al menos así lo cree: conocí a Nacho en 1988, cuando un sueño de juventud era tener un grupo de pop, y en esta ciudad las cosas funcionaban con una libertad que ahora parece inimaginable, a la imaginación y sus límites me refiero. Después, a remolque de la decadencia política, todo se complicó, enmarañamiento de acordes y vidas agridulces. La última aventura juntos fue comprar una guitarra Rickenbacker y tomarnos después unas cervezas en un terrado, desde donde veíamos la vida entera, barcelonesa. Bueno, el Tito se ha ido, entrañable, mano temblorosa sosteniendo un cigarrillo, risa dispuesta para cada tontería que surgiera, la simpatía perenne. Qué jodido, marcharte así, a deshora, a la francesa. Y Barcelona ardiendo al fondo.

(Nota publicada en OkDiario)

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